jueves, 19 de febrero de 2026

EL SACCO DE ROMA

 Roma es una ciudad infinita que nunca acabas de conocer; natural, ella es eterna y tú no. Hace unos días estuve tomando ambientes para una biografía que se inicia in media res, a partir del Sacco de Roma. Abajo paso un borrador de la escena inicial. La visita al Moisés, aquel a quien sus contemporáneos llamaron el Mozo de Panadería por los característicos pantalones-pirata, era de cajón: con sus noventa toneladas, fue el único souvenir que los lansquenetes no se pudieron llevar del histórico saqueo.




Volviendo a lo de antes, en Roma siempre te queda algo por ver. Me enseñaron el Éxtasis de la hermana Ludovica en san Francesco in Ripa, y yo, arre con que estaba ante el Éxtasis de Santa Teresa. Solo después de demostrármelo,  me deje convencer: El de Santa Teresa, tiene Ángel, pero el de la hermana Ludovica, tiene ángel. Al pobre Gian Francesco Bernini le apodaron El nuevo Miguel Ángel, pero si hubiese nacido primero, tengo claro que el Buonarroti se hubiera dado con un canto en los dientes si le hubiesen llamado El nuevo Bernini.



Bajo también un nuevo capítulo de The swimming mummy; creo que ya me he olvidado de por donde iba. 


I.-EL SACCO DE ROMA

Es el seis de mayo de 1527 y empieza el desarrollo del Apocalipsis. Entre una niebla densa como sopa, mientras escalaba la muralla entre la puerta del Torrione y la del Espíritu Santo, el general de las tropas imperiales condestable de Borbón, cayó herido de muerte, según Cellini alcanzado por un disparo de su arcabuz en plena ingle. En su autorretrato se engalana con mirada aguileña, en fin, quien sabe si será verdad o una fanfarronada más. Si fue Cellini o no el del disparo, ¡qué más da!, la consecuencia fue que quedó abolida la disciplina militar. Durante ocho días cada soldado, bajo su propia autoridad, podría dar rienda suelta a su instinto como bien le placiera. Tenía a su merced la ciudad más rica, famosa y sagrada del mundo, donde moraban seductoras beldades.

Visto lo visto, el Papa se lanzó sin más dilaciones a la carrera por el conocido pasadizo que comunica el Vaticano con el castillo Santangelo. Minutos antes, el general artillero, Cellini, había conseguido arrancar de su tiara las piedras preciosas y cosérselas, junto con el oro, al dobladillo de su vestidura. Se ve que manejaba también hilo y aguja. Por desgracia, no contemplaron suficientemente la posibilidad de que semejante quincalla ralentizase la velocidad de aceleración. Tras el sumo pontífice, corrían 42 guardias suizos, los últimos que le quedaban. Como era de temer, aquello no era un galgo, y la blanca roqueta pontificia acabó sirviendo de magnífico blanco para los arcabuzazos. Aquí se revela la ventaja de contar con un Historiador Privado: Pablo Jovio, lo cubrió con su propio capelo púrpura, y así consiguió que el Vicario de Cristo sobrepasase, a paso de tortuga algo rápida, el último puente. Sin remordimientos, porque  aquel Cirineo también sobrevivió. Una vez a salvo el Vicario de Dios, el capitán Renzo ordenó a su remedo de ejército:

“El enemigo está dentro: ¡Sálvese quien pueda! ¡Retirada a los puntos altos!”

Los tenían a tiro, casi hasta la misma poterna, lansquenetes, napolitanos y españoles de ojos de fuego: como los del toro cuando sale a la plaza. Bramaban:

“¡España, España!” “¡Amazza, amazza!”

 Ya aseguradas las trancas de la mole, los ojos de buey que están bajo los matacanes, hicieron de orejas de Dionisio, amplificando en los oídos de los cercados el pandemonio del exterior. Todo aquel que se asomó a las saeteras fue testigo de un guiñol de sangre, explosiones, fuego, aullidos, órdenes, súplicas, caos y destrucción. El infierno es mucho menos horrible, certificará un testigo al veneciano Sanuto. Una vez tomado el Burgo por el Torrioni, los lansquenetes y los españoles se desparramaron por las calles de Roma a través del puente Santangelo, poseídos de un odio feroz contra la ciudad del Anticristo. ¡Matanza o paga! ¡Matanza o paga! Y no habiendo pagador que pagara en moneda, se cobrarían en carne, fresca o pasada.

El Juicio Universal había comenzado. Ni los hunos, ni los godos, ni los vándalos hubieran soñado siquiera con degradar la Caput Mundi hasta tal extremo de ignominia. La curia romana, heredera directa de los antiguos Césares, con el papa en funciones imperiales y los cardenales como su Senado purpurado, caerán al fondo de una hedionda fosa séptica, hasta las mismas heces. A las pocas horas, harcas de soldados, arracimaban tropillas de clérigos y aristócratas, cubiertos de sangre, emitiendo ayes lastimeros, hasta que sucumbían en el barro, entre excrementos. En las esquinas se van amontonando sacos con calices, ornamentos, custodias y vestiduras recamadas de oro y plata. Al escuchar los quejidos y los sollozos, el que podía, al oír el taconeo de las botas subiendo por su escalera, se arrojaba de cabeza por la ventana. A veces se acuchillaban entre sí por naciones, lansquenetes, españoles y napolitanos, disputando por algún cardenal o comerciante de postín. Si el gran diamante ensortijado de cierto cardenal no se escurría raudo de su mano, se cortaba el dedo para no perder un segundo.

Ya al primer día se vendían las monjas más religiosas y de vida más ejemplar a un julio cada una. Madres, esposas, monjas, miles de violaciones simultáneas interrumpían por momentos la virulencia del saqueo; en las casas, en las iglesias, en la calle. Los tercios españoles rivalizaron en sadismo con los lansquenetes. Al segundo, diez mil cadáveres se acumulaban en las calles. Al tercero, una muchedumbre de cuerpos de los lunáticos del asilo, ocultó a la vista las aguas del Tíber. Los dos ojos de buey del Santangelo miraban entre absortos y espantados el espectáculo del Apocalipsis. Apenas se escuchaba otra cosa que suspiros y lamentaciones. Ninguna casa se salvó: cardenales, obispos, clérigos, viejas, niños de pañal, mujeres, pajes, servidores y hasta los pobres fueron crucificados o sometidos a refinados tormentos; el hijo en presencia del padre, el niño de pañal delante de la madre, atormentados por separados marido y mujer, la monja sodomizada con el crucifijo. Se jugaban las abuelas a los dados y en las mismas iglesias y conventos corrían su suerte. Ni los ancianos ni los bebés fueron exceptuados. Cardenales conducidos al patíbulo, cadenas al cuello, en simulacros de ejecución que no era del todo cierta hasta que soltaban el último ochavo. A veces la cosa se les iba de las manos: un purpurado atado al árbol al que arrancaban una uña cada día, exigido de una suma imposible, se murió de dolor. Otro fue paseado en un féretro hasta que, no quedándole nada que esquilmar, se le arrojó a un nicho de una iglesia. Los monstruos pudieron tomarse con cachaza su trabajo: la furia inicial aflojó en ocho días, pero los flecos extractivos se extendieron a lo largo de ocho meses. Ya más relajados, sacaron tiempo para celebrar un Triunfo al estilo de los de Cesar o Pompeyo.

