viernes, 5 de agosto de 2022

EL TERCIO DE MEJORA CASTELLANO Y EL PACTO DE MEJORA GALLEGO


 Carabela en la Ría de Pontevedra: ese día me dejaron embarcar porque el mar estaba como un plato. La solución, al final.


 

Se consulta si un Pacto de Mejora gallego con entrega de presente se anula si, tras el fallecimiento, se comprueba que no existe testamento.

 

Palabras homónimas son aquellas que, a pesar de pronunciarse igual, tienen distintos significados. Por ejemplo, vela de barco o vela de cera, lengua como órgano y lengua como idioma, cara significando rostro o algo costoso. Y así sucesivamente.

En el campo jurídico las homonimias dan para interesantes paradojas, aunque alguna de ellas no creo que dé juego ni para un estudiante de 1º de Derecho. Me refiero a la homonimia entre “Mejora” como herencia forzosa de los descendientes, es decir una de las dos terceras partes que el testador no puede vulnerar, y que, por supuesto, requiere la existencia de un testamento donde se ordene  (art. 808 del Código Civil); y que es propia del Derecho Común (ambas Castillas, Extremadura, Andalucía, etc.); y “Mejora” como un modo de suceder (en igualdad de rango con el testamento y/o la declaración de herederos, art. 181 Ley de Galicia) y que se define como el pacto por el que un ascendiente otorga a un descendiente la sucesión en bienes concretos (214 Ley de Galicia). Es propia del Derecho de Galicia (provincias de A Coruña, Lugo, Ourense y Pontevedra); por supuesto no requiere la existencia de testamento puesto que es un modo de suceder equivalente y que, como tal, se refleja en el parte de Últimas Voluntades.

En Galicia no hay tercios, excepto los de cerveza.

Que el Pacto de Mejora no tiene nada que ver con la Mejora limitativa del testamento es fácil de comprobar por reducción al absurdo. Ya que, si la gallega fuese herencia forzosa al estilo castellano, tendría que estar comprendida dentro de los dos tercios de esta última: el 3º de mejora y el 3º de estricta. Pero para los gallegos no existe nada de eso: su obligación con los descendientes (con los padres, nada) no es de herencia forzosa, sin la de una deuda o crédito ordinaria “a todos los efectos legales” (249.1º) de cuantía equivalente al cuarto del valor líquido. Si elevamos la paradoja al absurdo, también habría que considerar las deudas a El Corte Inglés como tercio de mejora; y que, si no existe testamento, nada se debería a tan afamada cadena.

 

En Galicia la sucesión es libre y pude adoptar alternativamente (no acumulativamente) cualquiera de tres formas, tanto monta, monta tanto: testamento, pacto sucesorio o abintestato (181 LG). En cambio, en el Derecho Común, la sucesión es forzosa: si quedan descendientes, forzosamente 2/3 para ellos –uno llamado mejora-; si sólo sobreviven ascendientes, a la fuerza ½ es para dichos progenitores. La libertad de testar para los sujetos al C. Civil se contrae ,en el primer caso, a un tercio de los bienes (llamado de libre disposición), en el segundo, a la mitad. Por eso los herederos forzosos deben traer a colación las donaciones conforme al 1035 CC. Naturalmente el 1035 habla del "heredero forzoso ", pues se trata de ver si todo cuadra dentro de la camisa de fuerza de la "herencia forzosa": Nada dice de los acreedores ordinarios gallegos o catalanes por legítima, por deudas a El Corte Inglés, etc., que no están encuadrados en semejante jaula: se regulan por sus leyes propias. Por ende, como El Tribunal Supremo ha tenido recientemente ocasión de aclarar, una cosa es una donación o un acto a título lucrativo; y otra, una Sucesión mortis causa, tal como el supremo órgano jurisdiccional califica al Pacto Sucesorio.

 

Añadamos que el Derecho Común ni siquiera es supletorio de 1º grado del de Galicia, que se nutre de sus propios principios; uno de los cuales es la inexistencia de derechos forzosos. Por pacto de mejora se podría adjudicar el 100% de la herencia a uno de los hijos, aun habiendo más: el único derecho de estos frente a la voluntad del testador o adjudicante es percibir “por cualquier título” (por ejemplo una simple carta de pago), su crédito /o sea la parte proporcional de ¼ del líquido hereditario). Ahora bien, el obligado puede pagar el crédito incluso de su propio bolsillo (no de la herencia), por lo que, tanto por pacto sucesorio como por testamento (medios equivalentes) se puede asignar a un solo hijo, en detrimento de los demás, el 100% de los bienes hereditarios. Eso sí, el que tal lleve queda como deudor ordinario de un 25% del líquido a repartir entre sus hermanos acreedores y deducido su auto-crédito.

 

Para terminar de una forma amable, la única forma de conectar el Pacto de Mejora (para gallegos), con la Mejora como parte de la Herencia Forzosa que limita la voluntad testamentaria, para castellanos etc., sería la de un vecino de Piedrafita, con un pie en Galicia y otro en Castilla-León. Pero la cosa tendría que ser simultánea, o sea que habría que aplicarle corriente alterna.

 

En resumen, el Pacto de Mejora gallego es un “modo de suceder”, tan bueno como el testamento, al que se parece mucho y, desde luego, no hace ninguna falta acumularlos (Pacto + Testamento): son modos alternativos, no acumulativos. La Mejora gallega significa lo que indica su campo semántico: como un legado en vida, algo que lleva un heredero mejor que otros, podríamos llamarla “favorecimiento”, pero quedaría cursi. Además de por las leyes gallegas, el Pacto de Mejora está reconocido en las hipotecarias, fiscales y en la jurisprudencia.

Si el causante es gallego y ha otorgado un Pacto de Mejora conforme al Derecho de Galicia, ya otorgó un título sucesorio bastante y, en cuanto al bien afectado, no hace falta ningún otro, porque no existe la herencia forzosa ni, por tanto, una de sus partes, el tercio de mejora, ni, por tanto la obligación de que exista un testamento en que se ordene y al que aquella, como un corsé, limite y contraiga.

Si no es gallego y se aplica el Derecho Común, cambia al cuento. El testador legará al hijo Perico tantas fanegadas de tierra, “con cargo al tercio de mejora”, uno de los dos de la herencia forzosa, es decir, forzosamente siempre a favor de descendientes, aunque con este se puedan hacer diferencias entre unos y otros. Y si no cabe en el tercio de mejora, el legado deberá ser reducido. By the way podemos añadir que una consecuencia de todo esto es que, en Galicia, se puede instituir al cónyuge como heredero pleno, pudiendo vender sin contar con los hijos; y, al otro lado de la raya no, por efecto de la herencia forzosa.

La mezcla entre uno y otro sistema legal (Gallego y Común) es como echarle paella a la laconada: incomible.


El autor tiene el disgusto de comunicar que ha tenido la genial idea de tocar el freno delantero de la bici en un descenso arenoso pronunciado. Fractura con minuta de cabeza de húmero. Ahora no le dejan subir a bordo de embarcaciones los días de oleaje ¡Vaya veranito! 




La patrona de Docampo en Gomera fue nada menos que la archi-famosa Beatriz de Bobadilla, la Mis Mundo del Renacimiento a la que, como el rey Fernando miraba demasiado, Isabel I optó por destinar a La Gomera (Marte por aquellos tiempos). Otro que no le quitaba ojos era Colón y así una larga lista. Docampo fue su primer capitán y, como "no era de piedra" estamos seguros que algo abducido también debió haber estado. Quizá ahí radicó la causa del mayor baldón de su vida: cuando se sublevaron los guanches, la corona envió a una especie de Himler llamado Vera a poner orden. Éste, tras exterminar a los adultos, pagó con niños a los capitanes, Sebastián Docampo entre ellos. Hay que decir en su favor que se arrepintió al final de su vida y así lo constata en su testamento. Sigue el capítulo 4 del libro II en versión íntegra de Docampo versus Colón que trata de aquella mujer a la que tantos ríos de tinta se han dedicado. 


