jueves, 7 de julio de 2022

LA DESHEREDACIÓN DE GALICIA




SUMARIO

1.-LA DESHEREDACIÓN DE GALICIA

2.-LA CONQUISTA DE CANARIAS EN DOCAMPO VERSUS COLÓN


1.-LA DESHEREDACIÓN DE GALICIA

El titular de la noticia de la Voz de Galicia en 06/07/2002 es  “El (Tribunal) Supremo rechaza que se pueda negar la legítima alegando solo la falta de relación”. El texto, sumamente interesante para sus lectores de Mansilla de las Mulas o Guarromán, no aclara que las “causas de desheredación previstas en el Código Civil”, sobre las que bien informa, no son aplicables en Galicia que tiene leyes propias, probablemente por la escasa difusión de ese periódico en nuestra comunidad autónoma. Por si alguno hubiere, nos permitiremos aquí comentar las diferencias; para empezar, que en Galicia la materia no se rige por el Código Civil, sino por la Ley de Galicia. O que la legítima gallega es una deuda y el legitimario un acreedor, que no interviene en la partición. O que la legítima del Derecho Común (Código Civil, vigente en casi toda España pero no en las autonomías del Norte, que tienen leyes especiales) es de 2/3, mientras la gallega es un crédito/deuda de 1/4  a repartir entre los descendientes-acreedores. O que el órgano jurisdiccional supremo en materia de Derecho de Galicia es el Tribunal Superior de Justicia de Galicia.

Vamos aquí a comparar las causas de desheredación de los descendientes equiparables entre uno y otro cuerpo legal (Código Civil –CC- y Ley de Galicia –LG-), descartando otras muy específicas como, por ejemplo, las de indignidad (atentar contra la vida del causante y cosas por el estilo).

Justas causas para desheredar según el 853 CC y 263 LG:

 

SOBRE ALIMENTOS

Según el CC

“1ª.-Haber negado, sin motivo legítimo, los alimentos, al padre o ascendiente que le deshereda”.

Según la LG

“1ª.-Haberle negado alimentos a la persona testadora”.

Lo que nos lleva a las respectivas definiciones de “alimentos”.

Según el CC

Artículo 142.

Se entiende por alimentos todo lo que es indispensable para el sustento, habitación, vestido y asistencia médica. Los alimentos comprenden también la educación e instrucción del alimentista mientras sea menor de edad y aun después cuando no haya terminado su formación por causa que no le sea imputable.

Según la LG

Artículo 148.1

La prestación alimenticia deberá comprender el sustento, la alimentación, el vestido y la asistencia médica, así como las ayudas y cuidados, incluso los afectivos, adecuados a las circunstancias de las partes.

COMENTARIO:

Las diferencias saltan a la vista:

1.-El CC disculpa la privación de alimentos si está justificada, la LG, no. Por poner un ejemplo previsto en ambos cuerpos, la asistencia médica (que no se refiere a que el hijo sea doctor y cuele a su padre para una operación, sino en llevarle al médico, visitarle en el hospital, decidir el tratamiento en ausencia de consciencia, etc.), para el CC estaría justificado si el padre a su vez pasó del hijo cuando esté sufrió un infarto; en cambio, para la LG el hijo deberá ayudar a su padre en caso de grave enfermedad, sin que pueda tomarse la revancha.

2.-La LG,a diferencia del CC, da relevancia a las causas afectivas (más bien desafectivas), aquellas precisamente a que se refiere la Sentencia del Supremo como “falta de relación”. Asusta la frialdad que denotan algunas consultas jurídicas, informándonos de hijos que no ven a sus padres en 20 años, o ni siquiera les felicitan la Navidad; muchos padres y abuelos llevan eso como un clavo en el corazón. Una situación que no será difícil de probar; animo a nuestros abogados a que aleguen (acumulativamente con la tan manida del daño psicológico), también  esta causa -1ª, alimentos- que es, con mucho, la más invocada para privar de legítima a los descendientes gallegos. “Es como si no tuviera hijo/as, nietos…”

(By de way, la propia sentencia noticiosa del Supremo aclara que se refiere a un caso concreto y que, en muchos otros, ese órgano ha reconocido la falta de relación como “causa”, pero por la vía del “maltrato psicológico”, no de privación de alimento afectivo, como la LG propone)

 

SOBRE MALTRATO

Según el CC

“2ª.-Haberle maltratado de obra o injuriado gravemente de palabra”.

 

Según la LG

“2ª.-Haberle maltratado de obra o injuriado gravemente”.

 

COMENTARIO

Asimismo la diferencia es palmaria, parece que nos abofetea. El CC solo prevé las injurias verbales, la LG incluye las “de facto”. Un práctico del derecho habrá escuchado mil veces que las más grave e imperdonable es “no asistir al entierro”, por ejemplo un padre que priva de legítima al hijo por no asistir al entierro de la madre. Algo susceptible de prueba y que un juez con sensibilidad para el alma gallega no puede dejar de apreciar.

Suele ser acumulable con el daño psicológico y la privación de alimento afectivo.

 

SOBRE INCUMPLIMIENTO DE DEBERES CONYUGALES

Según el CC

“1ª (855).-Haber incumplido grave o reiteradamente los deberes conyugales (será justa causa para desheredar al cónyuge)”.

Según la LG

“3ª.-El incumplimiento grave o reiterado de los deberes conyugales (causa para desheredar a cualquier legitimario”.

COMENTARIO

Tampoco aquí hay que jugar a “buscar a Wally”: la diferencia está clara. El padre gallego puede privar de legítima al hijo por maltratar a su mujer que, cuantas veces, es la que cuida amorosamente de los suegros. Por el contrario, el causante castellano solo puede alegar esa causa para desheredar al cónyuge.

 

COMENTARIO FINAL

Naturalmente los derechos peninsulares que se adaptan a la realidad social (muchas personas alcanzan edades provectas y necesitan cuidado de familiares), como el Vasco o el Aragonés, han suprimido el derecho individual a la legítima para todos los hijos (o descendientes de hijos fallecidos): el causante le deja lo que quiere al hijo que quiere y al que no, nada de nada. Por desgracia el Derecho Gallego no se actualiza desde que el actual presidente, sr. Rueda, ha desempeñado la Consellería de Justicia.

 Tenga cuidado, sr. Rueda, no sea que los gallegos le deshereden a usted.




2.-LA CONQUISTA DE CANARIAS EN DOCAMPO VERSUS COLÓN

La conquista de Canarias fue brutal sin paliativos, equivalente al aplastamiento de las tribus celtíberas por las legiones romanas. Sebastián Docampo, Conquistador de Tenerife bajo las banderas de Alonso de Lugo, fue uno de aquellos tipos duros, demasiado. Los dos capítulos íntegros que siguen, el 1 y 2 del libro II, se leen en un suspiro con el corazón encogido...





-II-

Canarias

 

La etapa en Canarias, con sus luces y sombras, vale, vale, sus SOMBRAS, fue la etapa en que se fraguó el proyecto vital de Sebastián de Campo. Fue el momento en que entró en batalla, ya a las primeras de cambio, como si no hubiera hecho otra cosa en la vida, aunque no hay que descartar que la procedencia de aquella peculiar Galicia le hubiese servido de entrenamiento. Que supuso su presencia en el mundo de los negocios sería decir poco; aquello fue un debut a lo grande, aunque con un punto ominoso y amargo que, y eso hay que decirlo, le servirá de lección, pues no repetirá ignominia semejante en La Española, Cuba o El Darién. Cuando la primera etapa de inseguridad, transcurrida en la isla Gomera, fue quedando atrás, en su lugar se abrió un cielo de plenitud, con la capitanía en la conquista de Tenerife y las adjudicaciones por data de grandes extensiones de terreno azucarero y guanches que las trabajasen: Ya era millonario y el país, de clima tibio y amable, como unas rías Baixas mejoradas. Otro menos ambicioso se habría conformado. Y no es que las recompensas fuesen futileza: los primos Docampo armarán en el puerto de San Sebastián casi todas las expediciones colombinas del Descubrimiento; todas menos la desastrosa cuarta y última… a cuyo salvamento ayudará Sebastián desde la otra orilla del mar Océano. Pero Sebastián querrá forzar sus límites, llegar a su máximo vital, y en eso se distinguirá de los dos Alonsos: el de Lugo o su primo, el de Campo, que considerarán los gobiernos de Tenerife o Gomera suficiente corona a sus respectivas trayectorias. El tudense pasará a Indias y desmentirá, mediante el bojeo y población de la isla de Cuba, la superchería de Colón que juraba —y hacía jurar bajo pena de deslenguamiento traumático— que aquello era la China. Tras la exploración, Cuba pasará a estar considerada Egipto, y como egipcia se la describirá en el primer libro moderno sobre el país de los faraones. Ya en la cumbre de su carrera, veremos a Docampo como un puntal básico en el descubrimiento del océano Pacífico.

Es poco probable que él mismo nunca se lo haya propuesto, pero, a los espectadores, nos suscita una intensa curiosidad ese papel de anti-Colón que le tocará interpretar, develador y al mismo tiempo salvador de aquel genovés, lunático sí, pero que tenía lo único que tienen que tener los grandes hombres: una idea fija y la decisión neurótica de servirla a todo trance. Ese matiz (el mismo) es muy importante, puesto que probablemente Campo no tenía nada contra Colón, pero sus reales patrones sí, y el gallego no es más que uno de esos arietes (Varela, Aguado, Bobadilla…) que usaba la monarquía para controlar al genovés. No debemos cerrar los ojos al hecho fundamental de que Campo sea un mero contino o funcionario público que obedece órdenes, nada que ver con aventureros tipo Cortés o Pizarro.

Retazos de la personalidad de Campo circulan por cierta literatura chauvinista como hilos sueltos del sudario de cierto fantasmal Colón gallego, entreverados en una urdimbre en la que también participan fibras esenciales de las personalidades del conde de Camiña, alias Madruga, y de Cristóbal de Sotomayor, su hijo indiano. En nuestros tiempos, seguir esa vía requiere mucho voluntarismo, demasiado, teniendo a la vista la orden del rey a Álvaro de Sotomayor de que pague las deudas de su difunto padre. A don Fernando no le acababa de convencer la metamorfosis del de Camiña a Cristóbal Colón. ¿Nos permitimos una travesura? Propongo un aggiornamento  de la leyenda urbana. ¿Qué tal si empezamos a hablar del anti-Colón gallego?