 

Los mercenarios, que habían entrado desnudos, marchaban ahora al paso por la vía Papal, revestidos de rasos, sedas y brocados, enjoyados con oro y piedras preciosas. Montados en caballos y mulas lujosamente aderezados, unos disfrazado de papas, otros de cardenales, llevando a la grupa sus nuevas amiguitas, cantando obscenidades, al son de pífanos, tambores y trompetas; sería de ver semejante desfile, tan chocarrero, marchando por la vía Lata, por el mismo sitio donde Tito había desfilado en triunfo, aunque en su caso, los ornamentos sagrados, la Menorah y el Arca de la alianza, eran de otra civilización. Ahora eran los suyos, sus símbolos, su religión la que era humillada, ridiculizada, masacrada

Los marmóreos parapetos del Santangelo, colgados sobre Roma, ofrecían una detallada percepción radial del caos. Clemente, con un desprecio olímpico en la mirada, escuchó indiferente los gritos de los lansquenetes bajo sus almenas: ¡Viva Luterus Pontíficex! Los españoles, más prácticos, pastoreaban las mujeres en grandes rebaños hacia su tierra soberana de Nápoles. Curas fervorosos apuñalaban a las Hermanitas y luego volvían el cuchillo a sí mismos; solo así se salvaron para el Cielo la pureza de varias docenas de almas. No hubo clemencia ni para enemigos ni para presuntos amigos: se pasaron a saco cardenales, embajadores, españoles, alemanes, napolitanos, iglesias y hospitales. Los hados del destino habían decretado el fin de la Ciudad Eterna, destinada a durar eternamente. ¿Dónde estáis Rómulo y Remo? Y tú, Eneas, ¿es qué también has huido?  Como Jerusalén en su día, la urbe había caído a la negación más absoluta y, todo el futuro al que podría aspirar, sería el retorno a sus orígenes como una sucia aldea de cazadores y pescadores.

“Nosotros, desde el castillo –escribirá años más tarde Cellini-, y sobre todo yo, que siempre me han gustado las novedades, contemplábamos aquel increíble espectáculo”.

 Clemente, de buena gana hubiera aplaudido. O no. O quizá daba igual. Muy avanzado ya el saqueo se incorporaron los campesinos de los alrededores. Ellos saquearon y violaron lo que los soldados habían desdeñado. Hierros, clavos, cerraduras. Profanación de cadáveres. Rotos todos los vidrios, vajillas, botellas. Relicarios de filigrana. Si no se podía robar se arrojaba a tierra su contenido. La sábana del Santo Rostro sirvió de mantel para una partida de dados en una casa de lance y las cabezas momificadas de los apóstoles rodaron por las calles en improvisados partidos de calcio. La capilla Sixtina y las Estancias se cubrieron de grafitis con las proposiciones luteranas.

Poco a poco la De la Guadaña fue extendiendo su laxa quietud, sólo rota por algún grito lejano, como graznido en la silente campiña de enero. El triunfo de la muerte también parecía vagar intramuros de la mole Adriana. El aire se volvió mefítico. El Papa, sumido en el conselo del anonadamiento, había resuelto irrevocablemente morir de inanición. Al cabo de un mes, cambió de parecer. Pidió comida, le dijo a su historiador (y este tomó nota):

“Morir... ¿para qué? Tan solo me dejaré la barba”.

Seguiría viviendo en plan barbudo. Acordó con el imperio un rescate de 400.000 ducados más la entrega de Piacenza y otras plazas. Con ello se garantizaba su vida, pero nada más: debería continuar encerrado en Santangelo “por su propia seguridad”. Su historiador privado fue presa de la estupefacción:

“La irresolución del Papa es algo increíble”, se quejó Pablo Jovio al embajador de Mantua.

Por dolorosa que fuese la situación en Roma, Clemente escudaba su conciencia en que lo suyo era cantar el Tedeum y que ya se había castigado bastante con lo de la barba. Pero el día 16 de mayo sucederá algo que demudará de verdad su rostro. Se le vio gritando por los corredores, pálido como un alba de invierno: ¡Nos somos el Papa más desgraciado de todos los tiempos! Algo horrible estaba pasando en Florencia, el tótem de la familia. La ciudad se había revelado. Había caído la dinastía. Sin ella, los Medici no eran nada. Nada.

 

Pero no todo estaba perdido para todos. Pirovano ordenó al albañil excavar bajo el piso de la botega, de nuevo en presencia del notario: entretanto, Bosio, el socio capitalista, había sido masacrado. Estaba todo. Esto es lo que inventarió el fedatario:

1181 ducados romanos de oro.

21 turcos.

96 de Mirandola.

393 de Cámara pontificia.

3 ducados del sol.

600 julios.

1400 grossi de plata de Venecia.

El oro seguía habitando en Roma bajo los escombros. Y Michelangelo siempre acababa retornando a donde estaba el oro.


II.-THE SWIMMING MUMMY

El Sacco de Roma forma parte de una Biografía a diferencia de The swimming mummy que es una novela con diálogos y humor, aunque, ¿cómo va la gente a reir con esas cosas? 


13.-YA SABES COMO MARIE HACÍA LAS COSAS

 

El día 2 de abril de 1879 se celebró la ceremonia de jura de cargo bajo el granado de Bulaq. El nuevo director del Service des Antiquités lucía una banda negra de luto en el antebrazo. Kabis, uno de los invitados, no lograba quitar los ojos de la tumba de Marie. ¿A qué primate se le habría ocurrido ese bloque de granito de Assuán coronado por un Inmaculada de mármol a la que dos esfinges enfrentadas rezan un Ave María? Petit y él se hallaban algo apartados del grupo principal (Gipini, Brugsch, Loret, Bouriant, Parrot Bey, Riyad Pachá e Ismet Pachá). Kabis se propuso ver que sonsacaba a su vecino.

—Al menos nos queda el alivio —susurró el policía—, de que el difunto no mató a su esposa. El propio octogenario había traducido el Himno Caníbal con ayuda de un tal Poilay. No móvil (la famosa absorción mágica), no crimen.

—Entonces el culpable es Gipini. Sin duda, créame —dijo Petit, que se cubría las pecas del sol con un pañuelo árabe.

—¿Cómo puede acusar a Gipini si había emigrado a Méjico horas antes?

—En una canga suministrada por Cook. ¿Alguien controla el reloj? ¿Tiene algo en contra del flamante ferrocarril El Cairo-Alejandría?

—¿Según usted...?

—Es la única persona que conozco en el Misr que patentemente haya tenido experiencias caníbales con anterioridad.

—Si así fuera ¿no mancha el nombre del Service tener ahora por jefe a semejante degenerado? —musitó Kabis.

—Ciencia y simplemente ciencia. Leonardo experimentó con su criado al que puso unas alas para ver si volaba. Y no. El profesor se aplicó al estudio de los antiguos tiempos de la antropofagia, eso es todo.

—¿Normal? ¿Qué un catedrático se coma a una señorita criolla? Eso cuénteselo a otro —se sobresaltó Kabis—. Yo seré un... una persona... sencilla, pero no me lo creo.

—Cállense, manitos —reclamó el recién retornado Gipini, aun con acento mejicano. Ejercía sin complejos su nueva autoridad.

—Creo que le da una importancia exagerada a la parte alimenticia, agente.

—¿Me quiere decir que hay algún grado de canibalismo tolerable? —Kabis no daba crédito a sus oídos.

—Bajé la voz agente o el nuevo director le lleva al Tribunal consular. Lo único que nos debe interesar es el hecho de que murió ahogada. La evisceración tal vez fue algo que se hizo aprovechando la ocasión, pero que no fue en absoluto un móvil criminoso. Folklore local, no saquemos las cosas de quicio.

—Ya —dijo Kabis—. Algo así como: “mira por dónde, ya que tengo un cadáver aquí, voy a aprovechar para darle un bocado”. Y según usted el móvil…

—Gipini es un narciso, quien se la hace, se la paga. Ponga la cara que quiera, pero creo que podremos encontrar pruebas contra él en… sorpréndase, en la mierda de los turistas.

—¿Que la prueba está en qué de qué?

—Yo no puedo decir que haya visto actuaciones al margen de la ley, pero quizás alguien sí.