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4-

Beatriz de Bobadilla

 

 

Beatriz de Bobadilla siempre supo manejar a los seres humanos, aunque la literatura del siglo veinte encontrará más novelesco referir ese poder al sexo masculino exclusivamente. A nosotros nos interesará sobre todo por haber seleccionado a Sebastián de Campo como su hacedor y el primero de sus capitanes, aunque sea imposible pasar cerca de esta auténtica mujer fatal del Renacimiento sin dejarse seducir por su leyenda. En principio, el que haya sido una mujer de luminosa belleza que deslumbraba a todos los que la miraban, como dice Rumeu, sería indiferente para nuestro relato; tendrías la tentación de decir que si “un pasado de encubiertas pasiones rodeaba de un halo de misterio a su persona”, eso sería problema suyo ¿verdad? En pura técnica biográfica lo único relevante es que su brazo ejecutor hayan sido los primos Campo y Antonio de la Peña, compañeros fieles de todos sus actos. Pero picamos demasiado alto, a riesgo de volver anodino el relato. No seremos aquí quienes agüemos la fiesta; si queréis que creamos que fue la amante de Fernando el Católico, de Cristóbal Colón, del maestre de Calatrava y de tutti quanti, creeremos, doy mi palabra. Hay material para todos, para que se te encoja el corazón cuando lees como asistió impertérrita al despedazamiento e inmersión de sus súbditos gomeros y a la venta de sus hijos, o, por el contrario, para asistir con asombro a la época de paz, armonía y progreso que se dará en Gomera, bajo su dirección, tras enviudar de Peraza. Algo que no sucedía ni sucederá jamás en ninguna de las Canarias.

 

las aguas turbulentas y aniquiladoras que venían precipitándose por los ejidos de la isla, casi durante un siglo, producidas por la inquietud, la zozobra y la desesperación de sus hijos, no sólo se serenaron durante su mandato, sino que fue ella quien logró remansarlas en la concordia, llegando hasta constituir la tan necesaria y suspirada unidad política entre los gomeros 1.

 

Hija de Juan Fernández de Bobadilla que llegó a ser cazador mayor del reino, el mote de La Cazadora parece venir de perlas a una mujer que pasará a la sección rosa de la Historia como devora-hombres. Introducida en la corte recién pasada la pubertad, su único servidor probado será Rodrigo Téllez de Girón, que, como maestre de Calatrava, estaba obligado al voto de castidad de todo monje. El cronista de Indias que tanto citaremos aquí, Gonzalo Fernández de Oviedo, escribe:

 

Su invención me deciz; que yo conoscí una gentil dama de quien me dixeron que este maestre fue muy servidor 2.

 

El primer deseo que sientes cuando te adentras en la procelosa vida de la mis Mundo del tiempo de los Católicos es tener delante una imagen de ella, bien; en la red podemos encontrar sin esfuerzo magníficos retratos falsos. Trujillo Cabrera 3 apela más bien a nuestra imaginación:

 

Su retrato físico según todos los autores, responde a un canon de excelencia y dignidad. La suponen mujer más bien alta que baja, esbelta, de hermosura nada común, morena, de ojos negros, y atrayente por la simpatía de su trato y modales.

 

O sea, Pe. Con un sólo amante, sobre todo si era un casto fraile y maestre de la todopoderosa orden de Calatrava, había bastante morbo para su época, pero poco para la nuestra; quizás por ello se añadieron a su morral de cazadora dos presas de la máxima categoría: el rey Fernando el Católico y Cristóbal Colón. Siendo el chismoso Baltasare Castiglione, autor de El Cortesano ¿acaso no está justificado el vuelo de la imaginación? Cuenta el italiano que la puerta de La Cazadora estaba cuajada de dibujos al carbón representando “aquellos animales indecentes que tiznan las paredes de las hosterías”, a cuya vista, el cortesano Carrillo comentó a la condesa de Castañedo que le acompañaba: “Mirad señora, las cabezas de las fieras que mata cada día la señora Boadilla en sus cacerías”.

El maestre de Calatrava morirá en Loja contra el moro, de una saetada en la garganta; mientras, Beatriz, terminará su educación en la corte de la reina.

 

recibirá la formación que delata en sus actitudes personales, mezcla de intrigas, vicios, estudiados modales y virtudes… Debió sin embargo haber copiado más al valioso modelo que Dios le puso a su lado: a la Reina Isabel 4.

 

Las postrimerías de su estancia en la corte estarán marcadas por la presencia en ella de un dicharachero asesino de pequeño tamaño: Hernán Peraza, que se había presentado a pedir perdón por su insidioso papel en la muerte de Juan Rejón, el frustrado conquistador de Tenerife y Palma. En aquel tiempo, 1482, Beatriz se estaba aplicando a poner ojos dulces nada menos que al rey Fernando; eso lo afirman todos los historiadores. Lo que se discute (y no rebajo la importancia del dato) es si llegó a subir todos los escalones de su lecho con dosel. Creeréis que me pierdo, pero todas estas caprichosas vueltas del destino serán decisivas para el devenir de Sebastián Docampo. Peraza, un señorito andaluz que había venido a palacio para suplicar que no se le degollase, no pudo menos que darse cuenta de un hecho que rondaba en el ambiente: el fuego que mis Mundo tenía entre las piernas amenazaba incendiar la corte. Un reo capital tiene la obligación de salvar la vida cuando se presente la ocasión, por rocambolesca que sea. Incluso si la puerta de escape adopta las formas ojivales de un coño. Elegiré, casi al azar, uno de estos cronistas: difieren en algunos detalles pero, en el trasfondo, todos concuerdan:

 

Pero los favores, que consiguen para los grandes señores cualquier cosa, no hicieron falta a Peraza, de tal modo que la misma reina Isabel lo favorecía para su propio provecho. En efecto, teniendo celos porque el rey se había enamorado de Beatriz de Bobadilla, su dama (famosa en aquellos tiempos por su belleza y por los amores del rey, de que hace mención el conde Baltasar Castiglione en El Cortesano), procuró casarla con Fernán Peraza y llevársela de la vista y dejar la vida al prisionero favorecido. El rey consintió para dar satisfacción a la reina y para enderezar el carro volcado; y así Peraza tuvo la vida salva y mujer, con el castigo de que debía servir en la guerra de Canaria con sus vasallos, hasta tanto que se hubiera conquistado la isla 5.

 

Los contemporáneos se contentan con decirnos que la reina tenía muchos celos de su dama “doña Biatris de Bobadilla”, “muy hermosa y discreta a quien el Rey le parecía que miraba y estimaba más que a las otras”. Quizás sólo se toqueteaban de vez en cuando. Pero el affaire se ira caldeando con el devenir de los siglos. Supongo que se quedaría de piedra si supiese que, el siglo XX, los plumíferos más imaginativos describirían la relación en obras no aptas para menores.