¿Acaso no haría Campo un buen papel? Era un tipo de modales exquisitos y garantizo que sabría comportarse en esas imperdibles exposiciones As tres décadas de ouro do Colón galego, que se celebran por primavera en el pontevedrés palacete de las Mendoza, cerca de la colegiata Santa María, frente por frente al Cristo de los marineros. En la soledad de la noche, cuando hubiese salido el último turista, Sebastián intentaría serenar la perturbación del genovés, os aseguro, maese Colón, que el Mundo no tiene tetas… aunque os admito la propuesta de que en el pezón esté el Paraíso.

 



 

-1-

Hernán Peraza

 

No vamos a echar la culpa del genocidio de Gomera a la brutalidad de la aristocracia gallega; es más, dudo mucho que hubiera podido evitarse aunque determinada rama de la familia Campo no hubiese desembarcado allí. Combatían como combatían, eso es cierto, y su eficacia con la ballesta puede calificarse de quirúrgica. Si solo hubiese sido cuestión de choques armados el resultado habría estado cantado: aquella población estaba en el neolítico, no siendo las puntas de hierro de sus hastias, regalo de amables contrabandistas portugueses. Pero si no hubiera intervenido una compleja cadena de factores, seguramente sus menceys habrían optado por el realismo y habrían terminado por someterse a los castellanos, trabajando para ellos de peor o mejor grado. Pero la supervivencia de aquella raza ingenua hubiese requerido su abstención en las querellas de los conquistadores, o al menos, el haberse acogido a la protección del bando en el que los hados del destino los habían situado: el de las islas de Señorío. Ignorantes de lo que se cocía a muchas leguas de allí, su primitivo alzamiento acabará llamando la atención de la reina Católica, que ordenará el envío de tropas profesionales desde las islas de Realengo. Entiendo que todas esas circunstancias son vitales para explicar los motivos de la presencia de la familia Campo en el trópico de Cáncer, por lo que me propongo embarcarme en una relación, siquiera sucinta de ellas. Caso contrario, acabaríamos encartando a unos en las culpas de otros. Quede claro que aquí no existen inocentes: las disculpas anticipadas se piden por el fárrago mareante de datos históricos, no para justificar el comportamiento de nadie ¿O.K.?

 

1.-Sebastián debió embarcarse en Málaga. El mar de Canarias era un piélago de otro signo, apacible y tibio como el río de Sevilla, tan distinto al mar de Galicia. Sería a principios de 1488, a raíz de la primera de las rebeliones de gomeros que narra Abreu y Galindo, porque durante la segunda, noviembre de ese año, ese mismo historiador ya nos hará ver a los Docampo en acción, disparando a través de las saeteras de la casa-torre-fortaleza de San Sebastián de la Gomera. Lo que de verdad extraña es que tardase tanto ese cambio de los aires. Extraña, porque tenían que estar sobre aviso, por un pariente lejano de que en las islas había trata sobre los cautivos en buena guerra, comercio condenable según la Iglesia, pero comercio al fin y al cabo.

Sin duda para los hidalgos o los que decían serlo, la guerra más atractiva siempre sería la de Granada: miles de propiedades a reparto, hornos, huertas, acequias, complementadas con moros horneros, zahories u hortelanos que las trabajasen. Pero un buen observador podría advertir una corriente de anhelos y deseos más profunda, imposible de detectar para el que sólo escuchase el grito unánime de los alardes: “¡Dios quiere Granada!” Los grandes linajes, los capitanes de los guardias reales, los maestres, caballeros y comendadores de las Ordenes militares, los mayorazgos, no pensaban otra cosa que ceñirse la servilleta y comenzar el banquete en el salón de Embajadores del palacio de los Nazaríes. Pero el pensamiento de “los otros” empezó a seguir un rumbo ¡tan distinto! que, en vez de una ciudad con Alhambra, acabarían conquistando un continente entero y mitad de otro: medio Mundo y dos océanos. Eran segundones, ilegítimos de sus linajes y conversos; dada la menor calidad de sus personas se habían dado de bruces, ya a raíz del reparto de Málaga, con la prosaica realidad de que apenas les llegarían las migajas. Un vomitivo puñado de maravedíes, como lo que se da a los leprosos. No obstante, los más letrados de este grupo, habían sido capaces de captar entre las farragosas cláusulas del tratado de paz de Alcaçovas, un incierto mensaje de esperanza: Portugal había renunciado en favor de Castilla a las islas de Lanzarote, Palma, Fuerteventura, Gomera, Hierro, Graciosa, Gran Canaria, Tenerife y las islas comarcanas, que se decían infinitas. Aquí había buena guerra también para ellos si se arrojaban rápido a las naos: los mayorazgos son como los gatos: no se arriesgan con el agua salada, teniendo pitanza asegurada en tierra firme.

A Portugal le habían tocado en el reparto la India, la China, Indochina, Cipango, la Especiería y todas esas cosas que, como el Paraíso, nadie niega que existan, vale, pero ¿alguien las ha visto alguna vez? Y los reyes ¿qué? Los reyes, sonreían. Piensas que don Fernando te va a fulminar, empeñado como está en acabar con el moro, pero la guerra daba sus últimos cañonazos, de hecho, tenía ya amarrado un pacto secreto de rendición incondicional con el propio emir Boabdil. Y luego estaba la santa reina. Isabel soñaba con ganar multitudes para las huestes de Cristo. Ella, en su éxtasis sagrado, ya avizoraba más allá de los muros de Granada la Roja, por encima de la torre de la Vela, ¡plus ultra!¡Plus ultra! ¿De verdad alguien se había creído seriamente que tuviese intención de hacer obsequio del Universo a Portugal? Puede que tres cuartos de su sangre fuese portuguesa, pero lo que se dice reina, reina lo era ¿de dónde?, ah sí, de Castilla.

 

2.-Hace una década los Reyes ya habían visto con delicia a los que habían ofrecido sus espadas para la conquista de las grandes Canarias: Gran Canaria, Tenerife y La Palma: las islas de realengo. Enterada con estupor la Reina de que los canarios continuaban siendo infieles, a pesar de que el obispo de Rubicón los había precipitadamente declarado cristianos, obtuvo indulgencias eclesiásticas para la magna obra de reducirlos a nuestra Santa Fe. En 1478 envió por gobernador de Gran Canaria a un hombre bragado, formado en esa policía expeditiva que fue la Santa Hermandad: Pedro de Algaba. Debería poner paz entre los anteriores conquistadores electos: el hidalgo leonés Juan Rejón y el deán Bermúdez. Ante la escasez de suministros en Canaria, Algaba envió a Rejón a Lanzarote, pero Diego de Herrera, señor de las islas de Señorío, lo reembarcó a mano armada y ¡a él que le importaba que se murieran de hambre en Canaria! ¿Qué se creían esos reyes? ¿Qué iba a ayudarles a que sustrajeran a su imperio las islas de señorío? El leonés en franca retirada juro venganza, no considerando bastante el par de cañonazos que disparó por estribor de su carabela, matando apenas un escudero. Herrera era el esposo de Inés Peraza, padres de Pedro (el desheredado) y Hernán (el querido), a quien donarán en mayorazgo otra de las islas de señorío, Gomera. Precisamente, el incidente de los cañonazos se tuvo con Hernán Peraza, a quien su padre había encomendado la expulsión del intruso. Aquí surgirá el punto de honor entre tan pundonorosos caballeros; el puntillo que acabará con la vida de Juan Rejón:

 

y se pudiera decir que estas dos piezas de artillería fueron las que le quitaron la vida después en La Gomera 1.

 

 Rejón había afirmado que él era “el todo en esta conquista”, pero la oposición de Peraza, Bermúdez y Algaba impedirá su reconocimiento oficial como conquistador de Gran Canaria, a pesar de haber sometido a sangre y fuego tres de cada cuatro tribus del territorio. El gobernador Algaba lo apresó y lo embarcó rumbo a la corte para su castigo por haber bombardeado cristianos. Varias veces será devuelto Rejón a la península con grillos en los pies. Pero los brutales métodos rejonianos eran vistos son simpatía en la corte, dada la impía terquedad de los naturales, y era reexpedido automáticamente de vuelta en cada ocasión, ya libre de hierros. En su última estancia forzada en la península Rejón atinará con la tecla correcta: acusará a Algaba ante los Reyes de tratos con Portugal. Bingo. El 2 de mayo de 1480 Rejón desembarcó en Las Isletas de noche y, al día siguiente, fiesta de Santa Cruz, penetró en la iglesia al grito de ¡Viva el Rey! Los documentos con el sello real que traía le permitieron hacerse con el Real de Las Palmas en un santiamén: tras un simulacro de proceso, Algaba será degollado a cuchillo en La Vegueta. El cadalso se había levantado en la coqueta plaza de Santa Ana.

 Se habían cumplimentado todas las formalidades de la muerte hidalga, incluso funerales con niños llorones, mucha cera y colgaduras de raso. Naturalmente ello redundará en la buena fama como caballero de Juan Rejón, pero todos esos miramientos podían haberse dedicado a evitar conflictos entre nuestros súbditos, pensarían tal vez sus altezas.

 

3.-En 1480 la Reina instó a su Consejo a que de una vez le recomendasen a un hombre de peso para las islas, alguien a quien todos hablasen en voz baja. Y si era omiciano, mejor que mejor. Se fijaron en Pedro de Vera, jerezano, alcaide de Cádiz e isabelino de pro, dotado de las condiciones de crueldad, eficacia y disciplina que convenían al cargo de conquistador de la Gran Canaria 2; había dado muerte a un alcaide pero el tal no dejaba de ser un sedicioso de esos de La Beltraneja, lo que hacía innecesario el omecillo. Se le dotó de poderes omnímodos, nombramientos firmados en blanco excepto para cargos reservados a bachilleres, y jurisdicción en tierras y puertos. Desembarca en el puerto de las Isletas. Tras unos días de amistad y vino en la taberna para que se confiase, apresó a Rejón, le instruyó proceso y lo remitió empapelado a la península por la primera carabela. Libre de aquel elemento levantisco, Vera hará honor a sus dotes militares bien probadas en la Vega de Granada: al cabo de un par de años, conquistados Telde, Galdar y otros muchos pueblos, los guanches de Gran Canaria estaban resignados, que no felices, con la presencia castellana.

Lo que pasará a continuación provocará miradas furtivas entre los conquistadores, porque, contra toda costumbre, no se proclamará la paz a pesar de haber cesado en la práctica el silbido de los dardos canarios y el chiflido de las ballestas castellanas. La guerra fría durará hasta 1488 y se simultaneará con la de Granada. La explicación al misterio llegará en su momento y no dejará de ser una buena explicación.