 

Kabis, cansado de escuchar disparates, comprendió que su interlocutor odiaba profundamente a Gipini, cuyo puesto a la cabeza de la misión francesa esperaba que le hubiese correspondido por derecho. De esta charla estrafalaria no cabía esperar ningún avance en la pesquisa. Volvió el rostro y lo concentró en la ceremonia. La toma de posesión de Gastón-Camille-Charles tenía lugar en una mesita baja, engualdrapada con la bandera turca, sobre la que se veían dos libros con sus respectivos herrajes dorados. Kabis supuso que serían la Biblia y el Corán. Circundaba el austero escenario una pomposa logia de arcadas en forma de U que aun olía a sillares de creta recién cementados. En las cúspides de los arcos se habían colocado bustos de grandes arqueólogos (Belzoni, Champollion, Lepsius…) El vértice, aún en obra, lo ocupaba un castillete de madera en altura, atestado de cuerdas, cabrias y poleas en cuya base el agente descubrió el ya famoso Sarcófago de Vaca. El objeto de aquella tramoya -dedujo Kabis- sería elevar el enorme sarcófago sobre el arco central, a notable altura, con lo que la tumba de Latour, sobrevolaría el grupo, y en cierta forma, el Museo de Bulaq, e incluso el Mundo. Una cumplida vendetta contra los prusianos, puesto que el mamotreto, se expropiaba a los herederos de un alemán (Below) y se entregaba a una gloria de Francia, bueno, vale, un glorioso fiambre (el de Latour). Contrastaba con la modesta tumba de Marie, un dado de granito con remates kitsch bajo el granado, algo apartado de la zona de relevancia.

—Respeto de corazón al difunto Latour —comentó Kabis—; pero me parece una exageración una tumba tan grande y tan alta. Puestos a ello ¿por qué no le construimos directamente una pirámide?

—Ji, ji, ji... Ha dado usted en el clavo: es lo mismo que las tumbas de los faraones: no sólo se trata de honrar a un muerto sino de proteger a los vivos de un espíritu peligroso. Las pirámides, en resumidas cuentas, no son más que una especie de caja fuerte, si usted entiende lo que digo.

—¿Caja fuerte? —se extrañó Kabis—. Creí que eran un degolladero.

—Su primera utilidad fue el ser una especie de muñecas rusas: la pirámide era la más grande y el ataúd del faraón la más pequeña. Entre medias, féretros, sarcófagos y catafalcos de tamaños progresivamente decrecientes. Los matarifes se las encontraron hechas: por eso las primeras pirámides no tenían plataforma y hubo que coronarlas con una especie de andamios de sicomoro para que allí se sacrificara y chuletease en público el nutritivo ganado humano. Luego ya se previó desde el principio el lugar del desolladero y vinieron las pirámides truncadas, escalonadas, etc. Por fuera mataderos, sí; pero por dentro son cárceles dotadas de sucesivos enjaulados. ¡Que no escape el pavoroso djem! Desde este punto de vista convendrá conmigo, agente, en que nos hemos comportado de una forma sumamente tradicional con nuestro particular diablo: el Mamur. En el interior del Sarcófago de Vaca, va uno romano en mármol con la leyenda de Cronos; este contiene a su vez un ataúd de cinc marca Fichet-París; abra por último el de madera de cedro del Líbano y sólo entonces se topará usted con los restos momificados de nuestra gloria nacional. Se encubre el maleficio por capas, nos ponemos a buen resguardo ¡y la moderación burguesa vuelve a nuestras santas vidas!

—¡Qué moderados son ustedes los franceses! —dijo Kabis—. Me asombra: pirámides moderadas, canibalismo moderado, asesinato moderado...

—¿Acaso usted no lo sabía? Ji, ji, ji-ji. Se supone que un policía de la Historia debería saber que lo más normal en Europa ha sido comer egipcios. Eso se ha practicado de siempre.

Kabis esbozó el signo de la cruz.

—¿Por qué había de hacerlo?  ¿Qué necesidad tenían de comer egipcios si allí existen ya la Vichysoise y la Tarte Tatin?

—¡Me sorprende que le sorprenda! —dijo Petit—. ¿De dónde cree usted que ha salido ese desarrollo increíble de las potencias occidentales? Ferrocarriles, fusiles de repetición, telégrafo, barcos de vapor, bragueros para hernias... ¿De la nada? —Petit puso cara de risa estreñida y continuó—: Nada sale de la nada. Los europeos han desarrollado su intelecto hasta cotas brillantísimas por el procedimiento de siempre: comiéndose al pueblo anterior que había desarrollado una civilización avanzada. Los antiguos egipcios tenían pirámides, canales, navegación, medicina...

“El canibalismo es la forma, conocida desde los albores de la humanidad, de apoderarse de los poderes mentales de otras naciones.

—Está de broma, ¿no es cierto? ¿Tiene pruebas de ese canibalismo masivo?

La pareja dejó caer una mirada distraída sobre el protagonista del acto. Gipini estaba jurando a la vez sobre los dos Libros. Un americano de ojos de buldog y barbas de profeta, llamado Wilbour, se afanaba en dibujar a lápiz la escena. La ceremonia aún iba para largo.

Petit apretó el canto de la mano del policía con gesto tranquilizador. Dijo:

—Las pruebas de que los occidentales nos alimentamos de egipcios están ahí, a la vista de todos, hombre, no se sulfure. Ya desde la Edad Media empezó a tomarse la mumiya, el polvo de momia, que se importaba de El Cairo en galeras venecianas. Entraba en la composición de todas las medicinas y, si bien no curaba, transmitía inteligencia y belleza como toda práctica antropófaga. En Alejandría había exportadores honrados y estafadores (como los habrá siempre) que ponían a secar en el desierto los cuerpos de sus primos recién muertos de un catarro. Se calcula que, hasta la Revolución Francesa, Europa comió por ese sistema unos veinte millones de señores y señoras egipcios. Ello reportó a Occidente –por asimilación mágica- una auténtica revolución en las artes y las ciencias: Renacimiento, Barroco, Ilustración. El Egipto antiguo era un pueblo culto, señor Kabis. Si usted se lo come no puede esperar más que lo mejor.

—Oiga, eso que me está diciendo es muy rancio. Hace tiempo que se dejó de emplear la mumiya.

Para distraerse de su agitación-se le habían erizado los pelos de la espada-, Kabis se concentró en la escena de la imposición de la insignia de su cargo a Gipini. ¿Cómo es?: un fulgor de rayos envuelve una M y una E superpuestas (Musée Égyptien). Cinco minutos de aplausos y ya en los jardines de Bulaq se restablece la algarabía. Desde lo alto de la gran acacia, viciosos monos de cara verde intentan abatir contra el suelo a uno de sus gráciles congéneres, de raza blanca. El follaje del granado abandonó su quietud y empieza a vibrar al impulso de la brisa. En lo alto, círculos de buitres emiten su aguda queja, preguntando si de una maldita vez habrá carne fresca para ellos.

—Tiene usted razón Kabis —dijo un Petit progresivamente lanzado—. El consumo moderado de egipcios en forma de mumiya es cosa de la Edad Media. A partir de la Edad Moderna se empezaron a comer egipcios ya en plan industrial.

—¡Qué guasón! —dijo Kabis—

—En absoluto —dijo Petit—. A partir de entonces la antropofagia se democratizó en Europa, alcanzando incluso a las clases bajas. En la Europa moderna –vale también para Nueva Inglaterra- creo que no existe un solo ciudadano que no haya probado, al menos, un dedo de funcionario de correos egipcio.

—¿Qué me está diciendo, hombre de Dios?

—Lo que digo. La momia era algo elitista. En el pasado, solo los aristócratas tenían acceso a la medicina caníbal. Pero después se produjo la revolución del negro animal. ¡La democracia aplicada al canibalismo! El negro animal no es otra cosa que momias y se usa masivamente en Europa para teñir de blanco el azúcar. La industria de la remolacha depende de esos exportadores que envían campos enteros de momias, a veces dos mil en un solo barco. Comprenderá que no existe en la actualidad ningún occidental que no haya tomado azúcar blanca. Todos somos caníbales. La antropofagia adopta múltiples formas: hasta el papel de las bolsas que se usa en alimentación está teñido por momia. Esta generalización de las prácticas canibalescas es la que ha permitido que se produjera la llamada Revolución Industrial, la más gigantesca transmisión de numen por vía alimenticia que recuerdan los siglos. Ferrocarriles, dinamita, corsés, fotografía… Los occidentales no somos otra cosa que egipcios deglutidos.

