viernes, 24 de diciembre de 2021

MOTIVOS PARA LA DESHEREDACIÓN

 

El invierno y el covid nos convierten en naturalistas

Pregunta: ¿Se puede desheredar a una hija por no haber asistido al entierro de su madre, esposa del testador?


Respuesta: Si una causa de desheredación es justa o no sólo puede decidirlo un juez tras la apertura de la sucesión. En mi opinión, y salvo otra mejor, entiendo que sí, puesto que de sus apellidos deduzco que hablamos de Galicia y de gallegos y en esta materia existen ciertas diferencias con el derecho Común. El Código Civil considera justa causa para desheredar a los hijos el haber “injuriado gravemente de palabra” al padre; sin embargo la Ley de Galicia omite la expresión “de palabra”, señal de que admite las injurias de facto. A mi entender, el no asistir al entierro de un padre o una madre, pudiendo hacerlo, implica una muda acusación atentatoria contra el honor familiar. Pero ya le digo, es una opinión más; de no ser admitida la causa, la única consecuencia sería que el desheredado pasaría a ser acreedor de un valor de 1/8 de la herencia, al tener que dividirse el crédito legitimario de 1/4 entre dos hijos; esa deuda podría pagarla el hermano favorecido incluso de su propio bolsillo.

 Hay que tener cuidado con los juegos del lenguaje: si por desheredar entendemos el “no nombrar heredero a un hijo, a varios o a todos”, puede hacerse libremente, sin ningún motivo. Incluso es lícito olvidarse de todos los hijos en el testamento; de hecho se hace muy a menudo, instituyendo heredero único al cónyuge en propiedad. La desheredación es otra cosa: la privación  a un hijo de la condición de acreedor de su parte proporcional en el cuarto del valor líquido de la herencia.



El libro segundo de Docampo versus Colón va de la estadía en Canarias. Sigue una muestra de su capítulo primero.

1.-Sebastián debió embarcarse en Málaga. El mar de Canarias era un piélago de otro signo, apacible y tibio como el río de Sevilla, tan distinto al mar de Galicia. Sería a principios de 1488, a raíz de la primera de las rebeliones de gomeros que narra Abreu y Galindo, porque durante la segunda, noviembre de ese año, ese mismo historiador ya nos hará ver a los Docampo en acción, disparando a través de las saeteras de la casa-torre-fortaleza de San Sebastián de la Gomera. Lo que de verdad extraña es que tardase tanto ese cambio de los aires. Extraña, porque tenían que estar sobre aviso, por un pariente lejano de que en las islas había trata sobre los cautivos en buena guerra, comercio condenable según la Iglesia, pero comercio al fin y al cabo.

Sin duda para los hidalgos o los que decían serlo, la guerra más atractiva siempre sería la de Granada: miles de propiedades a reparto, hornos, huertas, acequias, complementadas con moros horneros, zahories u hortelanos que las trabajasen. Pero un buen observador podría advertir una corriente de anhelos y deseos más profunda, imposible de detectar para el que sólo escuchase el grito unánime de los alardes: “¡Dios quiere Granada!” Los grandes linajes, los capitanes de los guardias reales, los maestres, caballeros y comendadores de las Ordenes militares, los mayorazgos, no pensaban otra cosa que ceñirse la servilleta y comenzar el banquete en el salón de Embajadores del palacio de los Nazaríes. Pero el pensamiento de “los otros” empezó a seguir un rumbo ¡tan distinto! que, en vez de una ciudad con Alhambra, acabarían conquistando un continente entero y mitad de otro: medio Mundo y dos océanos. Eran segundones, ilegítimos de sus linajes y conversos; dada la menor calidad de sus personas se habían dado de bruces, ya a raíz del reparto de Málaga, con la prosaica realidad de que apenas les llegarían las migajas. Un vomitivo puñado de maravedíes, como lo que se da a los leprosos. No obstante, los más letrados de este grupo, habían sido capaces de captar entre las farragosas cláusulas del tratado de paz de Alcaçovas, un incierto mensaje de esperanza: Portugal había renunciado en favor de Castilla a las islas de Lanzarote, Palma, Fuerteventura, Gomera, Hierro, Graciosa, Gran Canaria, Tenerife y las islas comarcanas, que se decían infinitas. Aquí había buena guerra también para ellos si se arrojaban rápido a las naos: los mayorazgos son como los gatos: no se arriesgan con el agua salada, teniendo pitanza asegurada en tierra firme.

A Portugal le habían tocado en el reparto la India, la China, Indochina, Cipango, la Especiería y todas esas cosas que, como el Paraíso, nadie niega que existan, vale, pero ¿alguien las ha visto alguna vez? Y los reyes ¿qué? Los reyes, sonreían. Piensas que don Fernando te va a fulminar, empeñado como está en acabar con el moro, pero la guerra daba sus últimos cañonazos, de hecho, tenía ya amarrado un pacto secreto de rendición incondicional con el propio emir Boabdil. Y luego estaba la santa reina. Isabel soñaba con ganar multitudes para las huestes de Cristo. Ella, en su éxtasis sagrado, ya avizoraba más allá de los muros de Granada la Roja, por encima de la torre de la Vela, ¡plus ultra!¡Plus ultra! ¿De verdad alguien se había creído seriamente que tuviese intención de hacer obsequio del Universo a Portugal? Puede que tres cuartos de su sangre fuese portuguesa, pero lo que se dice reina, reina lo era ¿de dónde?, ah sí, de Castilla.

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