 

4.-Pedro de Vera demostrará tener adicionalmente las condiciones de flexibilidad que le habían merecido la real confianza: ante la presencia en las islas de Alonso de Lugo, concuño del malogrado Algaba, aceptó el sistema de dos reales: uno en Las Palmas, bajo su mando, y otro en Agaete, capitaneado por el propio Lugo. Bisnieto de Rodrigo López de Lugo, llamado El ataúd (“Señor, no seas ataúd de tus vasallos”), casado con Leonor López Docampo y nieto de Lope Yáñez de Lugo y Docampo, el gallego blasonaba en su escudo de cinco cabezas degolladas de lobo, una sería poco. Su divisa era “Quien lanza sabe mover, ella le da de comer 3”. Lanza sabía mover, pero no demasiado si atendemos a sus colosales derrotas; aunque lo cierto es que sí dará de comer hasta el hartazgo a toda su parentela: A Sebastián Docampo la comida le acabará saliendo por las orejas. Lugo fue el típico segundón que captó a primer vistazo la ocasión de oro que se abría para ellos en aquellas latitudes subtropicales. El historiador Serra Rafols estereotipa su carácter como producto de un andalucismo (había nacido en Sanlúcar) matizado por la tenacidad, astucia y cálculo gallegos. De su aspecto nada podemos decir pues la cámara del iPhone siempre lo sorprende con el yelmo emplumado y la armadura puestos; lo único que deduce un forense de su esqueleto, hoy depositado en una caja de pinsapo en la catedral de Las Palmas, es que no era ni alto ni bajo. Narices, ojos y todo eso, parece que va en el paquete de homo sapiens sapiens. En su real de Agaete construirá la típica torre fortificada:

 

hizo una fortaleza donde cada día peleaban, e muchas veces fue herido y sufrió muchos trabajos, hambres e muertes de criados y parientes e otras personas, e muchas afrentas e peligros, hasta llegarle a poner fuego a la torre e pegárselo e desamparar la torre por temor del fuego e salir a pelear al campo 4.

 

Los méritos de Lugo le valdrían la posesión de las tierras y aguas de Agaete, donde llevará una próspera vida de hacendado colonial, dedicado al cultivo de la caña y a las tensiones de una perpetua guerra fría de casi una década, hasta la paz de 1488, por más que hacía tiempo que habían cesado las operaciones complejas que pudiesen requerir artillería o caballería. Guerra fría y prosperidad eran todo uno. El botín con que devolvía los préstamos a los banqueros genoveses o florentinos eran forzosamente esclavos y ganados, pues excluidas las tierras y las aguas, no había otra cosa que rapiñar en Canarias:

 

El calificativo de negrero que se ha dado a Lugo es más bien suave, pues los comerciantes de esclavos no tenían que ser siempre desleales en sus negocios. Episodios como la venta de los jóvenes rehenes de ambos sexos entregados por los jefes palmeros, de los guanches de Adeje, capturados con pretexto de bautizarlos, del hijo de Bentor, vendido dos veces tras haber cobrado su rescate, y tantos otros, basta con aludirlos 5.

 

Lugo, que podía poner banderas de recluta en Sevilla en plena Guerra de Granada, como sólo se consentía a los grandes, solicitaba y recibía a menudo refuerzos de la península. Llegó a desesperar a los guanches:

 

la raza de los hombres que hacen mal es inagotable, y el calado de los navíos que los vomitan en las playas, inmenso 6.

 

Sin duda el tráfico de carabelas entre Las Isletas y el puerto militar de Málaga provocaría que los desheredados de la fortuna del real de Granada se hicieran las preguntas y se diesen las respuestas pertinentes: Lugo necesitaba en Canarias hombres bragados y no escatimaba el pago en tierras y cautivos. Los Docampo enrolados en la guardia real por un mísero puñado de maravedís, cual Ulises renacentistas, no podían ignorar el canto de las sirenas.

Quien les iba a decir que su futura peripecia canaria se iba a relacionar con una larga cadena de asesinatos.

 

5.-Nos interrogamos por el paradero de Juan Rejón que, tras eliminar al gobernador real Algaba, había navegado en cadenas a la corte donde, esta vez, la cosa iba a tener mala componenda. Na, que va, fue absuelto. Los Reyes sonrieron; le levantaron del suelo por los codos; le hicieron real merced del nombramiento de general conquistador de las dos islas realengas que faltaban, La Palma y Tenerife; y le avalaron ante la banca italiana. Se hacen raros los capitanes que sojuzguen indígenas por millares. Zarpó de Cádiz en mayo de 1481 con cuatro bajeles de transporte de 300 hombres, 20 caballos y pertrechos. Le acompañaba su esposa, Elvira de Sotomayor (sí, leíste bien), y sus dos hijos pequeños. Intentó el fondeo en el puerto de Las Isletas para un refresco de la navegación, pero Pedro de Vera, recordando la ejecución de Algaba, le mandó decir en educados pero enérgicos términos, que no respondía de su vida si intentaba el desembarco. Al mar. Una fuerte marejada le forzará a hacer escala en la playa de Hermigua de la isla de Gomera, lo que nos permite poner el foco de una vez en el futuro hogar de Sebastián de Campo: Gomera, la isla de la eterna primavera, asentada sobre la mayor caldera volcánica del planeta. Es la primera quincena de junio de 1481 y están a punto de concatenarse los sucesivos dramas. Amigo/a, prepárate, ponte un impermeable que la sangre va a salpicarnos hasta el occipucio.

Hernán Peraza, el napoleoncillo que gobernaba la isla por delegación de su madre Inés, pensó que no tenía porque aguantar semejante provocación. Justo aquí, en esta playa, SU PLAYA. Rejón le había jurado venganza y le había disparado un par de cañonazos en Lanzarote; si soporta este ultraje, su figura se verá capitidisminuida y ya bastantes insolencias estaba aguantando de los bandoleros de Hermigua. Los indígenas hermiguos eran tendentes a la insumisión y a la rebeldía y sin duda tendrían sus pensamientos puestos en él, Hernán Peraza: un hombre que a primer vistazo parecía chiquito y leve (cuando lleguemos al capítulo de “los amores” veremos que será capaz de meterse dentro de las enaguas de una de aquellas guanchas de metro cuarenta o metro y medio cuyas momias exhibe el Museo Canario de Las Palmas). Compensaba el aparente defecto con un carácter vengativo, pendenciero y cruel; claro que menos que otros conquistadores: era el único que se atrevía a pedir que no se ahorcase a tantos de aquellos ilotas tras los escarmientos. La teoría de los carballos aplicada al trópico de Cáncer. De todos modos, el cariño sincero y recíproco que se profesaba con su madre no puede considerarse una virtud, ya que se dice que incluso las hienas experimentan sentimientos parecidos.

Los naturales observaban entre las palmeras canariensis el desembarco de la flotilla:

 

vieron como saltaba a tierra un hombre, luego una mujer e inmediatamente dos niños auxiliados por ágiles y fornidos marineros. Tras estos desembarcaron también ocho hombres de los 300 que acompañaban a Rejón desde la península, quedando los restantes a bordo de las embarcaciones. A todas luces, trátase de una embajada de paz 7.

 

Los gomeros de paces de aquella parte, que conocían a Rejón por haberle visto en Lanzarote cuando fue a pedir socorro, fueron con el aviso a su señor don Hernán Peraza. Éste envió soldados armados a donde el leonés y, para humillarle, mandó que se lo trajeran preso.

Según otra versión, dijo:

 

andad y traedme preso al caballero que está en Armigua, y luego, llamándoles: o muerto o vivo 8.

 

Para tratarse de un asunto de venganza, Peraza se comportó con redomada cautela. La ausencia de una orden concreta de dar muerte al visitante, era un gesto taimado, dirigido a una ulterior declaración de inocencia de lo que pudiera ocurrir. Pero es difícil pensar que ignorase que un hidalgo como Rejón prefiere mil veces la muerte antes que ser humillado:

 

echaron mano a las armas todos, Rejón con sus ocho soldados, que algunos fueron heridos; y un gomero atravesó el cuerpo de Juan Rejón con un dardillo a mano que al día siguiente murió 9.

 

Peraza, de los primeros en enterarse del fatal desenlace por un gomero corredor, cabalgó a Hermigua. En la playa mezcló sus lágrimas con las de la viuda y los hijos, y “quien me iba a decir que lo iban a matar”, entre ayes y suspiros doloridos. Publicó aquel conocido manifiesto de “juro mil veces que sólo había mandado hacerle venir a mi presencia”. Y venga que dale con el “¡qué gran soldado se ha perdido! ¡Si encuentro al asesino, lo hago cuartos!” Obsequió a su rival un entierro impresionante: colgaduras de raso negro y una arroba de cera en hachones. Si no cantaron los niños de la cámara real es porque no estaban. Ofreció como presente al difunto la tumba que tenía reservada para sí mismo en la capilla mayor de la Gomera parroquia de la Asunción. Asistió con grave exquisitez a la viuda, hijos y ocho personas selectas del séquito: comida y alojamiento. Pelillos a la mar. Pero doña Elvira, la viuda, le miró con odio echando hacia atrás la cabeza y no quiso aceptar hospedaje en la casa-torre de los Peraza. Sí aceptó la de una familia de Castilla allí avecindada, que se compadeció sinceramente de su soledad y la de los huérfanos. Tan pronto fue libre, envió recado a la corte por la primera carabela para pedir Justicia. A los tres meses apareció en San Sebastián una nave a bordo de la cual venía un caballero pesquisidor vestido de luto, enviado por los reyes; en el mismo barco embarcó Peraza rumbo a España, en calidad de detenido. La cabeza apenas se le sostenía sobre los hombros.