—¿Debo suponer entonces que no tiene nada de particular que Gipini se haya desayunado a una señorita criolla?

—Entiéndame agente —dijo Petit—; yo sólo pretendía hacerle admisible la posibilidad de que un profesor del Collége se coma a una señorita o parte de ella. Es más, el presupuesto para llegar a profesor es haber comido egipcio ilustrado en forma de dulces, cremas, azúcar glass, etc.: un sacerdote, un historiador, un filósofo, lo que sea. ¿A que no adivina usted por qué Latour atrapó la diabetes? Diabetes, azúcar, diabetes, azúcar... ¿Qué? ¿Lo pilla? ¿Lo pilla o no lo pilla?

—No me lo diga ¡es que no me lo puedo creer!

—Pero no nos obcequemos —dijo Petit—. Lo de la antropofagia es lo de menos...

—¡Le parecerá poco!

—Lo que le estoy aconsejando, entiéndame agente, es que centre la pesquisa en poner en claro el ahogamiento por inmersión de Marie Latour. Lo que pase después, si se la come un catedrático del Collège o larvas de mosca del género Calíphora o Lucilia, eso es carnaza para la prensa sensacionalista; no es su oficio. Hay un artículo de Gipini muy interesante en el Débats de marzo.

—Ya, el famoso editorial de la coprofagia. Comer excrementos y esas cosas.

—Claro y usted que es un policía muy pulcro, en cuanto leyó esas cochinadas, dejó el periódico en el estante. Pues si hubiera seguido leyendo, vería que el jeroglífico traducido dice:

 

Unás vomita cuando lame el estiércol que se halla en el ojete del ano

Pero es feliz cuando advierte en el estómago su magia

No está privado de su dignidad

Porque se ha alimentado de la inteligencia de los dioses

 

—¿Comprende?

—No comprendo.

—Agente Kabis: yo no comparto esos rumores de que a usted le nombraron por idio... pero ¡tiene que entender lo que eso significa! Veamos: Gipini, Unás, Gipini, Unás... ¿lo pilla o no lo pilla?

—¡Gipini ha entrado en la pirámide!

—¡Claro hombre, claro! Si traduce unos versos que no forman parte del corpus revelado por el difunto Latour, es que ha efectuado una incursión a hurtadillas. ¿Y cual es la mejor garantía del secreto?

—Eliminar testigos.

—¿A que no fue tan difícil, mi querido amigo? Y si a eso le suma usted lo precipitado de su fuga, dos y dos son cuatro. No me resulta fácil contarle las prisas con las que me presentó al cobro unos cargos absurdos, el mismo día de autos. No, no me es fácil, ahora, desde que soy el subdirector y tengo que defender el prestigio de Francia. Y usted, al oír esto, estará pensando que lo tengo todo muy bien planeado para deshacerme de él. No es que encuentre criticables los excesos científicos, pero todos tenemos derecho a la vida. Agradezco cualquier ayuda que me pueda prestar la policía egipcia; con estos monstruos cerca nunca se sabe. La discreción es de la máxima importancia, estoy seguro que sabrá comportarse como un hombre de mundo.

—¿Y según usted?

—¿Qué porqué lo hizo? Hombre, agente, a la vista está. Le había estafado. Barco, dinero y vestido a cambio de nada. En recompensa, ella se guarda de revelarle el emplazamiento de la Pirámide Caníbal.

—Pero si hemos quedado en que había entrado…

—La confesión de Maríe debió de producirse muy a última hora, cuando se vio con el agua al cuello, ji, ji, ji…. Era una mujer muy testaruda, no se imagina cuánto. Luego, el peso del vestido, ¡yo he tocado ese vestido!, haría la situación irreversible; aunque Gipini quisiera salvarla, no podría. Quizá estaba obsesionado con ese vestido. Es la prenda de vestir más hermosa que jamás ha existido bajo las estrellas y no me extrañaría que estuviera dispuesto a hacer cualquier cosa por recuperarla. Ya en el agua, no fue capaz de desvestirla ¡el peso se duplica! Luego, en aquella noche terrorífica, se lanzaría sobre su caballo, tomaría unos rápidos calcos en la pirámide y saldría a escape en una canga para hacer la ruta por Daimieta-Alejandría-Gibraltar-Veracruz. Tenga en cuenta que era un fugitivo que no estaba dispuesto en absoluto a responder de su crimen: no era el momento de entretenerse en una exploración exhaustiva. Por eso su traducción no se publicó hasta al cabo de un montón de meses del asesinato, tras su indulto por el presidente Grevy. Regresó en loor de multitud. Como sería lo esperable en individuo tan peculiar, no tuvo ningún empacho en dejar estampada su firma. ¿Quién iba a tener la humorada de comerse a la víctima sino un catedrático en canibalismo? Gipini y sólo Gipini, hombre de Dios.

 

La conversación fue interrumpida por unas voces de esfuerzo, rítmicas, acompasadas. Chirrían los cabestrantes. El descomunal sarcófago de Vaca es izado unos centímetros más. Su piedra gris de basalto ya se siluetea sobre el fino cielo color lavanda de Bulaq. Pian pianito, la ceremonia de toma de posesión va llegando a su fin. Los presentes se pusieron en marcha para ganar posiciones en la mesa de las viandas. Con gran dificultad, Kabis atrapó el brazo del doctor Roca que corría hacia el condumio. Le interesaba la teoría de Petit, pero tenía que confrontarla con el correveidile más competente de la colonia: Roca. Lo que pasa es que éste no estuvo en disposición locuaz hasta que merendó un par de docenas de pastelillos de hachís y trasegó litro y medio de curaçao bleu. Para entonces, su locuacidad había pasado al otro extremo: excesiva:

—... en otras palabras, en Egipto puede pasar de todo —dijo el médico inclinando el cuerpo sobre su bastón—. ¿Sabía que en Gebel Barkal una mujer ha puesto un par de huevos?  No eran muy grandes, como de ñandú o menos.  Uno llegó a eclosionar: niña. Por desgracia la familia destruyó el otro antes de que llegara la comisión científica: lo consideraron una vergüenza familiar. Los aborígenes tienen una forma de pensar espantosamente primitiva.

—Yo soy aborigen.

—Ah, pero no tiene nada que ver, amigo mío. Usted usa corbata, se lava los dientes y habla francés. ¿Inglés?

—Leído sí, hablado pschsss.

—Lea el Times. Se ha producido un milagroso desciframiento de jeroglíficos.

—¿En qué parte de Egipto?

—Cómo son ustedes los nacionalistas. Lo quieren todo. No, aquí no, al otro lado del Mundo, en Méjico. Gipini, antes de su regreso al Cairo, ha dejado descifrados para siempre los jeroglíficos aztecas. Un logro equiparable al de Champollion, pero el porfiriato mejicano ha censurado la obra por considerar ofensivo el material revelado. ¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! Pero cuente, cuénteme lo que le preocupa.

Kabis, en dos palabras, puso al corriente al doctor de la tesis de Petit de que Gipini había liquidado a Marie.

—Ah, pero no haga mucho caso. Petit está celoso.

—¿Qué qué qué?

—Si hombre, estaba enamorado de Marie, o sea de su modelo de alta costura. ¿A que nunca ha visto a todo un subdirector alisando los pliegues de un vestido de señora? Pues yo sí. Se imaginaría haciendo su entrada en el Instituto, bajo la cúpula, él en redingote, ella en grand apparat, a cuyas sedas las lámparas arrancarían picaros destellos. Con gesto comedido de la mano, calmaría los aplausos atronadores de los académicos. La quería… o sea, a su gran vestido: su fetiche del que, si pudiera, no se separaría jamás. No tuvo ocasión de decir adiós a mamá y el modelo es como un reencuentro inesperado. Claro que un tipo como él, rellenito, bajo y pecoso, no tiene nada que hacer frente a todo un normalien, un catedrático del Collège de France. Ahora va y le echa la culpa.