 Peraza, que tenía buenos padrinos, como por ejemplo su primo Álvaro de Luna capitán de los continos reales, salió del trance recompensado con una ostentosa boda para la que los reyes dotaron a su seductora dama con 500.000 maravedís. Por lo demás, la solución al homicidio de Rejón fue la acostumbrada cuando este tipo de travesuras sangrientas eran cometidas por gentes de calidad: todo lo que tenía que hacer el personaje era cumplir su omecillo, o sea, la participación en una guerra de conquista con un nivel de bajas adecuado. No, el matrimonio con B.B. no estaba considerado omecillo. Vale, ahora en serio, a Peraza se le asignará la conquista de Gran Canaria, cuyo sometimiento se le estaba atascando a Pedro de Vera.

 Cumplimentado el omecillo, en 1484, Hernán retornará a Gomera a disfrutar de su nueva preciosidad (precisamente cuatro años antes de su inmolación en la cueva de Guahedum). Se inicia entonces para Beatriz una etapa corta y feliz, según Trujillo Cabrera. Dará a luz dos hijos de su matrimonio, Inés, y Guillén que llegará a ser conde de la Gomera gracias al amparo incondicional de los Docampo; al final, la subida al poder del chico se decidirá gracias a una audaz emboscada de Alonso digna de Pedro Madruga. En este período, de 1484 a 1488, es cuando se nos cae a pedazos el argumento de la dama casquivana, puesto que todo lo que se sabe es que se dedica a una honesta vida colonial. Mientras, fingiría no darse cuenta de que su marido le era infiel. Si solo se hubiera dedicado a las cristianas, lo habría llevado con resignación y hubiera evitado muchas molestias a todos. Pero eso hubiera sido poco para un Peraza: le gustaban los desafíos y eligió a una mujer protegida por el tabú: la guancha Iballa.

Como un aldabonazo, en noviembre de 1488 se producirá el magnicidio, ya narrado, que lo trastocará todo. Los asesinatos entre conquistadores entraban dentro de lo tolerable, sano, incluso, pero la ejecución de un gobernador a cargo de los naturales era algo inaudito y terrible. Beatriz tomará el mando de las dos islas Gomera y El Hierro como tutora de sus hijos, sepultará lo mejor posible a esposo, y se encerrará en la Torre, al borde de la playa con toda la isla en pie de guerra. La defenderá una tropa mixta de continos castellanos, bastantes portugueses, y guanches lanzaroteños, al mando de sus tres capitanes: Sebastián de Campo, Alonso de Campo, y Antonio de la Peña. En el fondo, unos funcionarios castellanos puestos ahí para eso por los reyes.

 En otro capítulo hemos recogido la versión de los hechos de Viera; en éste, preferiremos la de Abreu porque destaca la incompetencia suicida de Hernán al haber vulnerado el pacto de colactación, en contraste con la habilidad política que desplegará su viuda en años sucesivos. Dice:

 

Los gomeros que mataron a Hernán Peraza subidos en los cerros decían en su lengua “ya el gánigo de Guahedum se quebró”; y gánigo es como cazuela grande de barro en que comen muchos juntos, y porque todos iban a hacer reverencia y acatamiento a Hernán Peraza, decían iban a beber leche en él como gánigo. Hizo traer doña Beatriz de Bobadilla el cuerpo de Hernán Peraza, y con toda presteza lo hizo enterrar, y ella se recogió en la torre con sus hijos, y Sebastián de Campo y Coronado, y Alonso de Campo, y Antonio de la Peña, con otros vecinos del pueblo y en un momento se vieron cercados de muchos gomeros que venían a matar o prender a doña Beatriz de Bobadilla…

 

Por el orden en que los historiadores citan a los capitanes da la impresión de que Sebastián era el capitán en jefe de las milicias gomeras; otras veces aparecerá como el hacedor, el factor o el criado de su bella señora. Cierto, tenía que ser muy joven, apenas rebasados los 20 años, pero existe una prueba militar adicional: en la conquista de Tenerife nos los mostrarán en el desembarco de Añazo capitaneando la compañía gomera-lanzaroteña, lo que no sucederá con los otros dos.

 

También de procedencia septentrional son los Ocampo, naturales de Tuy (Galicia) que se establecerán en La Gomera en la década de los ochenta de esta centuria, al tiempo que otros de esta familia pasan a la conquista de Tenerife 6.

 

 A Alonso tampoco le irá nada mal, alcanzará años más tarde el cargo de regidor de La Gomera: para entonces, Sebastián ya estará gastando el filo de sus espadas en La Española. Más adelante necesitará otras nuevas para Cuba y el Darién. Da que pensar esta súbdita emigración a Indias, teniendo en cuanta la excelente posición alcanzada en Canarias, pero creo que podremos abordar el tema más adelante con algo de luz.

Sebastián y la viuda de Peraza se enfrentarán ahora a un periodo de paz, la llamada paz de las sepulturas, porque Vera, como hemos visto, ha procedido al holocausto casi general de la población adulta. Al menos se han librado los niños y los adolescentes, y es por ese lado por donde podemos esperar alguna buena noticia en el futuro, por mínima que sea. Aunque es de imaginar que un muchacho procedente de la Galicia vandalizada, como Campo, no dedicaría mucho tiempo a albergar pensamientos pesarosos sobre lo que había sucedido.

El magnicidio de Guahedum traerá como corolario un período de trifulcas familiares en la dinastía gobernante. Inés Peraza, la suegra, se propondrá retirarle a Beatriz la tutela de sus hijos Guillen e Inés (nietos de la Peraza), base de su derecho a la gobernación de las islas de Gomera y El Hierro. La Cazadora sabrá salir triunfante de las intrigas, bien es cierto que con el apoyo incondicional de la corona que lo único que tenía que reprocharle es que fuese demasiado guapa.  Poco a poco La Gomera se irá repoblando de guanches: retornan algunos gomeros de origen, desplazados como tropas spahis a otros escenarios bélicos; son acogidos canarios de otras islas, incapaces de hacer frente a los tributos impuestos en sus territorios; retornan como polizones algunos hijos de los masacrados, ya jovencitos, amparados por el decreto real de libertad. Un cambio insólito se percibe, un cambio que blindará en su gobernación a La Cazadora:

 

doña Beatriz se ha impuesto y ha dominado la situación, revelándose con poseer unas dotes de mando verdaderamente extraordinarias. Doña Beatriz no tuvo nunca que infligir castigos cruentos a sus súbditos ni dio tampoco motivo para que los cantones gomeros se sublevaran contra su persona. Durante su mandato, y ya para siempre, se aquietaron los ya conocidos cantones y la isla gozó de paz 7.

 

Sin quitarle mérito, es el mismo ambiente de trabajo y respeto mutuo que, dentro de una década, se percibirá en la finca Campo, al sur de La Española. ¡Qué diferencia con los periódicos incendios de cólera indígena que el gobernador Ovando reprimirá con mano no menos sangrienta que la de Vera! Nos va a sorprender que alguien como Docampo, que ha vivido sumergido en el líquido amniótico de la violencia ciega, sea capaz de aplicar con tanto tino las líneas políticas de la B.B.: mano de hierro en guante de seda. Los años 89 y 90 se guardarán las ballestas y espadas en el armero y serán sustituidas por el ábaco de hacer cuentas. En el corazón de Sebastián de Campo, bajo el jubón, latía el espíritu ancestral de un cambeador compostelano y, sin duda, su señora tendría motivos para la alabanza, que no otra cosa parece el título con que ahora le denomina: su hacedor.

 

176. 1490 Noviembre (s.d.) Córdoba (f. 98). Iniciativa a las justicias del reino para que conozcan en la demanda presentada por Juan Garrido, vecino de Córdoba, que reclama a Sebastián de Campos, hacedor de doña Beatriz de Bobadilla, viuda de Hernán Peraza, 8.000 maravedís que le pagó por una esclava gomera, que el obispo de Canaria dio por horra por ser cristiana 8.