 

 6.-El delito esta vez parecía grave; pero hay que pensar en la fuerza persuasiva de un coro plañidero encabezado por Álvaro de Luna, capitán de los continos reales y primo de Peraza, secundado por la orden de moda, la franciscana, paniaguados de los padres del reo (Diego de Herrera e Inés Peraza, señores de cuatro islas). Medina Sidonia y el resto de los grandes, también parientes del reo, insistieron en que, en el fondo, Peraza, no había dado la exacta y concreta orden de matar a Rejón; un error de cálculo lo tiene cualquiera; la viuda vio enjugado su llanto con una pensión de 20.000 maravedís por juro de heredad y dos casas en Sevilla para su residencia. La Reina, que tenía el ánimo bajo por otra pesadumbre de tipo privado, se quedó algo parada ante los que le propusieron el perdón, ¿cómo se va a permitir que maten a los enviados reales, uno tras otro? Sin embargo, cuando estaba a punto de darse la vuelta para retirarse, tal vez apareció en sus ojos un brillo especial. A veces dos males se convierten en un bien. La Reina tenía una dama, Beatriz de Bobadilla, una morena de una belleza fina y sensual, a quien la fama atribuía el manejo de ciertos artefactos eróticos como unos alza-nalgas conocidos por toneletes: su católica alteza tenía la sospecha de que el rey estaba privadamente interesado en la mecánica de semejantes dispositivos. Entonces cayó en la cuenta de que, en el fondo, no se trataba más que del típico caso del omicida y eso siempre se había curado en Castilla con el omecillo: A Hernán Peraza y a sus cómplices gomeros se les concedió la vida con la condición de que fuesen a servir a la conquista de Gran Canaria, hasta ser ganada y concluida, so pena de muerte y ser tenidos por traidores. La condición no escrita fue que se casase con la Bobadilla y que la feliz pareja partiese ipso facto para Canarias (equivalente a un viaje de no-retorno a Marte). ¿Qué cómo era la tal Beatriz? Si nos dejamos guiar por la relevancia de los corazones que le cayeron rendidos, fue el oscuro objeto del deseo de la época:

 

mujer más bien alta que baja, esbelta, de hermosura nada común, morena, de ojos negros y atrayente por la simpatía de su trato y modales 10.

 

La componenda se estimó doblemente satisfactoria: la conmutación de la pena de muerte a los asesinos bragados a cambio de participar en una Conquista (omecillo), siempre fue norma de la Casa. La Reina, al fin, podía respirar hondo: la conquista se trasladaba más de 500 leguas al Sur. Y no se hable más.

 

7.-¿Apostamos a lo que pasó? Sería una apuesta fácil: las órdenes de doña Isabel o se cumplen, o se cumplen. O se cumplen. Después de unos días para las celebraciones de boda, asado, danza y borrachera, subieron a un par de carabelas a los novios, Hernán y Beatriz, y a la vajilla de plata regalo de los reyes, no está claro por que orden. Primero, fondearon en Lanzarote, donde la bella conoció a sus suegros, don Diego de Herrera y doña Inés Peraza, aunque, por lo que más adelante se verá, ellos no acabaron de conocerla del todo a ella. Días más tarde, atracaron junto a lo que sería el hogar nupcial: la cada de la Aguada y, para las emergencias, la casa-torre-fortaleza de San Sebastián de La Gomera. Acompañaba a los desposados fray Miguel de la Serna, obispo de Canarias, y muchos caballeros que pasaron a la conquista. Peraza, no bien tocó su pie la arena, se deshizo con impaciencia del séquito y se escaqueó a toda prisa hacia su paraje preferido, un lugar hechicero llamado Benchijigua, donde sería recibido por su barragana guanche, Iballa, mujer de supuesta belleza. Que será su némesis. Cumplimentado su deseo, el hidalgo, que aún no las tenía todas consigo, se apresuró a dar cumplimiento a las condiciones del omecillo. Hizo una leva de 80 gomeros, más 70 lanzaroteños que le había dado su padre; y, con un complemento que puso de 12 caballos, navegó al puerto de Agaete de Gran Canaria donde se abrazó a Lugo ignorando que, años más tarde, éste con quien se va a abrazar, y muy fuerte, será con su viuda, la seductora castellana de ojos negros como el carbón. Peraza aun ignora que está sentenciado y que su nido de amor bis va a ser su patíbulo. El atraque en Canaria acaeció el 1 de febrero de 1482; apenas había mar rizada.

El hecho de armas más conocido de esta campaña grancanaria fue la captura del guanarteme Tensor Semidán, el régulo de la isla, hecho en el que antes se daba por segura la participación de Peraza y ahora se duda por una cuestión de fechas. Vera y Lugo habían acordado el envío del guanche a los Reyes Católicos, sabedores del fino gusto por la propaganda que tenían sus altezas. Era un hombre majestuoso, robusto, de barba muy negra, vestido de pieles, cuerdas y bolsas de esparto, que constituía un  modelo de libro de El buen salvaje. Se le paseará por pueblos y ferias castellanas, despreciando los catarros. En shows ante los monarcas y la corte, se revelará como un consumado filósofo de la naturaleza, haciendo la delicia de las damas y los embajadores. El rey Fernando, que enseguida vio el filón, lo vistió de grana y seda y le nombró criado de los reyes. Eso sí, tras su bautizo en Toledo por el cardenal Mendoza, donde se le cambió el nombre a Fernando Guanarteme. Se enviarán más guanches a Castilla, en todos los casos con gran éxito de público; la idea será copiada más adelante por Colón con la novedad de hacer acompañar por papagayos sus troupes de salvajes. A Docampo le tocará la exhibición de un nativo de Darién tocado con piel de jaguar; pero para estas cosas era algo soso: la ocurrencia había sido de Balboa.

 Dice Agustín del Castillo que Gran Canaria se rindió del todo a la corona de Castilla el 29 de abril por la mañana de 1484. Pero no se proclamó la Paz completa, canastos.

 

8.-Tranquila la situación en Gran Canaria y cumplimentadas las condiciones del omecillo, Hernán y Beatriz dejaran su tropa en Agaete, navegando ellos a Gomera donde muy pronto las cosas van a ponerse realmente feas. De momento, la pesadumbre será para la tropa guanche que se queda en Agaete. A los conquistadores residentes, Vera y Lugo, la ganancia les venía de la captura de ganados y esclavos, pero la posesión de estos últimos solo era legítima si eran infieles y venían de buena guerra. Como los gomeros se dejaban bautizar con una facilidad pasmosa, el conflicto con el obispo estaba servido. Los castellanos urdieron un complot: se les ocurrió invitar a la conquista de Tenerife a los gomeros que se habían dejado olvidados los Peraza. Sospechando lo que les venía encima, escaparon al monte por lo que de momento solo se pudo retener a mujeres y niños. Vera redobló la oferta, prometiendo fortuna a los que le siguiesen, con lo que consiguió que buena parte de los gomeros embarcase por su propio pie. A las mujeres bastó decirles que las llevaban donde estaban sus maridos para que subieran encantadas las pasarelas de las naos. Esta vez sí que cayó el precio en los estrados de Sevilla ya que la oferta multiplicó con creces la demanda, por lo que hubo que liberar el sobrante que no encontró remate, el cual pasó a configurar un sector característico del lumpen del Arrabal. Llegadas estas noticias a Gomera causaron una impresión pésima entre los naturales que estaban cristianizados y sumisos. No dejó de tomarse nota de que la felonía de Vera había sido propiciada por la pareja Peraza-Bobadilla.

Los años siguientes al definitivo asentamiento de la pareja en Gomera, el ambiente fue haciéndose progresivamente irrespirable. Durante el proceso que seguirá a la limpieza étnica de la población, las causas de desapego contra la pareja gobernante abarcarán una amplia lista. Pasa que doña Beatriz dice verse obligada a pagar sus diezmos con “tres mozos y dos mozas de Gomera”, ya que es de la opinión de Lugo: que no habiendo oro, un señorío en Canarias solo puede rentar cuatro cosas: tierras, ganado, esclavos y orchilla (un liquen utilizado para obtener el color púrpura). Pasa que se producen agudas polémicas con la Iglesia, ya que los bautizados son horros (libres) por naturaleza, con lo que hay que justificar notarialmente una y otra vez su patente mendacidad: que andan desnudos, que se refocilan en la promiscuidad, que son polígamos ¡hasta ocho mujeres! o que comen cabra en la cuaresma ¿es eso ser cristiano?, que los varones mean en cuclillas. Pasa que los gomeros se niegan a pagar los justos tributos que les exigen sus señores por mucho que las Reales Cédulas expedidas por la corte ordenen “a los capitanes y gentes y otras personas que ejecuten en los gomeros todas las penas y premias 11”. Y pasa que a plena luz del día los gomeros están pertrechando sus azagayas de palos aguzados al fuego, con puntas de hierro portuguesas de dos palmos, ¿hace falta más prueba de que están preparando una rebelión?

 

 9.-Hernán Peraza, bien servida su libido de dos de las mejores mujeres del planeta, se comportaba como si nada le afectase, obstinándose en ignorar una realidad ominosa. La isla estaba dividida en cuatro bandos o tribus, de los que tres colaboraban más o menos pacíficamente con los castellanos: Ipalán y Hermigua, con los que Peraza tenía un pacto, y Orone, eran los “bandos de paces”. El cuarto bando, Agana, estaba muy tocado por los portugueses, antiguos colonizadores de la isla. Esta vez hasta los bandos de paces se alzaron. Cada vez que esto sucedía, era preciso recogerse tras los muros de la fortaleza, cuyos sillares de obsidiana apenas podían arañar los palos y piedras de aquellos aborígenes. Pero no se podía pastorear, ni explotar la orchilla, ni abastecer de tapadillo las naos portuguesas que era donde estaba el negocio, ni nada de nada; se hacía muy incómodo.

 Hupalupa, jefe del bando de paz de Orone y tal vez el líder más respetado de la isla, creyó su deber acercarse a la base de la torre y aconsejar a voz en grito a Hernán “que se guardase y tratase bien a sus vasallos”. El bando de Orone, para los castellanos Valle del gran Rey, no era menos irredentista que los otros pero jugaba al colaboracionismo basado en la imposibilidad física del enfrentamiento de arcabuces y ballestas contra palos y piedras.  Peraza, de quien nadie dijo que fuera un buen político, le ofendió acusándole de connivencia con la conspiración, a lo que el otro escupió y se dio media vuelta, con lo que ya no quedaron más aliados a los castellanos en la isla. Pasaron a depender de la ayuda externa.

 En algún momento del año 1487 empezaron a volar dardos y rocas y alguien, mientras se vestía el yelmo y la coraza a toda prisa dio el grito ¡que alguien nos socorra! Los Peraza y sus fieles quedaron totalmente enclaustrados en la tosca e incómoda torre -fortaleza de San Sebastián, junto a la playa. La fresca y confortable casa de la Aguada, a unas varas de allí, fue saqueada. Los tributos en alimentos dejaron de fluir. La audición del silbo gomero en la noche, helaba la sangre, porque anunciaba una lluvia de antorchas. Más de una vez hubo que salir a apagar el fuego. Las enfermedades, las bajas y el hambre empezaron a hacer insostenible la posición.