—Soy todo oídos.

—Pues llene, llene mi jarra de curaçao, no sea pasmado. Lo ha traído Gipini de la escala en Jamaica, ahora está divino, dentro de un par de meses, con la Crecida del Nilo, se llenará de humedad y perderá toda su fuerza, ¡putain! ¡Para cuando un firmán prohibiendo el agua pura y cristalina! ¿De que estábamos hablando? (...) Ya recuerdo, ya, de los amores franceses. Verá, todos los viernes Petit llevaba a Marie a probar el famoso vestido al taller de la Reichard. Algunas veces iba solo, aunque reconozco que, hasta ahora, no había causado problemas con sus desviaciones fetichistas.

—No entiendo.

—¡Las sisas se marcaron al jaboncillo sobre su cuerpo, nom d´un chien! Le gustaría ser madame Pompadour. Y ahora imaginémonos: llega un barbado catedrático del Collège y le aparta de su intimidad con la niña. ¡Se acabaron los vestiditos! Le odia y no me extraña que le achaque el crimen. No le dé palique o acabará acusándole de la matanza de la noche de San Bartolomé. Mire, cuando se supo que Marie se embarcaba, se tiraba de los pelos diciendo que sería “el fin de la moda franco-egipcia”. ¡Para él eso de los trapitos es tan importante como para usted su pensión de jubilado! ¡Maldito fetichista! Pero éste tiñoso ni siquiera mataría una mosca, es un blandengue.

—¿Y según usted...?

—Apareció cerca del barco alemán ¿no? —dijo Roca entre tambaleo y tambaleo—. Es la forma especial alemana de expresar frustración. Matar.

—¿Tiene pruebas?

—¡Justo por eso! Lo comprendí en seguida al ver que no había la más mínima prueba. Estos rubitos de hoy en día son unos perfeccionistas, Below al menos era un buen bebedor.

—Me parece que no comparto su obsesión por los alemanes, el menos ellos nos han enseñado a traducir jeroglíficos cosa que los franceses…

—¡Créame, amigo Kabis! Cuando ocurre algo realmente malo, buscar culpables de otra nacionalidad es una lamentable pérdida de tiempo.

—Goethe, Beethoven, el barón de Münchhausen…

—Verá, agente; a veces los germanos se adormilan, les entra una especie de despiste: en ese momento son muy capaces de hacer cosas buenas. Sublimes, si quiere. Pero enseguida se reconcentran y vuelven a su maldad natural. Nunca se fíe de ellos, yo lo hice y aún tengo una bala alojada entre las costillas. Batalla de Gravelotte. 1870.

—¿La escuela alemana de El Cairo?

—Se lo diré en mejicano: ¡Váyase muy mucho a la mierda, manito!

 

Se imponía interrogar a Gipini. En su cuaderno Herakles, todas las flechas del croquis le apuntaban. Ahora o nunca: más adelante se disculparía con el trabajo. Decidió aprovechar la hora de los parabienes: Gipini recibía como un emperador, sentado en la chaise longue verde esmeralda que había usado Latour en sus últimos días. Kabis se puso el último de la fila: había descubierto que las autoridades se vuelven más locuaces al final de las recepciones. Esperó con fingida paciencia, mientras Gipini apuraba un brindis con cada uno de sus vasallos. El aguardo permitió al policía estudiar con detenimiento la mesa del piscolabis: la pata que faltaba estaba apuntalada por una bota con su horma de madera, un dato que le pareció significativo. Cuando le llegó el turno, Kabis se agachó para dar la mano al nuevo director, pero con la barbilla muy alta para que no pensara que iba a arrodillarse.

—Enhorabuena, se lo merece. Con su gran inteligencia, ha conseguido deshacer todos los obstáculos y ¡aquí le tenemos! ¡Director del Service, del museo de Bulaq, conservador adjunto del Louvre, etc., etc.! Perdóneme que sea tan directo, pero hay una cuestión policial que no admite espera.

—¿Qué cuestión?

—Vamos a cerrar la pesquisa del caso Marie Latour y...

Gipini extrajo el reloj del bolsillo superior de su americana y negó con la cabeza.

—Hoy no puedo. Tengo una cita.

—Ya lo he tenido en cuenta, lo suponía señor director. Aquí mismo. Me he traído mi cuadernillo —Sacó a Herakles del bolsillo, algo sudado, el pobre—. Solo las preguntas indispensables.

—Dos minutos… —dijo Gipini serrando la mandíbula—. Recuerde que tengo recepción con el kedive.

 —¿Cómo ha sabido los versos finales del Himno Caníbal? —disparó Kabis, sentándose en la franja de chaise carente de respaldo. Para dignificar su posición, mantuvo el bastón de caña enhiesto frente a sí.

Gipini frunció el ceño como si fuera a negar.

—¿Por qué esos versos? ¿A qué versos refiere? —dijo.

—Me interesan esos jeroglíficos que tratan del final del tubo digestivo. Magnífica traducción, ¡enhorabuena por la primicia!

—¡Oh, qué profundas conclusiones extrae usted de la nada! —dijo un Gipini cuya cabeza asentía imperceptiblemente al margen de su voluntad.

—Esos versos fecales no forman parte del corpus de Latour. Son nuevos. Eso quiere decir que usted entró en la pirámide antes de irse. ¿Le dijo Marie donde estaba la entrada?

—Si yo hubiera sabido en abril del 78 donde está la pirámide caníbal ¿me hubiera ido a Méjico? ¿Hubiera dejado pasar casi un año hasta publicar ese material en el Journal des Débats? ¿Se acuerda? Salió en el número del mes pasado. ¿Conoce usted a los científicos, Kabis? ¿Se cree que dejan en el cajón un descubrimiento arriesgándose a que otro se lo pise? ¡Anda ya!

—Necesito que me responda a esta pregunta, director ¿se considera usted estafado por Marie?

—¡Pero si no me estafó!

—Le ruego no se burle. ¿Acaso no le pagó usted el barco, un vestido de lujo, miles de francos… para nada? ¿He oído mal o acaba de decirme que partió a Méjico sin tener ni idea donde estaba la maldita pirámide?

—Efectivamente, Marie no me lo dijo antes, me lo dijo después ¡mucho después de mi viaje de ida y vuelta a Méjico!

—¡Rayos! ¡Pero si estaba muerta!

—Así es. Me lo dijo después de muerta.

Kabis casi se cae de espaldas, sumido en el más tremendo de los desconciertos. El sol del Misr les seca el cerebro. A todos. Para colmo estaba allí, en equilibrio inestable, agarrado a su bastón, tremendamente cansado. Decidió agotar su último cartucho: a este le tocas en cierta tecla y habla sin parar.

—Hábleme de Méjico.

—Encantado. Un erudito de la universidad de Méjico, el doctor López, me reclama a menudo como asistente para redactar su gran obra: quiere demostrar que el nahuatl es una lengua aria. Además, una miscelánea de curiosidades: Adán y Eva, mayas del Yucatán, raíces náhuatl del castellano, Cayo Julio Cesar, un príncipe azteca llamado Cayotemoc, etc.

—Le ruego que abrevie o me aumente el tiempo de interrogatorio.

—López paga 28.000 francos. Pasaje de Burdeos a Veracruz. Escala en Jamaica. El mejor curaçao bleu del Mundo. Trasatlántico “Extremadura”. Capitán Julio Matanza ¿Le parece suficiente? ¿Sabe lo que cobro en el Louvre? Además, aquí, en El Cairo, el ambiente se había hecho irrespirable.

—Eso es abreviar demasiado.

—Me asignaron una casa en el Zócalo, coronada por una terraza con belvedere, para tomar el sol y los mosquitos. ¿La vida social? Las muchachas de allá no saben hacer otra cosa que vestirse y manejar el abanico. En cuanto a los hombres, saben hacer lo mismo que las muchachas excepto vestirse y manejar el abanico. Eso hace sencillo el trabajo de campo: como no saben nada, son seres puros que no se sorprenden ante nada.