 

¿Quién dice, quien puede afirmar que se había lucrado con la venta de cristianos? Sebastián se descubrirá engañado, pues a él se los habían dado en salario en concepto de infieles. El hecho cierto es que doña Beatriz y sus hacedores Docampo no sentían la más mínima simpatía por la familia Vera y sus métodos; cualquier duda quedará aclarada dentro de unas líneas. Mientras tanto, digamos que la paz se convirtió en negocio sin necesidad de dar muerte a nadie; al revés, devolviendo sus bolsas de maravedís a los sátiros compradores de niños y acogiendo con los brazos abiertos a los zagales que regresaban. Brazos eran justo lo que ahora hacía falta: la isla aplicaba un moderado tributo del 3% a las entradas y un 6% a las salidas. Empezó a producir azúcar, cuatro ingenios, por cuya excepcional calidad se peleaban los importadores genoveses y catalanes. 12.000 botas anuales del mejor vino de España. Trigo, cebada, cera y miel. 72 yeguas mostrencas nacidas de las que soltó Guillen, asnos y mulas, toros y vacas, puercos y lechones criados en libertad, no hay barco que se prive de llenar sus bodegas de tocinos salados. Preguntadle a Colón, preguntadle donde se compra más barato. Quesos y lanas 9. Y a raíz que los turcos hubieron cerrado el mercado al repugnante molusco mediterráneo, la púrpura, ya no hubo mejor tinte cárdeno para obispos y cardenales que la orchilla, un liquen rojizo que en Gomera te sale hasta por las orejas.

Cada mes atracaban naves en el puerto, siendo innecesarias más escalas: se les suministraba almaciga, tablachinas de drago, pasajeros, e incluso camellos al que los quisiera, que de todo hay en la viña de Señor. Una escala tan competentemente atendida era de rigor en el cabotaje con Portugal o África, aunque se rumoreaban tratos para armar la flota del genovés loco que pretendía meterse dentro de los vientos alisios todo lo a occidente que estos le emoujasen. La novedosa ruta al Cipango y al Catay, las cosas del tal Colón, era la comidilla en todos los puertos, pero los reyes seguían considerando parsimoniosamente los pros y los contras y con los genoveses no te arriesgues hasta que tengas atados todos los cabos.

Por supuesto que el señorío del mocito Guillén Peraza y su tutora doña Beatriz podía valerse muy bien por sí mismo y no necesitaba para nada la venta de esclavos. Se dijeron que había sido un hecho puntual, una necesidad militar a la que se habían visto obligados al no quedarles otro remedio que el recurso a Herodes Pedro de Vera, ¡allá este y sus métodos! Pronto estará recuperada gran parte de la grey de los infantes vendidos, de los que B.B. se va a convertir en madre amantísima, devueltos los precios por ellos pagados, y la pesadilla se hundiría en el mar Océano como una serpiente siniestra:

 

245. 1491 Marzo 11. Sevilla (f. 565). Incitativa a las justicias de Gran Canaria para que determinen en la demanda presentada por María Usodimar, mujer de Francisco de Frías, alcalde y regidor de Cádiz, que reclama a Pedro de Coronado y Sebastián de Campos, hacedores de doña Beatriz de Bobadilla, el importe de una moza gomera de 8 años 10.

 

La Bobadilla y sus hacedores hubieran podido seguir adelante, vendiendo guanches de El Hierro, haciendo razzias en Tenerife, capturando beduinos en el Sahara, traficando negros de Cabo Verde. Si esa fuese su línea comercial, a no dudar que las islas Afortunadas hubiera sido un piélago de oportunidades. Pues bien, existe una prueba palmaria de que los gomeros habían roto definitivamente con Pedro de Vera, el capo de este tipo de ruines negocios. Esto fue lo que pasó cuando su hijo, Hernando de Vera, arribó al puerto de San Sebastián escapando de una condena a muerte. Agosto de 1490. El mozo había tenido la santa ocurrencia de cantar, en el estudio de un notario andaluz, unas coplillas satíricas contra la rapaz política fiscal de los Católicos:

 

Bastara que trasquilaras

con tu tijera la vieja

cada año y de cada oveja

un vellocino sacaras

y lana te sobraría

Y el ganado medraría

con el calor del estío

ni tampoco con el frío

del invierno moriría

 

El fedatario tenía le lengua muy larga y la justicia, como es lógico, condenó al mozo a perder la cabeza. En la España imperial la línea de la crítica admisible era muy delgada, microscópica. Uno de sus cómplices fue degollado rápidamente en la plaza de Jerez. Hernando huyó en la carabela de su padre y no se le ocurrió mejor refugio que Gomera, donde suponía que había dejado un buen recuerdo, al haber juntado su espada a la de su padre en la represión de los gomeros. No pedía más recompensa que una cueva gomera donde desaparecer debajo de la tierra: el que la hacía una faena a estos reyes no paraba de temblar nunca más. Es de imaginar lo blanca que se le pondría la cara cuando doña Beatriz le puso unos grillos en los pies y se embarcó con él de vuelta a Castilla para entregárselo, como un paquete de regalo, a su querida reina. Un temporal desviará la nave a Madeira, donde los portugueses, atentos siempre a poner zancadillas a los Católicos, lo liberarán. Al final obtendrá su omecillo, conmutándosele la pena capital por la de servir en las murallas de Melilla, donde hallará una muerte honrosa 11.

Después de haber visto como el hijo de Vera, su querido hijo, es arrojado de Gomera con cajas destempladas ¿se atrevería alguien a sostener que la Bobadilla y sus hacedores, los cambeadores compostelanos, fuesen unos esclavistas vocacionales? No, claro. No es que simpatizaran con el asunto, simplemente que Pedro de Vera tenía un cuerpo de ejército que venía de aniquilar Granada y no era cosa de escupirle a la cara, ¡Cuerpo de Cristo! La última demanda fue de marzo de 1491 y ¡amen!, el desagradable episodio quedó finiquitado:

 

263 1491 Marzo 31. Sevilla (f. 395). Incitativa a las justicias de Gran Canaria para que conozcan en la demanda presentada por Bernardo de Frías, vecino de Cádiz, que reclama a los hacedores de Beatriz de Bobadilla, viuda de Fernando Peraza, 4.200 maravedís por un mozo gomero de 12 años llamado Juan y 2.300 maravedís por un niño de 6 años, dado que el les pago dichos esclavos y luego fueron tomados por el obispo de Canaria, miembro del Consejo, por ser libres 12.

 

Estaba claro que, lo que había traído aquella nao de Canaria, era la última requisitoria. Campo no recordaba haber vendido ni un niño más. En su campo visual el puerto de San Sebastián, apenas rizado por el alisio; rodeado por el fárrago de la carga de doce arrobas de piedras de azúcar; tal vez vendría a su mente la auténtica exculpación de sus actos: él era un militar, lo había sido desde que disparaba su ballesta entre las almenas de Pontevedra, Bayona o Tuy. Y ¿qué es lo que hace un militar? Obedece órdenes. Y Vera era quién las daba. Pues ya está. No más esclavos, no más esclavos, no siendo el chino García, que de todas formas será liberado a su costa.

Claro que si le preguntásemos ¿y que es un encomendado? creo que Sebastián preferiría no dar una respuesta clara. Como luego explicaremos, esta será una de las cuestiones más arduas a las que habrá que enfrentarse en las Indias del mar Océano, pero no hay que dar por sentado que sean unos esclavos sin más, no, ni mucho menos.