Se enviaron cartas a Lanzarote, a Inés Peraza, a Canaria, a Pedro de Vera; a la península; que los herejes gomeros se habían alzado y los querían matar y que enviasen socorro de gente y navíos. El más cercano era Pedro de Vera que aparejó sus naves espontáneamente, sin esperar a las órdenes de socorro. Estas le llegarían después firmadas por “el Rey y la Reina” y en ellas se le instaba a reponer a Fernán Peraza (y, tras los terribles sucesos, a su viuda Beatriz de Bobadilla), en la posesión de sus islas de La Gomera y El Hierro. Se le dio al asunto prioridad absoluta, no es que mucho amasen a Beatriz o no sólo, era que isla había sido antes colonia portuguesa y los lusos aun tenían partidarios allí. Todo aquel cuya utilidad en Granada no estuviera muy clara, y esto incluía a los indisciplinados gallegos, fue estimulado a despegar hacia Marte. Será ahora, principios de 1488 según comprobaremos poco después, cuando los Docampo, “criados de la Reina Isabel”, acaten la orden y se embarquen sin retorno, no siendo para morir.

 

10.-Los Campo, al verse reclamados, cumplirían la orden de la mejor forma posible. No podemos saber como navegaron hasta Gomera, ya que los cronistas nos los mostrarán directamente en la acción. Me pregunto, si algún día se consiguiese averiguar algo más, si no estaríamos a punto de oír algo así como la historia de ciertos  omicianos a los que convocó la reina Isabel a la lucha contra los infieles canarios. Al ser los delincuentes gallegos, el delito común era haber participado en las revueltas: los gallegos eran homicidas por idiosincrasia y a ninguno se le exigía un crimen en concreto, como parecen requerir ciertos historiadores a Docampo. La criminalidad se llevaba escrita en la frente, Colón dixit. Reunidos ocho gallegos, delincuentes de alcurnia, fletaron carabela. Puestos a la vista de Lanzarote, la primera isla, les sorprendió la tormenta. Escaparon tirando por la borda armas y despensa, viéndose obligados a regresar a puerto para reponer existencias. Otra vez frente a Lanzarote, nueva tormenta les arrastró a Sanlúcar. A la tercera intentona la reina les otorgó el omecillo (perdón) en atención a la buena voluntad 12. Sabida la profesional competencia que Sebastián exhibirá en sus navegaciones por el Caribe, es de pensar que la travesía fue menos rocambolesca, en particular el atraque. El puerto de Gomera, por su facilidad, tendrá grandes panegiristas entre los descubridores, el más conocido, Colón, tan adicto de esta rada, que uno de los principales negocios de los Docampo como factores de la Bobadilla, será el abastecimiento aquí de las expediciones colombinas.

 

La rada de San Sebastián está formada por una ensenada natural a modo de gran arco, resguardada además por dos salientes rocosos, el roque de la Gila o de la Hila, situado al NE, y la punta de los Canarios, al SE 13.

 

El genovés, avaro como un Harpagón (“Del oro se hace tesoro”), encomiará la baratura de los suministros gomeros.

 

 

12.-Habíamos dejado a Lugo en Agaete de Canaria donde su gobernador, Vera, se había abstenido de proclamar la paz para no renunciar a la captura de esclavos de buena guerra. No es que no sucedieran incidentes; en Amodar, guanchas que se precipitan desde los riscos como las japonesas de Okinawa tras la segunda Guerra Mundial; defenestración (desriscamiento) de frailes en el centro y sur de la isla, por discrepancias de los naturales acerca de su coherencia entre la teoría religiosa la práctica. Pero aquellas no eran acciones militares, sino desesperadas. El 20 de enero de 1487 Gran Canaria se incorporará a la corona de Castilla y llegará un momento en que será imposible ocultar un triste hecho: en 27 de julio de 1488 se había declarado irremediablemente la Paz. Los indígenas grancanarios solicitaron por unanimidad el cristianamiento a cuyo fin embarcó, rumbo a las islas fray Antón Cruzado de la orden de San Francisco, con potestad de bautizar, y en consecuencia liberar, a quien le diera la gana, sin que oficiales reales y señores pudiesen impedírselo. La ruina, la ruina. Vera sintió un impulso irresistible de acudir en ayuda de su amigo Peraza en Gomera; Lugo sintió un impulso arrebatador de lanzarse a conquistar las islas aun irredentas: La Palma y Tenerife.

Gran Canaria, ¿qué es eso?, a quien le interesa Gran Canaria ya.

 

12.-Mientras, al poniente, en Gomera, Fernán Peraza y Beatriz de Bobadilla estaban a morir en la torre de San Sebastián. Los balesteiros gallegos recién llegados representarían un alivio, pero es de imaginar que las miradas estarían clavadas en el horizonte, a la espera de unas velas. Por fin se presentó Alonso de Vera con dos carabelas y, a su simple vista, los canarios corrieron a sus montes y cuevas, levantando el cerco. Pedro de Vera se mostró clemente y apenas ahorcó una docena, cortando otros tantos pares de manos. Fernán Peraza rogó por algunos de sus súbditos a los cuales el gobernador perdonó, al menos una mano. Se volvió a Gran Canaria victorioso con doscientos prisioneros, hombres mujeres y niños, y frotándose las manos ante el doble objetivo realizado: Había cumplido el mandato real y encima no había perdido dinero en la expedición ya que se había hecho con cautivos de buena guerra, cuyo precio se multiplicaba, dado el carácter legal de la adquisición.

 

y poniendo la isla en sosiego se volvió a Canaria, trayendo consigo más de 200 gomeros, año de 1488, quedando Hernán Peraza con su mujer doña Beatriz de Bobadilla en La Gomera muy contento y quieto 15.

 

Quien lea eso, bien pudiera pensar que los gomeros se sosegaban con los cortes de manos. No, en serio, lo que estaban es pálidos de horror, pero quietos. Hernán Peraza se encontró ante la encrucijada de su vida, la paz o la guerra, el exterminio o la negociación, sabiendo que lo primero no le convenía, pues implicaba el que se quedaría sin súbditos y que se vería obligado a la captura de otros nuevos, arrojándose a una razia en Berberia. Había que tomar muchas precauciones con los bereberes y sus alfanjes. Él era más de ordeno y mando que de guerra. Frente a la opinión general de los cronistas (“Hernán Peraza se avenía mal con sus vasallos, tratándolos con rigor y aspereza”), Viera y Clavijo 16 destaca puntos positivos en su personalidad, como que era dado a compadecerse de los derrotados o, el que se le atribuyesen virtudes valoradas para un hombre de su posición y época: “Era Hernán Peraza valiente, animoso y atrevido”. Si fuera un pelele, la reina no se lo hubiera dado por esposo a su dama favorita, aquella mis Mundo. Las circunstancias se volvieron favorables para la negociación, tras el refuerzo de los gallegos de Isabel y la convicción que se había instilado en sus neolíticos adversarios de que cualquier revuelta, sería indefectiblemente reprimida con fuerzas tan abrumadoras que escapaban, no solo a su capacidad de defensa, sino incluso a su racional comprensión.

En el momento decisivo, Peraza cometió un error tremendo. De libro. Creyó haber entendido el pacto que había alcanzado con los gomeros y no se había enterado de nada. De nada.

 Los gomeros tenían una costumbre que a primer vistazo parece fantástica: la colactación, que significa tomar la leche juntos, vale decir la conversión de dos personas en hermanos de leche. Entre sus ancestros berberiscos del continente africano suele darse la colactación plena: se llama a las mujeres de la tribu que estén en fase de lactancia y ambos ex rivales maman de los mismos pechos, quedando así hermanados. En Gomera se practicaba la colactación indirecta: bebían de un mismo jarro de leche, el gánigo. Pero el desenlace era el mismo: el hermanamiento de los colactantes, lo que para los canarios no era para nada un símbolo, sino una realidad material. La isla estaba dividida en cuatro bandos, está dicho, estructurados en dos parejas: en cada pareja, los varones de un bando se casaban con las mujeres del otro, y viceversa, colactando aquellos. O sea que los miembros de cada clan eran hermanos y yacer entre sí, implicaba la violación del más grave y generalizado tabú de toda la Humanidad: el incesto 17.

La isla entera no se habría levantado contra Peraza por las sevicias habituales, como algún secuestro y venta de mozos de vez en cuando. Las armas del renacimiento, arcabuces, ballestas y culebrinas, se habían mostrado reiteradamente más eficaces que las de los canarios, rocas y palos aguzados al fuego; en sus asambleas siempre aparecía un sabio o un viejo que hablaba de la inutilidad de las rebeliones. Y el sabio o el viejo eran respetado en aras de su sabiduría ancestral. Tenía que producirse algo más grave que la opresión: la ruptura de un atávico tabú en cuyo caso, la vida no vale nada, pues tus obras las realizan directamente los dioses que te llevan como en volandas:

 Hernán había colactado con Hupalupa, del bando de Orone, convirtiéndose en hermano material de todos sus miembros. El hidalgo no comprendió, o no quiso comprender, que la ruptura del tabú desencadenaría las fuerzas demoníacas que ni siquiera con su política despótica había logrado concitar hasta las heces. Para él, la colactación no había sido más que una manifestación primitiva del pacto feudal de vasallaje. Así pues, se negó a renunciar a sus citas con la niña Iballa que habitaba, con una parienta mayor o anciana, en una cueva del cortijo de Guahedum. El que se interese por la historia habrá leído muchas descripciones novelescas de la belleza inmarcesible de Iballa, convertida sin su consentimiento en personaje de novela; aquí sólo podemos especular con sus congéneres que han llegado momificadas a nosotros: metro cincuenta, potente nariz, tez morena, ojos oscuros, desdentadas por la alimentación, levedad, muerte en plena juventud. El proyecto Humiaga 977 del Museo Canario ha llenado de carne una de esas calaveras mediante reconstrucción facial. Tal vez sería una pequeña preadolescente de tez parda y unos doce o trece años. La más fea no debía ser; el amo habría elegido otra. La presencia de una vieja a su cuidado puede ser indicio de lo que, ¡si perteneciera a nuestra cultura!, llamaríamos una Celestina.

Las viejas leyendas del tabú tenían que danzar en la mente de Peraza por más que se obstinase en ignorarlas o en interpretarlas. Tenía que tener presentes las pedradas sueltas que caían cada vez que hacía acto de presencia en Guahedum, la cueva-burdel próxima a la torre feudal, donde la moza ofrecía sus encantos. Bah, por supuesto que ÉL no se arredraba ante unos salvajes.