—¿Comer croquetas de ser humano forma parte del programa de estudios?

—Se finge el sabor con soja y agave con propósitos meramente educativos.

—Concretando, señor director, ha traducido usted por primera y única vez en la historia los jeroglíficos nauhatl que se tenían por intraducibles. ¡Y en unas semanas! No me diga el truco, se lo diré yo: canibalismo mágico. Una vieja fórmula para apoderarse de la sabiduría de los dioses o las diosas y convertirse a su vez en dios o en héroe. Para ascender al cielo se necesita magia y los cuerpos iluminados siempre han estado impregnados de magia. ¿Me equivoco?

 —¿Se me acusa, de delito de lesa ciencia? ¿De saber demasiado? —dijo Gipini esparciendo vaharadas de alcohol en su aliento.

—No. Sólo digo que demuestra usted un Don de Lenguas que se aparta de la normalidad.

—Me niego a seguir escuchando sandeces.

—Declaró usted al Débats que no hubiera sido posible descifrar el nahuatl si no se hubiese alimentado en una fuente increíblemente cercana. ¿Tenía esa fuente los pechos en forma de bellota?

—¡Qué dice! Si le interesa la verdad sepa que mi investigación se basó en una coincidencia. En sánscrito la palabra Méjico significa Oeste. A partir de ahí descifrar el nahuatl fue un juego de niños: se trataba de buscar las correspondencias con el sánscrito, una lengua conocida. Pero no sé porque le explico nada, empiezo a pensar que todavía no ha asimilado los conceptos científicos europeos.

Dicho lo cual, tocó una campanilla y se presentó un dragomán para ayudarle a levantarse. Una forma un tanto brusca de terminar una conversación para alguien que frecuenta los salones de París. Dijo en dirección al sirviente:

—¿Quién mandó poner esa porquería de mesa apuntalada por una bota?

—Yo —respondió—. El mueblista del Zoco ya no nos fía.

Una nieve de ira bañó el rostro habitualmente moreno del barbudo catedrático. Kabis, que en cierta forma había llegado a conocerlo, supo captar en el gesto todo el amargor del resentimiento que lo invadía. Otra vez lo habían estafado. Los periódicos estados de quiebra del Tesoro egipcio tenían esto: tampoco esta vez iba a cobrar su tratamiento. ¿Qué sentido tenía guardarse nada? Ya no tenía sentido proteger la memoria de ninguna Gloria de Francia, no gratis. Si alguien se había reservado secretos científicos, esa era su responsabilidad histórica.

—Kabis, afile el lápiz —de nuevo crujió la chaise longue bajo su peso—. Voy a hacer una confesión completa si llegamos a un acuerdo, que creo que sí. Antes que nada, deme la mano —No la soltó—.  Todo quedará entre usted y yo hasta el día en que proclame al Mundo mi fenomenal descubrimiento: luz y taquígrafos. Los del Débats tardan de un mes a dos en ponerse en Alejandría, los del otro lado del charco tipo el New York Times, más. Se fingirá ante la prensa una excavación con los métodos más novedosos y un resultado espectacular que todos nos creeremos ¿de acuerdo? ¿De acuerdo?

—Y que garantías tiene, Monsieur.

 —Ah, nada, pediré al Kedive que lo haga empalar.

—¿Quién dijo que no estuviera de acuerdo?

—No es tan idio… idiosincrático, Kabis, no tanto, al menos ha averiguado que ya he entrado en la Pirámide Caníbal. Solo dos arqueólogos lo hemos logrado; y el otro ya vela los Cielos, recibiendo a la Aurora de dedos rosados…

 

Sentado en su humilde esquina, el policía esperó pacientemente a que Gipini rompiera a hablar. Dejó al albur de su bastón la labor de adivinar con la solución de cuál de los dos enigmas iba a ser bendecido: si, se hundía en la topera, con la localización exacta de los Textos Caníbales. Si quedaba a flor de arena, con la identidad del asesino de Marie. ¿No seria terrible que, después de tanto sobresalto, solo saliese del trance con las vulgares pruebas del crimen cometido contra una mujer de mala vida? Algo que tras la resolución del presidente Grevy, el Tribunal Consular absolvería en un plis plas. Anticipémonos al peligro:

—¿Al menos va a decirme donde está la Pirámide Caníbal? —aventuró el policía para romper el impasse—. Se lo reveló Marie y en premio, usted la liberó en brazos del padre Nilo: ya no tendría que aguantar al carca de su marido ni el sádico de su proxeneta. ¡Bien hecho!

Una forma astuta de mezclar ambas cuestiones. La pregunta de un auténtico sabueso. Claro que lo que menos se esperaba es que éste infatuado parisino le respondiera que sí.

—Sí, aunque fue Latour quien me abrió los ojos, meses después de la muerte de su esposa, en el estertor de su propia agonía. París me había llamado de vuelta para hacerme cargo de Egipto porque el Mamur ya no regía; tras un viaje eterno por medio mundo -Méjico es un caos- llegue a tiempo para escucharle para los dos últimos días que habitó a ras de suelo del Planeta Tierra: La Nochebuena y la Navidad pasadas. En un primer momento, en vida de la garce, estaba convencido de que, la muy zorra, me había utilizado para su particular estafa, usando como gancho el ostraka de la Pirámide Caníbal. Tras escuchar las penúltimas palabras de su marido, todo se volvió claro y diáfano para mí. Sí, Marie me lo había dicho y, estúpido de mí, ni me había enterado. En cuanto al resto, puede estar tranquilo ¿para qué había de matarla, si tras ella corría una jauría de asesinos?

—Dejemos eso de momento, el método policial exige la investigación por apartados.  ¿Cómo y cuando se le reveló la entrada a la Pirámide Caníbal?

¡Zis! El bastón de caña se hundió una buena cuarta en la casita de la rata… o topo.

—La respuesta está en los últimos días de Latour. Hasta la mañana del día de Navidad no pararon de llegar visitantes; iba a tener el desparpajo de morirse sin que yo encontrase la oportunidad de hablar a solas con él. El jefe del gobierno Ryad Pachá, el de la oposición Cherif Pachá, M. De Bilgniéres, el cónsul de Gran Bretaña sir Edward Malet, el barón de Ring, todos los maestros de ceremonias del kedive. Los marineros del Sammanud erraban alrededor de la casa, cantando una melopea. Latour retorcía sus mantas sudorosas. En determinado momento sirvieron abajo un tentempié y al fin nos quedamos solos. Deliraba. Me convencí de que ya no estaba con nosotros. En esto que se levanta y dice: ‘Me voy. Tengo algo que hacer’. Tuve que usar la fuerza para volver a acostarlo, teniendo seguro para mí que este era el momento de máxima consciencia que iba a conseguir.

“Me incliné sobre el cuadro de fiebres, a la cabecera de la cama. Tuve la intuición de que esta vez sí, que me iba a contestar, que nos íbamos a entender cómo nos entendemos entre verdaderos franceses. No tuve que formular la pregunta, sólo mover los labios.

“Su nariz, que a ojos vistas se iba haciendo ganchuda, como en los muertos, dibujó el gesto del no. Las facciones, en un hormigueo pasaron del amarillo al blanco y de éste al cerúleo. El tiempo apremiaba. Formulé la pregunta de forma explícita:

“—¿Quieres decirme de una puñetera vez donde está la entrada?

“Las órbitas se marcaron como pozos insondables, bajo la barba rala se afiló el mentón, colinas picudas se hicieron sus pómulos. Y aún negaba.

“—Si no quieres, no me lo digas. Ahora ya no. Deja que encuentren los alemanes esa maldita pirámide. Sólo una curiosidad ¿por qué Marie no cumplió su parte del pacto si yo le pagué todo lo que pidió?