Por ahora Sebastián y los otros hacedores debían atender con todos sus sentidos a la conservación y aumento de la súbdita riqueza de Gomera, que les había permitido hacer frente a las indemnizaciones en un plis-plas.

La base de esta prosperidad era un puerto de aguas profundas, ideal para las escalas, la reparación, la armada y el avituallamiento de naos.

 

“Atraquen a la punta Norte, porque el penetrar en la rada el viento es generalmente escaso”, aprovechando la brisa “que al mediodía ya está entablada” (Derrotero de las islas Canarias. Dirección de Hidro-geografía. Madrid, 1904).

 

 En relación al puerto, una magnífica noticia se había filtrado desde el campamento de Santa Fe, en Granada, había cabalgado a lomos del viento, sin necesidad de remos o velas que la impulsaran, y había aterrizado en los oídos de los Campo. Una novedad picante como ajos tiernos. Era un secreto militar que, como es lógico, circulaba de boca en boca: los reyes habían encomendado al banquero Santángel el estudio financiero del proyecto del genovés tronado, esa idea loca de sepultarse navegando a occidente en el mar Océano hasta agotar las provisiones. Los más espabilados interpretaban el plan como una argucia para seguir la ruta portuguesa de extranjis. A nosotros los gomeros que nos importa. La escala gomera es de cajón: aquí nacen los vientos alisios que, como un río, impulsan las velas hasta donde el sol se hunde en el mar. Sin contar con que la ruta de los portugueses, también pasa por aquí, aunque a estos los aprovisionamos unos contrabandistas a quien nadie conoce en la isla.

Había que amarrar el contrato de vituallas; si es que los reyes picaban, los pagos estarían garantizados. Lo que es de un genovés no te puedes fiar: es capaz de comerse el corazón y beber la sangre de su madre. Ese no sería el único motivo para programar un viaje a la corte: Inés, la suegra de Beatriz, muerta de celos porque la señora de los Docampo se había hecho con el gobierno de La Gomera y El Hierro (como tutora de su hijo Guillén), seguía pugnando con inagotable tenacidad por revocar el mayorazgo.  O ¿por qué no?, por arrebatarle a sus hijos como abuela de los mismos. Dos islas, dos chicos. Pero Beatriz, mujer que destacará más por su inteligencia e intuición que por su belleza (siendo esta de las que se aprecian con solo mirar, según las crónicas), sabía muy bien como moverse en la corte. Había que aprestar, rápido, rápido, una o dos carabelas. Como de la defensa, afortunada, de su tutela y mayorazgo, ya hemos hablado, nos concentraremos ahora en los tratos con Cristóbal Colón, que tal era el que vendía en Granada la fantasiosa hazaña. ¡Por Belcebú!, con tal de que cargue sus bodegas en Gomera hasta la línea de flotación, si le place, si ese es su gusto ¡que se ahogue en el mar Océano! Pagad, buen almirante, pagad, aceptamos vuestros florines, vuestros ducados de Venecia, encantados de quitaros de encima el peso de vuestras bolsas.

Beatriz permanecerá en la Corte de junio a junio, entre 1491 y 1492, la cual se repartía entre Córdoba (el Consejo Real) y el campamento de Santa Fe, frente a Granada (las reales Personas). “La dicha Beatriz vino a nuestra corte”, escribirá la cancillería real y la coincidencia en las jornadas es perfecta con las de Colón. Sabemos que estuvieron en contacto y lo sabemos por los chismes: los chismosos no nos dirán cuantas libras de carnes secas o saladas se contrataron ni las botas de vino que se deseaban estibar a bordo de las carabelas suicidas. No. Los chismosos nos cuentan que don Cristóbal se enamoró como un tonto de Beatriz de Bobadilla. ¡Qué curioso!, un hombre tan original en otros aspectos, en esto será como todos: todos se enamoraban de la tal nada más verla. El savonés Michele Cuneo, era uña y carne con el genovés; tanto que éste bautizará dos islas Antillas con el nombre de su patria chica, Savona: Saona y Bella Savonesa. Pasajero del segundo viaje, no es capaz de callarse el cotilleo de que don Cristóbal estaba “tincto d´amore” de doña Beatriz. Enamorado como un panoli. Vamos, lo normal, y lo normal es que Beatriz dejase arreglados, tan bien o mejor que los personales, los asuntos portuarios:

 

Esta favorable circunstancia tuvo que abrir las puertas a una estrecha y provechosa colaboración. Piénsese en la importancia de la escala en Canarias, como base imprescindible de aprovisionamiento. No hay pruebas en que fundamentar un acuerdo, pero si sobran indicios para dar por válido la existencia de un convenio expreso o tácito 13.

 

Unos revolcones podrían convenir a una novela, pero aquí nos sentimos obligados a constatar que, si bien Colón tampoco estaba mal (el típico nórdico alto y de ojos azules, pecoso, granujiento, algo ajado ya), era un tímido “puntos de rebeldía dentro de su aguante, aguante que le salía de su timidez”. O sea que su amor, de ser, sería platónico 14. De todas formas, le va al personaje del navegante el que hiciese desmayados intentos de susurrarle cosas al oído a la aristócrata; pero por un motivo poco romántico: era un decidido partidario del ascenso social a través del amor. Su laborioso acceso al lecho de toda una Perestrello portuguesa, había sido el primer peldaño de su ascenso a la Fama. Le había costado infinitas horas de tediosas misas en el lisboeta convento de Todos los Santos, donde su futura esposa, Felipa Moniz de Perestrello, era comendadora. ¿Por qué no intentarlo con la Bobadilla y consolarse mutuamente de sus viudedades? Pero para esta no llegaba con misas.

En julio de 1492 la Bobadilla retornará a Gomera en la nave del piloto Antón de Grajeda, nao de 40 toneladas que viajará a América en el segundo viaje y a la que el Almirante ya le había echado el ojo en vano, para el primero, el del Descubrimiento, bien informado de sus excelencias náuticas. En agosto, Beatriz partirá a despachar asuntos a Gran Canaria, diz que al notario. Y va Colón, el tal tincto d´amore, que ha terminado los últimos preparativos en Palos, y zarpa rumbo a Gomera, creyéndola allí. ¿Pero que haces, Beatriz, huyendo de tu Sigfrido genovés, dónde vas? No hay duda de que al salir disparada de Gomera a las primeras de cambio, para evitar coincidir con el loco que pretendía sepultarse en el poniente infinito del mar Océano, tenía razón conforme a sus principios. Ella necesitaba hombres fuertes, asentados en el poder, que la protegiesen entre la jungla que amenazaba devorar a sus hijitos, Guillén e Inés. ¡Dios mío, donde va ese, un futuro ahogado con pretensiones! Pero desde el punto de vista de La Historia De La Humanidad cometerá un error de principianta. ¿Quién le iba a decir que éste charlatán iba a ser una de las estrellas más resplandecientes de todos los tiempos, a la altura de Alejandro, Dante o Cesar? ¿Quién? Nos preguntamos que cosa tan urgente tenía que hacer en Canaria, en vez de haberse implicado en el viaje del Descubrimiento de América.

La respuesta no podría ser más hiriente para Colón: el navegante no había entendido nada. Sólo sabía de barcos. Beatriz había ido al encuentro de Alonso Fernández de Lugo, el futuro adelantado de las Canarias, éste si un pretendiente como es debido, con el que contraerá matrimonio a los pocos años:

 

Doña Beatriz facilitará personal gomero para ser empleado en la conquista de Tenerife a Lugo, que se hallaba en preparativos de la misma. No dudamos suponer iniciado el conocimiento entre ambos personajes en este viaje de la Señora a Gran Canaria “y hasta que haya tenido lugar entonces, al menos por parte de Fernández de Lugo, la idea de unirse a ella en matrimonio 15”.