 

13.-Los líderes de los tres bandos más influyentes accedieron a nado a la peña donde se deliberaban las cosas de gravedad: la Baja del Secreto, un pequeño roquedo emergido junto al Valle del gran Rey. Bastó que uno de ellos preguntase “y qué nos ha de sobrevenir a nosotros?” para que fuese liquidado al instante por los dardos de los otros dos. ¡Ay de los flojos cuando la decisión es la guerra! La noticia de la muerte del colaboracionista se corrió a la isla, llegó a la torre por un criado. Los arrogantes castellanos no tomaron nota de aquel nuevo sentido de determinación. En la Baja del Secreto, Hupalupa propuso limitarse al apresamiento de Peraza, de quien tenían información por los criados de la Torre de que aquella tarde tenía intención de hacer una visita a Iballa en su cueva. Impidamos el sacrilegio sin sangre. Pero en estos casos, siempre se imponen las soluciones radicales. Por medio del silbo gomero se reclutan guerreros en los cantones de Ipalán y Hermigua. Uno de los más bravos, Hautacuperche, que pastoreaba en la zona de Guahedum, seguro que pensó aquello de “que ya se me hace tarde”: era pariente de Iballa y guardián tribal del tabú.

 

14.-A él se encomendó la ejecución del plan: era tan buen guerrero que era capaz de atrapar en vuelo los dardos de las ballestas. Sin duda el viento había esparcido el rumor de que habían llegado unos experimentados balesteiros gallegos, Sebastián y Alonso Docampo, pero el gomero estaba cansado de que pretendieran asustarle. En los montes, el grito “¡ya se quebró el gánigo de Guahedum!”; en la playa de Gomera, Hernán que insiste en acudir a su cita ¡por encima de todo! Deja dicho en la Torre que va a “sembrar el cortijo”. Él no tiene, no puede tener miedo de unos salvajes. Queremos pensar que fue consejo de Sebastián de Campo el que acudiese provisto de armadura a un flirt; a nadie se le hubiese ocurrido… salvo un gallego de aquellos tiempos. No, en serio, exigieron a Hernán que fuera acorazado a la cita, acompañado de un escudero y un paje, también a caballo. Esta fuerza estaba considerada bastante para derrotar hasta un ciento se salvajes. Más horda no se esperaban.

 

Los conjurados estaban avisados y juntos y fueron donde estaba Hernán Peraza, avisando a cuantos encontraban que le iban a prender. El viejo Hupalupa, como era viejo, se quedó atrás… en el camino encontraron a Pedro Hautacuperche, pariente de Iballa y pastor… muy resentido de Peraza, hace tiempo que buscaba la ocasión de venganza 18.

 

 Los sublevados van a tener noticia del momento exacto en que Peraza entra en la cueva-burdel de Iballa: la costumbre era que, cuando él entraba, la vieja sirvienta, salía. Luego, el español permanecía en el fresco interior todo el tiempo que la función hubiera menester, una función para la que los caballeros españoles suelen quitarse la coraza, algunos, incluso la camisa. Muy al final empezaría a preguntarse como haría su salida, si armado de coraza o en camisa.

Colgado de un saliente rocoso, justo encima de la puerta, espera agazapado Hautacuperche. Mantenía sujeto en vertical sobre el dintel un dardo, munido con una punta portuguesa de dos palmos de hierro 19.

 

 

 

 

 

 

1 Juan ABREU Y GALINDO. Historia de la conquista de las siete islas de Gran Canaria. Imprenta Isleña. Tenerife, 1818.

2 Isabel ÁLVAREZ DE TOLEDO. La cabalgada de Pedro de Vera. Fc medinasidonia.com, 2020. 

3 Luis LÓPEZ PUMPIDO. Genealogía del capitán Alonso Fernández de Lugo y de las Casas, conquistador de Santa Cruz de Tenerife y adelantado mayor de las Islas Canarias. Galiciadigital, 12/04/2006.

4 Elías SERRA RAFOLS. Alonso Fernández de Lugo, primer colonizador español. Amazón Kindle, 2020.

5 Ibidem.

6 Ibidem.

7 José TRUJILLO CABRERA. Episodios gomeros del siglo XV. José Trujillo Cabrera. Ediciones Idea. Tenerife, 2010.

8 Tomás MARÍN Y CUBAS. Historia de las siete islas de Canarias, libro 2º. 1694.

9 Ibidem.

10 TRUJILLO CABRERA, ibidem.

11 Ibidem.

12 ÁLVAREZ DE TOLEDO, ibidem.

13 Antonio TEJERA GASPAR. Colón en las islas Canarias. La Gomera y Gran Canaria. Lecanarienediciones. La Orotava, Tenerife, 2020.

14 SERRA RAFOLS, ibidem.

15 ABREU Y GALINDO, ibidem.

16 José DE VIERA Y CLAVIJO. Noticias de la historia general de las islas de Canaria. Imprenta de Blas Román, Madrid, MDCCLXXVI.

17 Francisco PÉREZ SAAVEDRA. La Gomera y el episodio de Iballa. Anjuario de estudios atlánticos. Casadecolon.com, 2020.

18 TRUJILLO CABRERA, ibidem.

19 Ibidem.

 

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 Sigue el capítulo 2,II

 -2- 

Hautacuperche

 

I.-Asentados allí, sus curtidos pies descalzos apenas sentían el perfil cortante de los cristales de olivino verde, único freno a su despeñamiento desde lo alto del grandioso pórtico de la caverna. Pasaría algo de los veinte años, más allá no vivían los gomeros, pero en las últimas horas Hautacuperche había visto llegada la hora de asumir el mando, el momento en que cualquier duda se hace ilegítima aun a sabiendas de que ello implica el sacrificio de la vida. Los gomeros tienen una forma extraña de comunicarse, por silbidos, de cerro a cerro, de valle a valle, y, cuando, no mucho tiempo atrás, el ambicioso pastor había escuchado su agudo sonido, comprendió en el acto que sus espías estaban haciéndole saber que Peraza había caído en la trampa. Tras abandonar su rebaño en Aseysele y se había lanzado a una carrera de las suyas, dejando atrás al viejo Hupalupa. Ahora, a horcajadas sobre la cueva de Iballa, era capaz de escuchar los jadeos del castellano, que se aminoraban, se alargaban, cesaban. Hernán le parecería tan perdido como si ya estuviera atravesado por el hierro, como un sollo en la bajamar.

El castellano era poco mayor pero, desde que su madre le había concedido el mayorazgo de Gomera, expresaba en cada gesto la temeraria seguridad del que se siente amo. Se deslizó la camisa sobre el cuerpo y se dispuso a ordenar a su escudero que acudiese a hacerse cargo de la armadura. Hupalupa le había prevenido contra Hautacuperche pero ¿acaso un hidalgo de Castilla va a preocuparse de esos homúnculos semidesnudos, apenas cubiertas sus partes por un taparrabos de hierbas? Sin hablar de esas narices como berenjenas chafadas y esos cráneos como jarros… no, que va, no, nunca. Sus manos tanteaban la empuñadura de la espada, robusto el salvaje sí que lo era… pero sería indigna de un hidalgo tanta precaución por un simple guanche.

El guanche, que era Hautacuperche, se dirigió en un silbo interrogativo a la vieja y esta, que había salido y veía de frente la boca de la cueva, comenzó a gritar delatoramente: ¡Ese que sale, es! ¡Prendedle! ¡A él! ¡Que no huya!

Ese, que ya estaba empujando la puerta de cañas y barro de la cueva era Hernán Peraza, que se reñiría mentalmente a sí mismo por haberse limitado a acudir con un paje y un escudero, y encima dejarles hacer la guardia junto a un riachuelo algo alejado. La vieja había hablado en plural y eso era señal de que había más de un enemigo. Había un semitono raro en los silbos de los gomeros y la sangre se le helaría en las venas al darse cuenta de lo que se trataba. Un crujido a su espalda. Era Iballa que se venía hacía él. Traía unos tejidos en la mano. “Son mis parientes que te vienen a matar, ¡huye, vístete mi ropa, haz como que vas a la fuente a por agua!”  Peraza se vistió unas enaguas mal puestas y se ciñó una sayeta de paño negro a la cabeza. Iballa se despidió:

 

Ajeliles juxaques aentamares (Huye que estos van a por ti) 1.

 

¡Es él! ¡Él! ¡No os dejéis engañar!, repitió la Celestina el aviso. “Él” era Hernán que contaría el número de atacantes a través de la ranura de la puerta y sentiría una cálida vergüenza en el rostro. Uno como él, un Peraza hijo de los señores de tres islas, un mayorazgo de Castilla, no podía morir en enaguas de mujer, de verdad que es imposible, un hidalgo castellano no. Deshizo sus pasos, se desnudó de la ropa de Iballa y se cubrió con la ropilla propia, no parecía un mal sudario. Al cabo, se vistió calmosamente las corazas, se embrazó la espada y la adarga. La prudencia hubiera aconsejado abrocharse todas las correas de la coraza, pero no tenía el escudero a mano. Cabía en sus cálculos que podía alcanzarle la muerte, podría ser, pero tenía la seguridad de que caería con él media docena; media docena y Hautacuperche.

Hautacuperche tenía en su puño, apuntada en vertical hacia abajo, un hastia gomera provista de un hierro de dos palmos,

 

que con todas sus fuerzas, metió de filo por entre las corazas y el pescuezo de su enemigo 2.

 

Cayó empalado. De arriba-abajo. Como un sollo. El hierro se incrusto en la carne, desgarró los órganos que encontró a su paso y el espíritu de Peraza se disolvió en un negro final sin confesión.

Al paje lo ultimaron una multitud de aquellos dardos gomeros (hastias) que, de habitual, no causaban más que un ligero cosquilleo a los blindados conquistadores. Hautacuperche había acertado con el talón de Aquiles de un caballero: el hueco entre el cuello y la coraza. Requería atacar desde un árbol o un punto elevado. Como veremos dentro de un instante, no será esta la única de las formidables habilidades de este belicoso pastor.

El escudero, que se venía acercando desde la fuente, calculó que la prudencia aconsejaba el abandono del campo sin pamplinas y se arrojó sobre su montura a matacaballo. Pero las piernas de sus tres perseguidores a la carrera eran tan duras y raudas que, con las puntas de madera endurecida al fuego de sus hastias hicieron saltar sangre de los flancos del caballo.