Sobre la puerta, la alondra cantaba una estrofa monótona. En ese momento, intentó hablar entre pitos y toses. Esta fue la única frase que consiguieron articular sus cuerdas vocales:

“—Ya sabes cómo Marie hacía las cosas.

“En esto, que asocié ideas, como el flash de un rayo que traspasa el párpado del durmiente. Eran las mismas palabras, casi letra por letra que me dijo Marie cuando le exigí la recompensa prometida a cambio del vestido, el pasaje y los 15.000 francos: ‘Ya sabes cómo hago las cosas’. Al principio, había tendido a pensar que había sido objeto de una estafa. Las mujeres son así. Durante los largos y tediosos meses mejicanos, con frecuencia mi mente se devanaba en un pensamiento obsesivo: ¿Cómo hacía Marie las cosas? Ahora, tras las palabras de Latour, tuve la neta confirmación de que la clave de bóveda de la solución estaba en estas palabras: Como hago las cosas. Como-hago-las-cosas. Comohagolascosas. Me propuse recordar segundo a segundo nuestra relación, pero no hizo falta pasar del día en que la conocí. Ella me había mirado de cierta forma y luego un mono amaestrado había dejado un lazo de su vestido en el hueco del árbol de la mirra. Mirra Arábiga. Un lazo que era un mensaje: ‘Ven, aquí estoy’. El animal, que reclamaba su cacahuete, la mordió, la despeinó, la tironeó, salió volando con un mechón en la mano; fue abatido al estilo perdiz. Marie, bajando la cabeza, percibió que su pechera estaba manchada de sangre. Below, que no entendía nada, había utilizado la Derringer en plan escopeta de caza.

La oquedad del árbol de la mirra. ¡Allí estaba el plano-ostraka de la pirámide caníbal! Una representación exacta del acceso extra piramidal a la pirámide inversa, con referencias a otras pirámides, mastabas y accidentes del terreno en codos reales y dedos. Por supuesto que cualquier egiptólogo de raza está familiarizado con esas medidas.

—Los períodos de lucidez solían durar media hora, pero yo ya no necesitaba más.

“Abandoné la casa de la Veranda simulando una obligación física perentoria.

“Me encontraba ya a la altura del árbol de la mirra, cuando la campana de la capilla empezó a tañer a muerto. Las alondras callaron. Cargué el ostraka con impaciente rapidez en la alforja izquierda de un iracundo asno llamado Guzel. ¿Lo conoce? Sí, sé que significa La Alegría en turco, el humor del difunto.

Sin testigos, ocultándome sobre mi sombra, con cerca de 45 grados que mantenía a raya la peste turística, me dirigí a tiro fijo a la entrada de la cripta: bajo los aleros, en el ángulo suroeste de la Rest House. El inusual silencio del Reis que me había precedido para el desescombro, me confirmó que habíamos dado en el clavo. La forma de la hendidura descendente en la roca, era idéntica a las escalinatas de entrada hundidas, tan frecuente en Gizá.  Tardamos una buena hora en despejar un torpe muro de tapial, aquel que hacían y deshacían en cada una de sus visitas los anteriores inquilinos, François y Marie. Las condiciones de acceso eran tan ominosas, que solo se podía pasar de uno en uno, a veces agachando la cabeza, a veces reptando entre calaveras y costillares amarillentos. Naturalmente mi deseo habría sido seguir trabajando hasta la extenuación en el muro jeroglífico de cuarcita azul, pero por entonces no había prensa en El Cairo y debimos aplazar los trabajos hasta que pudiese representarse ante los reporteros un Descubrimiento en condiciones. Antes de irme, comprobé con desagrado que aquello estaba atestado de residuos de los esposos Latour, desde mantas agujereadas a huesos de perdiz, por poner un par de ejemplos. Convengamos en que la memoria de semejantes diletantes no debería pasar a la Posteridad, me he puesto con ello. Estoy estudiando un método radical para cuando se produzca la segunda y verdadera apertura, la única que recogerán los libros de Historia. Un método que borrará de raíz el ominoso pasado reciente.

 

Tres meses después la Tumba Caníbal abandonó las tinieblas y se proyectó a la luz por primera y última vez.

 

La Rest House es un lugar muy conocido por los turistas, que lo usan como área de descanso y toilette, entre las tres Grandes Pirámides y la de Sacarat. Sus alrededores han sido explorados hasta la obcecación por los llamados cartógrafos de la Historia, con los mismos resultados que si se hubiesen aplicado a cartografiar las olas del mar. Solo existe un indicio de la gran cripta y es algo asqueroso: miríadas de turistas producen infinitas deyecciones/defecaciones y un olfato fino puede seguir el hedor hasta el ángulo suroeste del complejo, en cuyas inmediaciones el líquido azulenco se hunde en un ominoso remolino. Con la seguridad que le daba su previa visita, Gipini se dispuso a dinamitar todo lo que sobraba. Téngase en cuenta que los corresponsales del Times o los del New York se bañan a diario en el Shepeard y no los puedes conducir a rastras por un osario. Se trataba de abrir un corredor, tan digno, al menos, como el del Serapeum.

Cientos de petardos explotan a la vez por simpatía. Llamarada naranja. Humareda gris-marengo. Olor sulfuroso. Conmoción. Voces de los lugareños conscriptos: “Estamos vivos” (por lo general). El corazón late con fuerza. Los clientes de Cook&Cie van a necesitar una nueva toilette.

 

Como la más elemental hidrodinámica sugiere, existe un largo canal descendente por donde discurre el desagüe de fecales hasta la descomunal balsa. He aquí la solución al enigma. La pirámide de Unás, en su parte visible, es falsa, maciza, no contiene nada sino piedra caliza. Ya se podía haber horadado como un gruyere otros cinco mil años, con el mismo resultado. El complejo funerario consiste en una macla, es decir una doble pirámide pegada por la base, uno de cuyos cuerpos, el aéreo, hoy en ruinas, apunta al Cielo, mientras que el otro, el subterráneo, el que ahora interesa, al Infierno. Los egipcios se inspiraron en la naturaleza, puesto que las maclas son una de las presentaciones más frecuentes de la cristalización del cuarzo. El conjunto de cámaras se encuentra en el corazón de la pirámide subterránea, a 17,50 metros bajo el nivel del suelo de la pirámide aérea. Se llega desde cierta distancia a través de un túnel descendente que, por caprichos del destino, arranca en nuestros días de los mismísimos baños de la Rest House. Un pasadizo que recuerda a las alcantarillas de París por su carencia de las más elementales normas de higiene.

El faraón caníbal, un tal Unás II “Señor de la Eternidad”, salió volando en su sarcófago-cohete rumbo al Cielo estrellado (por efecto de las artes de Alfred Nobel). Apenas sobrevivió al revoloteo, lo siguiente: 1) Cierta joya pectoral en forma de halcón esmaltado con las alas desplegadas; 2) dieciocho humanoides en fayenza (ushabtis); 3) un braguero del finado Latour; y 4) el pie derecho sin dedos del Señor de la Eternidad. Vale, el uso de explosivos es un método arqueológico algo discutible, pero se justifica en este caso, ante la magnitud del Hallazgo Histórico que reveló. Las paredes de la cámara estaban atestadas de unos brillantes jeroglíficos azul claro que explicitan a nuestros ojos el mundo alimenticio, mágico y religioso de los antiguos egipcios. ¡¡¡EUREKA!!!