 

Fue así como una causa nimia, los ojos húmedos que Beatriz había puesto a Lugo, propiciará uno de los hitos vitales del más destacado de uno de sus capitanes, Sebastián de Campo. Esta entrevista será sin duda el preludio de la participación del gallego en la campaña de Tenerife al mando de la curtida tropa guanche asentada en Gomera. Completada con los niños manumitidos, que al crecer se habían metamorfoseado en unos más que aceptables soldados. No será una conquista fácil; mejor dicho, será la más difícil. La de Cuba, a su lado, le parecerá un paseo.

Naturalmente cuando el 12 de agosto de 1492 la Niña y la Gallega fondean en la tranquila rada de Gomera, algunas arrugas debieron formarse en el rostro farináceo de Colón. Acudes a una cita con la novia (pretendida) y la muy pájara ha volado. Mierda.

 

por la tarde llegó a La Gomera y luego mandó el batel a tierra, el cual regresó en la mañana siguiente a la nave… los del país esperaban a doña Beatriz de Bobadilla, señora de la misma isla, que estaba en Gran Canaria 16.

 

 No, no es lo mismo ser recibido por Beatriz que por Sebastián de Campo, ese buen mozo gallego de rostro ancho y modales decididos. Uno diría que no tenía importancia, que va, y el otro, que su señora había dejado órdenes de que la carga estuviese lista y se estibase con esmero.

 

de una hora a otra los del país esperaban a doña Beatriz de Bobadilla, señora de la misma isla, que estaba en la Gran Canaria, que llevaba un navío de cierto Grajeda de Sevilla, de cuarenta toneladas, con la que podía sustituir a la Pinta 17.

 

Tener, tendría el corazón roto, pero no perdió el tiempo. En su Memorial de navegación, don Cristóbal sostiene que el puerto de Gomera es un chollo “no se habrá más barato y es más cerca”. Como en el Diario de a bordo no se refleja queja alguna, debemos suponer que encontró el aprovisionamiento plenamente satisfactorio. Lo que se solía estibar:

 

Diario de Colón: tomaron “agua y leña y carnes y lo demás”; Las Casas: “carnaje” (o sea cecina), “todo refresco y lo demás que vido serle para su viaje necesario”; Fernández de Oviedo: “refrescos de agua e leña e gallinas e carneros e cabritos e vacas en pie e carne salada e quesos e pescados salados de tollos e galludas e pargos e de otros bastimentos que conviene añadirse sobre lo que las naos cargan de España 18”.

 

El genovés era algo marrullero; será capaz de birlar un lote de perlas a los mismísimos reyes, pero dudo que consiguiese engañar a un cambeador de raza. En lo que ningún Descubridor/Conquistador se llamará a engaño es en lo del agua: tenía que ser de la de aquí, la del pozo de la Aguada. Un toque ligeramente salobre retrasaba el proceso de corrupción. El brocal se abría para asegurar el suministro, en el interior de la casa señorial de los Peraza, la residencia de diario, no la Torre, a unos pasos, donde solo se encerraban durante las emergencias.

 

en esta vivienda o en la Torre sería acogido Colón 19.

 

Pienso que los Campo lo enviaron a refrescarse a la Torre. Colón tenía ya fama de rarito. Años más tarde, al ver que todo aquel que caía bajo su férula sentía unos deseos irreprimibles de rebelarse, don Cristóbal llegará a jugar con la idea del suicidio:

 

embestido con guerra por los indios y por los malos cristianos, y llegué a tal extremo que por huir la muerte dejándolo todo, me interné en el mar en una carabela pequeña; entonces me socorrió Nuestro Señor… 20

 

 La Pinta a la que se le había escurrido el timón, joder que miedo, había aproado directamente a Gran Canaria para reparaciones, donde había tenido la suerte de coincidir con doña Beatriz. Lo más enternecedor es que Colón esperó el barco de Beatriz el lunes, el martes, el miércoles, etc. y nada; entonces el 24 de agosto se hace al mar con las dos carabelas que le quedan, rumbo a Gran Canaria. Marcha atrás. Que forma más irresponsable de hacer Historia. El Descubrimiento de América se convierte en un vaudeville: mientras tanto la Bobadilla zarpa para Gomera, se cruzan en la autopista, y no se ven. En Canaria habían acabado de adobar la Pinta con un nuevo timón y vela redonda y, ¡vuelta para Gomera! Campo alucinaría y seguramente tomó entonces la resolución de no embarcarse con el italiano, al menos de momento.

 En el tercer viaje será pasajero de la flotilla colombina, cierto, pero por motivos perentorios: Alonso de Lugo, nuevo esposo de la Bobadilla se tomaba demasiadas confianzas con Guillen y preferirá no verlo. Habían entrado en conflicto sus dos fidelidades, a Beatriz de Bobadilla y a Lugo: éste le había hecho el don de extensos territorios en la trabajosamente conquistada isla de Tenerife. Sus dos Señores (señora y señor), ahora unidos en santo matrimonio y desunidos por el control del archipiélago. Si lo piensas, no le irá tan mal: Campo comerá a dos carrillos: se hará con grandes latifundios, tanto en Gomera, como en Tenerife.

 Tampoco a la Pinta, si vamos a ello: será la nave que revele a Europa la existencia de América cuando arribe a Bayona de Galicia en 28 de febrero de 1493. Martín Alonso Pinzón, que la capitaneaba, se había separado de la Niña ante la querencia portuguesa del Almirante, el cual atracará algo más tarde bastante lejos de España, bastante lejos, en Lisboa. El primer regalo del nuevo mundo al viejo será un indio muerto, que será enterrado al pie de las murallas de Bayona, desde las que tantos saetazos habían dado los Docampo por el conde de Camiña 21. Es muy probable que Martín Alonso Pinzón hubiese sido aleccionado por el gallego de que la corriente del tornaviaje, el jet stream, apunta directamente a la costa gallega; esa será la causa de que, con el tiempo, la segunda Casa de Contratación se instale en A Coruña. El seguimiento de la ruta lógica había tenido su recompensa con la primicia del Descubrimiento para Pinzón. La segunda primicia que el bueno del hombre se trajo de América fue más ominosa: el Treponema pallidum, la sífilis, que se lo llevará apenas recién llegado a su domicilio en Palos. Un bichito que no será la última vez que aparezca en estas páginas.