 

Tres gomeros persiguieron al criado pie a pie casi con él, que iba a caballo, hasta la misma Torre penetrando en ella y cerrando la puerta, en la que quedaron clavados tres dardos sin hierro lanzados por los gentiles 3.

 

Los sublevados, sin vacilar un instante, formalizaron el cerco de la torre-fortaleza.

 

La torre de los Peraza es una construcción de forma cuadrada, fuerte y alta, construida con sillares de piedra roja. Se haya distribuida en tres plantas: bodega, sala de armas y sala de los señores. Construcción de estilo gótico con puerta de arco con dovelas en la planta baja y arco apuntado en la puerta del segundo piso, está provista de saeteras abocinadas y cuatro matacanes, testimonios de su función militar 4.

 

 Una lluvia de piedras y rocas levantaba rojas esquirlas de los sillares; las antorchas formaban un río de fuego venido del cielo que solo de interrumpía por los intentos de trepa de los bandoleros, uno tras otro. Quizás para otros defensores aquello fuera algo impresionante pero estos, los nuevos, a veces, dejaban callar las ballestas sin esperar siquiera a la última andanada de pedradas, poniéndose simplemente en posición de descanso al amparo de las almenas. Sin hacer preguntas, la carabela de socorro fondeada en la rada levó anclas y, por el modo en que soplaba un viento de través, bien podría llegar a Canaria en un solo día.

 Doña Beatriz de Bobadilla enjugó a toda prisa sus lágrimas y se encerró en la fortaleza con sus hijos, Guillén Peraza e Inés de Herrera, todavía muy niños.

 

Acompañáronla fielmente Sebastián de Ocampo Coronado, Alonso de Ocampo y Antonio de la Peña y otros domésticos y vecinos de su confianza 5.

 

¿Qué quiere decir que Sebastián aparezca en primer lugar? Pues que era ya considerado, a pesar de su juventud, como un militar de primera: por eso pronto Lugo le propondrá como capitán de su propia compañía para la conquista de Tenerife. No es que el primo Alonso fuera un fraile, sencillamente sus méritos eran más bien administrativos: quizá fuera bachiller. A no tardar muchos años será nombrado regidor de una Gomera en la que los guanches levantiscos estarán en paz, la paz de los cementerios.

Doña Beatriz suplicó a un colaboracionista que se le trajese el cuerpo de su marido para darle sepultura y, sin esperar respuesta, se encerró en la torre con sus hijos y tres compañías de guanches lanzaroteños, capitaneadas por los dos primos Docampo y Antonio de la Peña. Se empezaron a preocupar seriamente cuando atisbaron por las almenas; algo había cambiado. La multitud de gomeros insumisos pertenecía a tres de los cuatro bandos de la isla, ya sólo quedaban uno de paces; los aullidos de la turba traducidos por los intérpretes implicaban juramentos de matar o prender a la señora de Bobadilla 6.

 

(Los gomeros) Eran de estatura mediana, bien formados, de buenas carnes y de color aceitunado 7.

 

Durante varios días siguieron lloviendo piedras y fuego, mientras que los sublevados, al mando de Hautacuperche, cargaban con troncos contra la puerta. Pero las andanadas de pasadores de las ballestas rara vez derrochaban el hierro sin conseguir su recompensa de carne o sangre a cambio. ¡Ay Pontevedra, Pontevedra! ¡Aquellos atacantes sí que eran caballeros como Dios manda! Los descalzos gomeros, necesitados de refresco, lanzaban asaltos iracundos, pero discontinuos, sobre la Torre; mientras, en los interludios producidos por el puro agotamiento, el bando de paz de Orone avituallaba a los sitiados de gofio y agua (el pozo de la Aguada está fuera del recinto de la Torre). Debió de ser en uno de estos períodos de descanso para lamerse las heridas, que Hupalupa de Orone hizo que unos propios trasladasen, dentro de unos pellejos de cabra, el cuerpo de Hernán Peraza, para que le dieran cristiana sepultura. El viejo líder colaboracionista, fuera de sí, las manos en las sienes, no dejaba de lamentarse. Tendría presente, tenía que tenerlo, el exterminio que se avecinaba a pasos agigantados. Era el castigo ineludible en estos casos, la ley de Hierro de Canarias y solía afectar a toda la población. Sólo encontró una salida:

 

Yo me muero presto, ahí quedáis vosotros que presto pagaréis la muerte del señor Peraza. ¡Ay de vuestros hijos y familias! ¡Ay miserables de vosotros 8!

 

El pánico o su mano le llevaron al cumplimiento de su designio de muerte anunciada por uno de aquellos acantilados. La palabra es desriscamiento y no será la última vez que la oigamos. Gracias a ello, conseguirá ser el último gomero que no sea muerto por mano de castellanos.

 

II.-Durante los siete días que transcurrieron entre la muerte de Peraza y la arribada de la flota de socorro en cuyas velas bailaba La de la Guadaña, se sucedieron los asaltos. Toda la isla excepto unos cuantos de Orone participó en el cerco. Los cronistas que recogieron testimonios de testigos de visu destacan la siniestra eficacia de la ballestería, hecho que sin duda fue decisivo para la prolongación de la resistencia durante el tiempo necesario hasta la llegada de los primeros auxilios.

 

Su construcción (la Torre) obedecía a las ideas estratégicas de la época medieval, para defenderse con la flecha o el pasador de la ballesta 9.

 

 El nuevo líder de los asaltantes, Pedro Hautacuperche, exhibía una habilidad que su tropa de bautizados bien podría atribuir a milagro: era capaz de trepar en vertical sobre los lisos muros de la Torre como si fuera el más llano de los caminos; si todos hubieran sido como él, hubieran entrado. Se movía sobre muros lisos, si el menor resalte, como una araña o un lagarto. Pero defensores y atacantes quedaron pasmados ante otra habilidad aún más portentosa: se las arreglaba para atrapar en pleno vuelo los pasadores de las saetas que le arrojaban; y, si eran varias, unas las atrapaba y a otras hurtaba el cuerpo; de suerte que se había vuelto invulnerable. Sus seguidores creían cada vez más en él y ejecutaban sus órdenes sin vacilación, aunque implicasen una muerte cierta. Se había creado un verdadero problema, dada la reserva inagotable con que contaban los atacantes: toda la isla, hombres, mujeres y niños. Matar, agota y los brazos de los defensores empezaban a flaquear. A los Campo no hacía falta que nadie les dijera que a ellos tocaba solucionar un problema, si este era de índole militar.

 

Hasta que Alonso de Ocampo, que quería acabar con aquel traydor, dispuso que Antonio de la Peña se apostase en lo más alto de la esplanada y le amenazase desde allí con el tiro de una ballesta. Mientras Hautacuperche fixaba la atención en aquella falsa puntería, Ocampo le disparó otro ballestazo por una tronera baxa, que hiriéndole con el pasador en el costado siniestro, le dexó sin vida 10.

 

Este Ocampo, que salvará de momento el apuro, es probablemente Sebastián, puesto que tres son los jefes militares de los sitiados, según la documentación, y a los otros dos se les cita con el nombre de pila en el episodio. Si se trata de ballestas, Sebastián sin duda era el indicado. El historiador Abreu habla de “un dardo o pasador” pero entiendo preferible la versión de Viera dada la larga tradición balesteira de la familia Docampo. Aquí, en el subtrópico, y luego, ya en latitudes americanas, la supremacía del arma será abrumadora: sin corazas, armaduras o cotas de malla que los retengan, los pasadores de hierro traspasaban piel, músculos y órganos como si fuera manteca.

Podemos añadir una pequeña reflexión sobre la esencia de la añagaza contra Hautacuperche. No es que estuviese dotado de cualidades cuasi divinas que lo volviesen invulnerable: el gomero confiaba en su aguda capacidad visual que le exigía concentrarse en el ballestero para captar el momento exacto del disparo y así, no perder ni una décima de segundo en la reacción defensiva: o esquiva o la inefable captura del pasador en pleno vuelo. La exhibición de Antonio de la Peña en la atalaya le convertía en un peligro móvil que exigía clavar ambos ojos en él sin que nada ni nadie pudiera interferir con esa tarea de control. Pensemos en un hombre-araña, aferrado al muro de la Torre con manos y pies. Sebastián, por una de esas saeteras en forma de llave, pudo apuntar con todo detenimiento, como lo hizo, justo al costado izquierdo, el del corazón. Luego el chiflido de la saeta partiendo del agujero redondo; la percepción aterrada del gomero en el último milisegundo; muerto.

La acción será decisiva. Siempre lo serán las de este tipo contra los pueblos neolíticos: Llámese el líder Caonao, Anacaona, Moctezuma o Atahualpa: muerta la cabeza, muerto el cuerpo. A salvo aun no estaban, claro; seguían siendo unas docenas de españoles y sus criados, rodeados por miles de sublevados. Pero, sin órdenes, dejaron de ofenderlos. Los guanches, que habían visto partir la nao de socorro, echaría cuentas y calcularían que pronto tendrían encima la flotilla del gobernador. Sabían lo que eso significaba: un pánico frío los atenazó. Hombres, mujeres y niños se enrocaron en el macizo de Garajonay con la infantil idea de que, si no veían al monstruo, este dejaría de existir.

 

III.-Tan pronto recibió la noticia, Pedro de Vera, el monstruo, que ya tenía asimilada la rutina de ser excitado por la reina a la defensa de su querida Bobadilla, armó a cuatrocientos hombres, los más corajudos y, dejando el real de Las Palmas al mando de Xaraquemada, se hizo a la mar con rumbo a Poniente. Era ya la cuarta o la quinta vez y él también tenía asuntos que atender en Canaria ¿es que no podía entenderlo esa zorra? ¿De verdad creía la bella que podía navegar una y otra vez a Gomera a cubrirle las espaldas? ¿Acaso es su nodrizo? ¿Eso creía? Pues esta vez el problema se iba a acabar para siempre. ¡Para siempre!

El 27 de noviembre de 1488, apenas pisada la arena, la primera orden que dio Vera pareció razonable: se celebrarían unas exequias en la iglesia de San Sebastián por el alma de su excelencia don Hernán Peraza. El bando, pregonado por toda la isla, contenía una advertencia ominosa: los ausentes serían considerados cómplices del asesinato. Como es lógico, acudieron todos los inocentes. Los culpables, continuaron enrocados en el Garajonay. Los que no tenían nada que temer asistieron al oficio religioso con fervor cristiano: toda la isla había recibido hace tiempo las aguas bautismales (bien que de forma fraudulenta, en opinión de su señora).