 

Gipini se había mostrado muy hospitalario con los medios, dinamitando un hueco tremendo en el complejo funerario, sacrificando valioso material arqueológico. Pero un humilde policía de El Cairo no tiene porque estar forzosamente de acuerdo con ese punto de vista. Muy hospitalario y muy retorcido, encubriendo su oculta intención de borrar toda huella de la presencia de Latour. En esa primigenia entrada clandestina está el porqué de los cien cartuchos: las huellas de Latour y su esposa estaban un poco por todas partes: las cuentas del fontanero, lechero, aguador, etc. a lápiz en la pared, manchas de vino (Chablis, o peor si cabe), huellas de botas François Pinet en el polvo, huesos de pollo (o perdiz), heridas de piqueta de hierro en las concavidades prometedoras, fechas y nombres por doquier (¡se comportaban como turistas!), escobas, irrigadores, pañuelos ensangrentados, de todo. Hamzaöui dixit. A alguno le podría parecer sencillo hacer el borrado de toda esa basura reclutando una brigada de conscriptos con mazos y barrederas, pero ignorará que allí se disponía a hacer su entrada lo más granado de la detectivesca mundial. Dásela tu con queso. Tenía que quedar patente a todos los espectadores que allí no había estado nadie en cinco mil años y que la primera en hacerlo había sido la señora Nóbel: la dinamita. La corte kedival, la prensa, el cuerpo diplomático, no son unos pardillos. El mérito del Descubrimiento ha sido correctamente atribuido a Gipini en los libros de Historia, un narciso jamás compartiría la primicia mundial de la revelación de la primera Pirámide Escrita. Lo demás no cuenta, ha sido borrado de los libros.

 

El cráter es conocido a día de hoy como la Tumba Gipini. En honor a la verdad, dígase que se salvaron media docenas de paneles jeroglíficos hoy en la isla de los Museos (Berlín). Los astutos germanos metieron el pego en el reparto de antigüedades, haciéndolos pasar por escombros chamuscados sin valor alguno. Al Service des Antiquités le toco un pie amojamado sin dedos y poco más.

 

Los días que siguieron al hallazgo fueron los días de la envidia. Gran parte del mundo científico, especialmente británico y alemán, se dedicó a reprochar al profesor su oscurantismo para apropiarse del formidable documento. El SASA, protegido por Parrot Bey, secretario del kedive, pretendía que se asociara a Amed Kamal al descubrimiento. La enésima vez que Mark Kabis se presentó en la casa de la Veranda con dicha exigencia, Gipini contestó:

—He sido yo quien ha sacado el vino, es justo que me lo beba con calma.

Pero el verdadero detonador de la bomba internacional fue el artículo de Salomón Fernández en Le Moniteur de finales de abril, en el que acusaba sin ambages a Gipini nada menos que de canibalismo ficticio e incitación al verdadero. La comunidad científica se desmarcó de la acusación. Amelia Edwards contestó en el Times:

—Gipini tiene a su favor como mínimo el ser un egiptólogo y no un traficante de antigüedades.

Por lo que hace al New York Times, elevó la voz exigiendo que fuese la última vez que se utilizase la dinamita en una excavación arqueológica. Gastón se revolvió con una furiosa Letter to the editor:

“La culpa de los destrozos fue de Marie Latour por haberse muerto. Siempre había tenido habilidades deportivas y nadie podía pensar que no tuviese capacidad de salir a flote. Allí ni siquiera cubre. Si hubiera nadado, habría sabido leer las instrucciones en sueco de los cartuchos y nos habríamos evitado la tan publicitada montaña de escombros. Item, tendríamos expuesta en el Museo la momia de Unas-II. De manera que la responsabilidad es de esta jovenzuela que, mientras vivió, siempre se las arregló muy bien para crear problemas”.

 

A principio de mayo, la cíclica bancarrota de la Hacienda egipcia provocó, no solo la necesidad de apuntalar las mesas, sino el que no hubiera una buena silla en que sentarse. Gastón necesitaba fondos desesperadamente para el manejo de sus aspiraciones en París. A mediados de mes, escribió en su diario:

 

El entramado de estos días es como las Fachadas Potemkin: columnas de pórfido, cúpulas de oro, arcos de medio punto, por el lado visible, cuya cara oculta no es más que cieno, hielo y rastrojos.

 

A Kabis le desagradaba el lujo pretencioso de la casa verde-pistacho. Pero, lejos de los ojos y lo oídos de mamá, era el lugar ideal para encontrarse con alguien cuyas opiniones valoraba no menos que sus jugosas carnes. Se arrebujó con ella en el diván. Había pretendido maquillar el tema de la prematura renuncia al cargo de Gipini, saltando con elegancia (a su juicio) sobre un Secreto de Estado. Depresión ¿sabes? Pero era una ardua labor ocultarle algo a su palomita.

Madame Zarifa se moría de curiosidad por saber porque todo un profesor del Collége había dimitido del cargo más preciado para un egiptólogo, un mes después de haber tomado posesión. Era algo que no le cuadraba al personaje, por muy amargado que pudiera estar. Apoyó la cabeza en el pecho de su elefantito cabezón, y preguntó:

—Hay algo que no entiendo ¿por qué el Judas se dio a la fuga por segunda vez?

Mark, con esa compenetración que existe entre las personas realmente unidas, sabía que tenía que darle un punto de emoción a la respuesta:

—Ni te lo imaginas. Te vas a quedar de una pieza.

Todavía con cara de póquer, hundió la mano en su pelo ensortijado en caoba y relató a su palomita lo que denominó “el incidente de los turistas borrachos sin velas”. Últimamente Gipini había perdido su entusiasmo inicial; el brillo de su mirada se había apagado y a aquellos días deberá sus primeras canas. Pero la gota de agua que colmó el vaso fue el verse envuelto en un asunto de honor necio. Un grupo de quince franceses borrachos exigió ver el Mausoleo de las Vacas después de la hora del cierre. Ante la negativa de los guardas, forzaron el candado; luego, exigieron velas y, como no se las dieron, los apalearon. Hubo heridos, y por ambos bandos, lo que no solía ser frecuente. Los turistas exigieron una satisfacción a Gipini como director del Service. Como éste evitó presentar disculpas directas por el “deplorable incidente”, la cosa degeneró en un conflicto diplomático en toda regla. “Naturalmente un Gastón-Camille-Charles se va, no se le hecha, palomita mía”, terminó Mark, apretándola contra sí. Se la hubiera dado igual, pero Zari se merecía esta bonita explicación: siempre estaba ahí. Sonrió encantada ante aquel cuento que presentaba a Gastón como un romántico que preferiría perder la Luna antes que abdicar de sus principios. Mark, por su lado, estaba encantado de su acierto al no haber justificado la dimisión del personaje por discrepancias en cuanto al monto de su tratamiento. Después de todo, quizá no fuera tan idiota.

—Así pues, palomita, el Gran Personaje presentó su dimisión irrevocable.

—Irre… ¿qué?

 

La dimisión de Gipini en el Service fue en mayo; en junio, una reconstrucción en hormigón de la pirámide inversa fue abierta a los turistas. Cuando la deuda exterior aprieta, Egipto siempre saca algo nuevo. Para los corazones más fuertes se ofrece en experiencia nocturna: de repente, de la oscuridad emerge una momia chisporroteando electricidad que te persigue con cuchillo y tenedor. Cuando te tiene acorralado contra el sarcófago, pregunta: ¿cómo prefiere que le sirva? ¿La carne poco hecha? ¿Al punto? ¿Sanglant El ostraka del plano se exhibe en el salón del Imperio Antiguo con una ficha que explica la historia (algo mejorada): el árbol de la mirra, en esta versión, habría recogido el plano del subsuelo y lo habría elevado por los aires a medida que iba creciendo. “Algo parecido a la perla y a ostra”. El cartel de la vitrina dice: LA NUEVA PIEDRA DE ROSETTA.

 Un nuevo encargo de López endulzó la pena de Gipini: 50.000 francos si demostraba que los aztecas descubrieron España. Habrían utilizado tres lanchas de totora facilitadas por sus aliados incas. La carne humana comenzaba a escasear en mesoamérica y un náufrago llamado Alonso Pérez se reveló de un sabor excelente, tras haberle pasado por tres aguas para quitarle ese intenso regusto a sudor, característico de los castellanos. Un sencillo proceso de recocido similar al que se usa para quitarles la baba a los caracoles.

En Egipto siguió un período confuso y, desde luego, no daba la impresión de que el SASA se fuera a alzar con la totalidad de sus objetivos.

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