 

El segundo viaje colombino ya ofreció otro ambiente en el puerto de Gomera, más festivo, menos negocial. El 5 de octubre de 1493 se presentará el ahora cuerdo en la rada de San Sebastián con 17 navíos y, naturalmente, la Señora estaba en puerto para recibir al nuevo genio del Mundo que había hecho su epifanía. Jamás de lo hubiera perdido, pardiez. El Almirante ordenó, ya desde la aproximación, que la flota fuese engalanada; tras el fondeo, se dispararon todas las lombardas de a bordo. Lo significativo es que esta vez responderá con las suyas la Torre, en vez de limitarse a pasar la factura. De noche, fuegos de artificio. Por detrás, en los galpones, el hacedor cuenta pesos de oro: agua, carnes saladas y leña como siempre; ahora se facturarán también seres vivos: ocho puercas, gallinas, esquejes enraizados de naranjos, limoneros, cidreros, meloneros y hortalizas. Y plantones de caña de azúcar que, una vez se cultive en Indias, será la ruina de Canarias: pero eso aún no lo sabían. ¿Y que hay de lo otro, de lo verdaderamente importante, el tema de si le mostró o no su camarote? Es difícil de saber: los cronistas refieren el asunto más bien en plan religioso: visitas a las iglesias y al convento franciscano, aún en construcción. Siendo tal la multitud de gentes que multiplicaba por cuatro la población gomera, tan notorios los personajes, y tan nutridos los chismosos, encabezados por Cuneo, de haber habido algo, lo habríamos sabido, palabra. Pero Colón quiso dar un puñetazo en la mesa y dejarle claro a la beldad que tal vez había metido la pata (los esponsales con Lugo estaban apalabrados). Todo ese despliegue no podía tener otro sentido: es el tímido que dice a su estilo ¡ves lo que te has perdido! ¿Crees que pasarán por Gomera muchos personajes como YO? ¡COMO YO! Así narra Cuneo, el amigote, aquel sarao. Imaginemos todo el aparataje de una escuadra de 17 naves en una aldeíta como San Sebastián:

 

El día 5 entramos en La Gomera. Sería demasiado largo si le dijera todos los triunfos, los tiros de lombarda y los fuegos artificiales que hemos hecho en aquel lugar. Todo ello se hizo por causa de la señora de dicho lugar de la cual nuestro señor Almirante ardió en amores en otros tiempos. En dicho lugar cogimos refrescos de todo lo necesario 22.

 

Comprendo lo indelicado que es por nuestra parte contradecir la opinión de tantos historiadores y amateurs que sostienen a machamartillo que pasó algo. Pero don Cristóbal estaba en plan religioso; venía a impetrar a Dios le concediese el milagro que estaba convencido que le debía.

 

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción… estilos gótico, manuelino y mudéjar. En este lugar se erigió primitivamente una ermita de la que existen restos en el subsuelo. En ella oró Colón antes de partir en busca de las Indias Occidentales 23.

 

Añádase a semejante fervor que el nuevo novio, Alonso de Lugo, tenía muy malas pulgas y convertía a los pretendientes en lámparas del dormitorio de doña Beatriz, como podrá comprobarse unas líneas más abajo. No, seguro, Cupido no desembarcó en esta escala. Lo siento.

Viene ahora el resto de la peripecia de la Bobadilla, aquella que al compás de sus amoríos y desamores acabará conduciendo a las Indias del Mar Océano el cuerpo doliente de Sebastián Docampo. Digo doliente, porque entremedias luchará en la conquista de Tenerife y aquí sí que habrá sangre, lágrimas, heridas y derrota, a diferencia de lo que había sucedido y de lo sucederá en el resto de las islas que conformarán su destino. Como La Matanza de Acentejo será objeto de otro capítulo, aquí vamos a seguir pegados a las ligas de la señora de Bobadilla.

Terminada la conquista de Tenerife, menudearon las visitas a Gomera de Alonso de Lugo y, por lo que se ve, estas ocultaban algo más que las de Colón. El adelantado era una criatura despiadada hecha a imagen y semejanza de aquel medio salvaje: como un vecino principal, un tal Castañeda, tachara de lujuriosa a su señora, lo mandó llamar al dormitorio de la dama y lo colgó allí mismo de una viga. No explican las crónicas si la doña durmió bien aquella noche, pero nosotros, que ya la vamos conociendo, pensamos que sí. A la mañana siguiente, lo sacaron y colgaron el cuerpo de la palmera que está en la plaza, enfrente de la Torre: se acabaron las habladurías y empezó el zumbido de las moscas. 

Se casaron en mayo de 1498. El 19 de junio, en su tercer viaje, ya lo presentará a un cariacontecido Colón como su marido.

 

En la sala principal de la casa-fuerte de la señora, junto a la Torre, se serviría el banquete nupcial, empleándose la vajilla de planta que doña Beatriz había recibido como regalo de boda de su primer marido, Hernán Peraza, la misma que luego don Alonso de Lugo tuvo necesidad de vender para obtener su rescate en el desastre de Berbería, según consta 24.

 

La pareja se residenció en Tenerife. Con el paso del tiempo, Guillen Peraza tras cumplir los catorce, empezará a anhelar tomar posesión de sus islas: Gomera y El Hierro; el adelantado Alonso de Lugo, marido de su tutora Beatriz, a negárselo reiteradamente alegando su juventud. Los primos de Tuy, Alonso y Sebastián, tomarán partidos distintos.

 

andaba Guillen Peraza muy triste, enojado y pensativo y, comunicando este negocio con Alonso de Ocampo, vasallo suyo, hombre valeroso y de gran ánimo, se encomendó a él, el cual dio parte a algunos amigos e hizo apercibir una barca; el cual con los demás armados, se fue donde estaba el Adelantado y le pidió de merced con las mejores razones que pudo, diese la gobernación de las islas de Gomera y Hierro a su hijo Guillén Peraza (más bien, hijastro); pues eran suyas y tenía lo que se requería para ello, edad, habilidad y prudencia. El Adelantado se escusaba cuanto era posible y que a su tiempo se lo daría. Después de muchas razones que pasaron entrambas artes le vino a decir Alonso de Ocampo que luego se había de ir a embarcar en una barca que tenía aprestada en el puerto para en ella irse a Tenerife, o le había de costar la vida; que no se iba a ir sin él; que viese que aquello era lo que a su servicio cumplía y al servicio de Guillén Peraza su señor, que no permitiese sucediese alguna alteración y alboroto en la isla. Visto por el Adelantado la determinación que Alonso de Ocampo y los demás traían, y que estaba solo, y entendida la mala voluntad que los gomeros traían por las obras que su mujer Beatriz de Bobadilla les había hecho y causado algunas muertes, determinó dar lado a su furia y hacerles la voluntad y asegurándose, se embarcó para Tenerife donde era su gobernación; y Guillén Peraza quedó en sus islas gobernándolas con mucha quietud y contentos todos sus vasallos 25.

 

Sorprende ver a un Ocampo enfrentándose a todo un adelantado de las Canarias, pero hay que pensar que, mientras Lugo veía el rostro aparentemente de piedra del gallego, bailarían en su mente la danza macabra todos aquellos hidalgos degollados en las playas canarias: Algaba, Rejón, Peraza. Era como una costumbre. Como es de ver, los tudenses ejercían un importante control en la isla. Alonso, hijo de Gonzalo Fernández de Tuy (hermano de Pedro, padre de Sebastián), el propio Sebastián y otros parientes, como María de Ocampo, la novia desdeñada o Pedro de Ocampo a quien Guillen Peraza dice en su testamento deberle 250 arrobas de azúcar, etc., componían uno de esos clanes locales como hoy los calabresi o los corleonesi, que describe el historiador:

 

aparecen grupos humanos compactos procedentes de Castilla, integrados por hermanos, primos, tíos y sobrinos 26.

 

Nos preguntamos entonces porque Sebastián emigró a Indias, ahora que formaba parte de la élite de la isla. Respuesta: Alonso era valeroso, fue conquistador de Gran Canaria, pero predominaba en él su aspecto político. Su hijo Gonzalo de Ocampo se enorgullecerá en un apoderamiento notarial (18-IX-1540) de ser “hijo legítimo de Alonso de Ocampo, regidor de la isla de La Gomera, difunto”. Tras algún gobernador fallido (y ahorcado) Alonso de Ocampo y su descendencia se perpetuarán en el poder gomero y solo hay que ver lo que tributará este “vecino principal y regidor de La Gomera” por la Bula de la Santa Cruzada para estar seguros del éxito y cumplimiento de objetivos vitales por parte de este gallego de Canarias:

 

135.-Alonso de Ocampo y su mujer.-1200 (maravedís). A pagar la primera Pascua Florida y el mes de abril de 1503 y el mes de abril del mismo año 27.