 Pero tras pronunciar el fraile el iter misa est a los feligreses se mirarían horrorizados, al ver como, en vez de dejarlos volver a casa, iban siendo maniatados y presos. Todos, tanto de bandos de paz como de guerra. El ceño fruncido de Vera indicada que esta era su forma de estar seguro de que no se alzarían nunca más. Luego, trepó con sus tropas al Garajonay, donde se habían atrincherado aquellos a quien remordía la conciencia: de nuevo “por medio de palabras blandas y promesas de amnistía, olvido y perdón general (Viera)” capturó a los gomeros que le faltaban, sin sufrir una sola baja, y los juntó a aquellos otros, más confianzudos, que ya tenía reducidos y almacenados. El proceso, celebrado ante escribano a petición de Beatriz, se tuvo en un llano sobre la Torre llamado “Llano de la Horca”. La sentencia fue muerte por ahorcamiento para aquellos menos culpables o más inocentes, es decir, para los de bandos de paces. Se exceptuó a los niños menores de quince años sin que pueda decirse que su futuro fuese tranquilizador. Para el resto de la población isleña, o sea los que habían participado en los asaltos, el veredicto fue de muerte agravada en cualquiera de tres modalidades: empalamiento, arrastre o inmersión atado de pies y manos. La pena de inmersión (poena culleus) procede de la tradición jurídica romana y consiste en arrojar al parricida al agua dentro de un saco, acompañado de un perro, un gallo, una serpiente y un mono. Las leyes de Partida atenuaron el primitivo rigor y permitieron que en Castilla se prescindiese de parte del acompañamiento animal, ante la dificultad de encontrar monos en la meseta. En Gomera la única que tendrá un gesto de piedad será la Virgen de la Candelaria (milagro número 56); pero antes que lleguemos ahí, debemos poner rápido término a la narración del holocausto. Dejemos en la paz eterna a los afortunados que penden de sus sogas en el Llano de la Horca; los demás sufrirán muertes espeluznantes:

 

sin perdonar la vida a ninguno de quince años arriba; ejecutándose diversos géneros de castigos: fueron muchos ahorcados, muchos empalados como los moros de África, arrastrados y otros guanteados y puestos en los caminos y otros sitios; fueron llevados al mar con piedras en los pies, manos y pescuezos, echados vivos, y luego se iban al fondo muchas cantidades; a otros a cortar las manos y ambos pies, dejándolos vivos… Mandó que Alonso de Cota embarcase en sus carabelas muchos niños para vender como esclavos y mujeres a Lanzarote; y luego que llegó mandó a doña Inés Peraza fuesen echados todos al mar; y otros niñas y niños se los repartió como esclavos a sus soldados. Y quedando La Gomera más despoblada que pacífica, volvió Pedro de Vera a la Gran Canaria 11.

 

Según Castillo, dejó ajusticiados más de 500, la práctica totalidad de la población adulta, sin que la infantil tuviese tampoco un futuro claro.

¿Por qué en vez de limitarse a liquidarlos en la horca, Vera procedió a semejante recreación en vivo del Infierno de Dante? Lo más sencillo es pensar en su carácter colérico y brutal, pero este castigo superaba en mucho los estándares de la época y, sabiendo que también era un hombre práctico, debe haber algún motivo. Lo hay.

 

Si Pedro de Vera tuvo un proceder tan duro no fue solo por vindicar la muerte del malogrado Hernán Peraza, cuanto porque creía que los Gomeros habían también conspirado contra su propia vida. Por la confesión que recibió de los reos antes de ser llevados al suplicio, averiguó que los doscientos naturales que estaban desterrados en la Gran Canaria desde el antecedente alboroto, habían avisado a sus paisanos: Que de ningún modo se dexaxen maltratar de Peraza; que mirasen por la honra de sus hijas y sus mujeres; y que procurasen matarle, pues ellos estaban dispuestos a executar lo mismo en Canarias con el gobernador. Por tanto, así que regresó éste a aquella capital, dio orden para que fuesen arrestados todos en una noche, hizo ahorcar a los varones de más edad, y envió a vender a Europa todas las mujeres, y niños 12.

 

Se queda uno sin aliento tras leer esas cosas. Quizás nos sirva para recuperar el resuello la lectura de los candorosos consuelos que las Fuerzas Celestiales aplicarán al drama. Ha llegado a nuestros días alguno de aquellos expedientes miríficos.

Uno: dos gomeros habían sido condenados a ser arrojados al mar con las consabidas piedras al cuello. Eran inocentes, y bautizados como casi todos, e invocaron a la Virgen de la Candelaria. La Madre de Dios convirtió los pedruscos en flotadores, a bordo de los cuales arribaron mansamente a la orilla. Ya dijimos que está considerado el milagro nº 56 de la Virgen de la Candelaria en el inventario de fray Bartolomé Casanova. No creo que tenga mayor importancia el que cierto agregado de una importante Universidad, el doctor Álvarez-Hungría jr., intente quitar mérito a la Virgen ponderando la flotabilidad de la piedra pómez.

Dos: Pedro Agachiche (repárese en el nombre de bautismo: la cristianación va a ser determinante en el futuro) debía tener un cuello de toro: derriba la horca y, de paso, al verdugo. Vera opta entonces por inmersión marina con pesa al cuello. Sale del mar con pesa y todo y, aun mojado, se presenta en casa del gobernador y, calmoso, le dice: “Santa Catalina, a quien invoqué, no quiso que muriera”. Santacatalinas a mí, que se dice Vera, y ordena la repetición del castigo al día siguiente, esta vez aplomado con el lastre de una carabela. Nuevamente el bañista que se presenta en su casa, y “mira Señor que ya has quitado la vida a muchos inocentes”. Por desgracia, el final de esta historia no se sabe puesto que Santa Catalina carece de unos contables tan minuciosos como los de la Candelaria.

 

Espero no haberme perdido en milagrerías, ¿Dónde iba? Ah, vale, en la represión de la sublevación gomera por extinción del objeto. Aún nos falta el pago de los servicios prestados (¡Ay Sebastián, Sebastián! ¡Ahora te toca a ti!)

 

la retribución de doña Beatriz de Bobadilla a don Pedro de Vera por el socorro prestado, que le hizo efectiva antes de salir de la isla, y fue de mil castellanos de oro y más de cuatrocientos quintales de orchilla que valían otros mil castellanos… Pedro de Vera, cargado de ducados, orchilla, esclavos, sangre e infamia, volvió a Gran Canaria 13.

 

La retribución que dará su señora a Docampo, el verdadero salvador del apuro, la vemos reflejada en su testamento. Dice Sebastián:

 

Y mando a Gonzalo de Ocampo, mi hijo natural, e hijo de María de Ocampo, vecina de la isla de la Gomera… una heredad de cañaverales y tierra de regadío que yo tengo en la dicha isla de la Gomera en el valle del Gran Rey, la cual dicha heredad yo hube de Alonso Prieto… Y mando a Alonso de Ocampo, mi primo, gobernador de la isla de la Gomera, otra heredad que yo tengo en la dicha isla que se llama El Prioral, y que es en el mismo valle del Gran Rey, enfrente de la otra heredad que yo mando al dicho Gonzalo de Ocampo, mi hijo; la cual dicha heredad yo hube en repartimiento de mi vecindad… 14

 

Valle del Gran Rey era el territorio del bando indígena de Orone, al cual, por lo que se ve, aprovechó poco su actitud posibilista como bando de paces. Como habrá comprendido el lector avisado, el pago a Sebastián no se agotará ahí. Hablaremos de ello en el próximo capítulo. Aquí sólo dejaré caer una idea que repetiré en adelante: Lo cruel de juzgar a personajes de la antigüedad es que estos no siempre conseguían adoptar una conducta como la que nosotros juzgaríamos correcta, conforme a los estándares del siglo XXI, inmersos en un mundo que era como era. De una crueldad espeluznante.

Ellos no eligieron haber nacido en aquella época.

 

 

 

 

 

 

1 Tomás MARÍN Y CUBAS. Historia de las siete islas de Canarias, libro 2º. 1694.

2 Juan ABREU Y GALINDO. Historia de la conquista de las siete islas de Gran Canaria. Imprenta Isleña. Tenerife, 1818.

3 MARÍN Y CUBAS. Ibidem.

4 Antonio TEJERA GASPAR. Colón en las islas Canarias. La Gomera y Gran Canaria. Lecanarienediciones. La Orotava, Tenerife, 2020.

“La torre de los Peraza es una construcción de forma cuadrada, fuerte y alta, que seguramente estuvo almenada en sus inicios, y construida con sillares de piedra roja procedentes de las canteras del entorno de la villa de San Sebastián. Se haya distribuida en tres plantas, bodega, sala de armas y sala de los señores, que fueron construidas con pisos de madera, sostenidas con vigas y columnas de gran envergadura, hechas del mismo material. La construcción es de estilo gótico como se percibe en la planificación cuadrangular, en la puerta de con con dovelas de la planta baja y en el arco apuntado en la puerta del segundo piso, con sus saeteras abocinadas y los cuatro matacanes situados en cada uno de los lados, testimonios de su función militar”.

5 José DE VIERA Y CLAVIJO. Notic ias de la historia general de las islas de Canaria. Imprenta de Blas Román, Madrid, MDCCLXXVI.

6 ABREU Y GALINDO. Ibidem.

7 TEJERA GASPAR, ibidem.

“Es casi seguro que Colón conocería en esta isla a los gomeros, sus primitivos habitantes, a quienes más tarde compararía con los taínos de La Española, el aspecto y color de los canarios; ni negros ni blancos. Cuneo: Son de color aceitunado, a manera de los de Canarias. Hernando Colón: Eran de estatura mediana, bien formados y de buenas carnes y de color aceitunado como los canarios”.

8 MARÍN Y CUBAS. Ibidem.

9 TEJERA GASPAR, ibidem (cita a Darias).

10 VIERA Y CLAVIJO. Ibidem.

11 MARÍN Y CUBAS. Ibidem.

12 VIERA Y CLAVIJO. Ibidem.

13 Dominik Josef WÖLFEL. Don Juan de Frías. El gran conquistador de Gran Canaria. Museo Canario. Las Palmas, 1953.

14 Carmen MENA GARCÍA. Aquí Yace Sebastián de Ocampo a quien Dios perdona. Anuario de Estudios Americanos. Julio-diciembre, 2012.

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