 

Alonso tendrá todo lo que no tendrá Sebastián… menos la Gloria. Alonso tendrá madre legítima, Elena Sarmiento de Sotomayor, esposa legítima, Agueda-Violante Gómez-Cidrón, hijos legítimos, Gonzalo, que alcanzará la ansiada hidalguía y María, madre del ilegítimo hijo de Sebastián. Éste, en vez de odiarlo cómo Caín a Abel, admirará toda su vida a Alonso, lo nombrará heredero sustituto y bautizará a su propio primogénito como Gonzalo, un Gonzalo bis.  Alguna causa tiene que haber y, desde luego, es sintomática la cercanía desinhibida de Sebastián al mundo de los marranos. Las vías que se abrían para el primo, estaban cerradas para él.

En Sebastián predominará el aspecto militar puro: capitaneará una tropa en la conquista de Tenerife; sufrirá las inmensas derrotas a que tan aficionado era Lugo; será recompensado con vastos territorios por el adelantado. Sus fidelidades canarias habían entrado en conflicto entre sí y, en este caso y lugar, con frecuencia se acababa a la sombra de una palmera, pero colgando de la copa. Siempre había sido un fiel cumplidor de su deber feudal de vasallaje, de Peraza a la Bobadilla y de esta a su hijo Guillén. El seguimiento en armas a Alonso de Lugo no había sido ningún problema en principio: la propia Beatriz había dejado atado el asunto. Pero cuando Lugo, como esposo de la tutora, quiera retener abusivamente el gobierno que corresponda al joven Peraza, se desatará el conflicto de fidelidades. Alonso, más asentado en el poder, se atreverá a mostrar el cuchillo en la playa a Lugo, todo un adelantado de Tenerife y La Palma:

 

Pues señor adelantado, o embarcarse sin pérdida de tiempo o disponerse a morir aquí. En el puerto está pronta una buena chalupa, en ella podéis transportaros a Tenerife pues lo que mira a La Gomera, entended que toda ella clama por su dueño legítimo 28.

 

La solución al dilema para Sebastián de Campo se la darán las Indias del mar Océano. Siendo su posición más insegura, no podía enfrentarse a muerte con Lugo, pero tampoco quería ni debía ponerse frente a los derechos de Guillén Peraza, su señor feudal. En el rol del tercer viaje colombino será fácil descubrir, sin mucha dificultad, el nombre que encubre la identidad de Sebastián: esa fue su elección. Por su parte el definitivo salto a la fama de su primo y heredero, Alonso, será cuando consiga del rey (¡qué excelentes relaciones!) la anticipación de la mayoría de edad para Guillén Peraza:

 

El mismo Ocampo, trasladándose a España, obtuvo real provisión de mayoría de edad para su señor…  29.

 

Doña Beatriz murió sola a finales de 1504, en Medina del Campo, donde había ido a sostener en la corte los derechos de su hijo Guillen; una vez más. No hubo ocasión para despedidas, quizás solo sentiría la ausencia de la reina, pero Isabel no estaba para pamemas, ya que tenía en la antesala, esperándola, su propio coro de lágrimas, frailes y cera, el viático acostumbrado de un viaje al Cielo. Sobre la muerte de La Cazadora también se abatirá alguna que otra sombra, como no podía ser menos dada la trayectoria del personaje.

 

y un día, no se sabe de qué, amaneció muerta; sintió la Reina en extremo su muerte, hízola enterrar con gran pompa; dejó en tutela del Adelantado don Alonso de Lugo a su hijo, cuyas eran las islas de La Gomera y el Hierro 30.

 

Pe (tomada de dreamstime)

 

1 José TRUJILLO CABRERA. Episodios gomeros del siglo XV. José Trujillo Cabrera. Ediciones Idea. Tenerife, 2010.

2 Antonio RUMEU DE ARMAS. Los amoríos de doña Beatriz de Bobadilla. Anuario de Estudios Atlánticos. Digital Canarias. Las Palmas, 2004.

3 TRUJILLO CABRERA. Ibidem.

4 Ibidem.

5 Leonardo TORRIANI. Descripción e historia del reino de las Islas Canarias. Goya ediciones. Santa Cruz de Tenerife, 1978.

6 Gloria DÍAZ PADILLA. José-Miguel RODRÍGUEZ LLANES. El señorío de las Canarias Occidentales. La Gomera y El Hierro hasta 1700. Cabildos insulares de El Hierro y La Gomera, 1990.

7 TRUJILLO CABRERA. Ibidem.

8 Eduardo AZNAR VALLEJO. Documentos canarios en el registro del sello. (1476-1517). La Laguna-Tenerife, 1981.

9 Ibidem.

10 Ibidem.

11 TRUJILLO CABRERA. Ibidem.

12 AZNAR VALLEJO. Ibidem.

13 RUMEU DE ARMAS. Ibidem.

14 Jesús DELGADO LORENZO. Cristóbal Colón, su origen y vida investigados con técnicas policiales. Bubok, 2012.

15 María del Carmen PESCADOR DEL HOYO. Gomeros en la conquista de Tenerife. Correo de Zamora, 15 de diciembre de 1948.

16 Antonio TEJERA GASPAR. Colón en las islas Canarias. La Gomera y Gran Canaria. Le canarien ediciones. La Orotava, Tenerife, 2020.

17 Hernando COLÓN. Historia del Almirante don Cristóbal Colón. Venecia, 1571. Amazón Kindle, 2020.

18 TEJERA GASPAR, ibidem.

19 TEJERA GASPAR, ibidem.

“La casa de los Peraza… en la actualidad se la conoce como casa de la Aduana o pozo de la Aguada… solar de la casa señorial de San Sebastián… en esta vivienda o en la Torre sería acogido Colón. (El) pozo de la Aguada, que se halla en la citada vivienda, en la que con toda seguridad se abasteció Colón en los tres primeros viajes… los pozos solían abrirse en lugares controlados… o en el interior de una fortaleza… (para) asegurar el suministro de agua… Procuraban buscar agua que tuviera un cierto grado de salinidad, porque se conservaba mejor en las travesías…”

20 Luis ARRANZ MÁRQUEZ. Cristóbal Colón: Misterio y grandeza. Marcial Pons. Madrid, 2013.

21 Begoña FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ. La creación de una identidad patrimonial. Bayona y el descubrimiento de América. E-rph, diciembre 2013.

22 RUMEU DE ARMAS. Ibidem.

23 TEJERA GASPAR, ibidem.

24 TRUJILLO CABRERA. Ibidem.

25 Sabino BERTHELOT. Historia Natural de las Islas Canarias. Fundación Canaria Orotava, 2006.

26 Mariano GAMBÍN. Los años de hierro. Una sociedad en formación. El comienzo de la colonización en Gran Canaria (1483-1511). Amazón Kindle, 2020.

27 Miguel Ángel LADERO QUESADA.  Trescientos nombres canarios a comienzos del siglo XVI. Casa de Colón. Las Palmas, 2004.

28 José DE VIERA Y CLAVIJO. Noticias de la historia general de las islas de Canaria. Imprenta de Blas Román, Madrid, MDCCLXXVI.

29 Juan ABREU Y GALINDO. Historia de la conquista de las siete islas de Gran Canaria. Imprenta Isleña. Tenerife, 1818.


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