Estas navidades he tenido el privilegio de visitar la zona colonial de
Santo Domingo, que el profesor Bruno Pujol me dice que se llama colonial por
Colón, no por colonia. Al curioso, el lugar le golpea con sensaciones
contradictorias: esa catedral gótica con tendencia renacentista te traslada en
un vuelo al compostelano Hostal de los Reyes Católicos: baste decir que la
preside el águila bicéfala del cesar Carlos. El Hospital, sin reserva del
derecho de admisión, te hace barruntar que no todo fue tan terrible. La
fortaleza, aunque no sea aquella donde se juzgó a Colón (porque tras un huracán
la ciudad se mudó a la otra orilla del río Ozama), es seña de que allí imperó
el Dura Lex, sed Lex. Pero si miras alrededor, te viene el bajón: la maraña de
cables es tan tupida que a veces oculta las casonas que hay detrás; una nube de
basuras y plásticos tapa el mar de España y, el que no tiene para una pistola,
hace guardia a la puerta de su quiosco con un rifle de pesca submarina. Así es.
La omnipresente policía turística blinda la zona como si fuera el Tesoro del
Banco de España, nadie se preocupe, pero quisiéramos algo mejor para el
dominicano. No tan complacientes como el aduanero de Puerto Rico, que se queja
de que les obligaron a la fuerza a dejar de ser españoles, o el guía de Cuba,
entusiasmado con convertirla en una autonomía española, nada que objetar a su
orgullo nacional: si te hablan de los restos de Colón, silba, ni se te ocurra
eso del ADN. Por lo demás es gente seria, trabajadora y honrada que da la
impresión de que están próximos a encontrar su camino. 
La casa de Colón (Diego, el heredero). Armado de su esposa, sobrina no solo del duque de Alba,
sino del rey Fernando, estuvo a un tris de organizar una corte real. A Docampo lo echó de Cuba
Bajo a continuación unas líneas de mi Docampo versus
Colón; en ellas veremos a aquel gallego, encomendado por el rey Fernando de
traer a raya a la mafia colombina, participando en el proceso contra Colón.
Parece que desde entonces, han mejorado mucho las cosas.
EL PROCESO CONTRA COLÓN
Roldán y unos cuantos, como Campo, alcanzarán “asiento y
concierto 14” con la mafia colombina y podrán
ponerse a salvo en sus haciendas. Frente a aquellos cuya fuerza volvía
indoblegables, como el conquistador de Canarias (unas facturas de estas fechas
nos demuestran que se estaba surtiendo de armamento), la famiglia
exhibía su rostro más amable y hechicero. El acuerdo final se firmará en 28 de
septiembre de 1.499 y, naturalmente, el mendaz almirante escribirá a los Reyes
que lo tenía por nulo, como obtenido por coacción.
¿Qué sucedió con los demás? ¿Los asalariados de Colón o
de la corona?
El Apocalipsis 15.
“Los árboles daban frutos de carne humana” (Vidart). Se
enviaba a la horca a los súbditos de aquella mafia por cualquier nimiedad, sin
trámite ni juicio alguno porque las sentencias “las tenían (escritas) en la
frente”. Por comprar un perro para saciar el hambre, la horca. Porque decía
cosas que no había visto y porque fingió ser escribano, colgado. Por
sodomético, soga al cuello. Por robar alimentos, suspendido del cuello. Por
traducir una carta del francés, muerte en el tormento; eso sí, en este caso Colón
hizo una demostración de imparcialidad pues la víctima, Muliart, era su propio
cuñado. Por tardanza en la confesión previa a la horca, empujón y despeñamiento
desde las almenas. Así narra la autora que estamos siguiendo la ejecución de
Adrián de Múxica:
La sentencia hubo de retrasarse. El condenado, que pedía
confesión, se quedó sin habla ante la llegada del sacerdote en varias
ocasiones, lo que hizo que los oficiales, hartos de esperar, optaran por
tirarle desde una almena de la cárcel.
Aquellos que acudían a las naos surtas en el puerto para
trocar algún grano de oro por tocino, pan y vino o acudían a otros recursos
desesperados para evitar su muerte por inanición, podían recibir suertes
variadas, según sabremos por los testimonios de la pesquisa a Colón que está a
punto de producirse. Cierta docena de afortunados simplemente fueron puestos a
desfilar, uncidos unos a otros por el pescuezo, los pies encadenados y
precedidos del pregonero mientras eran azotados sin misericordia. Tuvieron suerte.
Un Arnalte, por coger un pez de una canasta, se le tendrá en la plaza Mayor con
la mano clavada a una tabla. Dentro de lo que cabe, podría considerarse una
pena agradable. Martín de Lucena, ahorcado por salir a buscar pan y, de paso,
echarse con una india. Luquitas y otros desafortunados serán condenados a la
horca por robar unos granos de trigo, aunque el primero tendrá la inmensa
fortuna de ver conmutada su pena por la de corte de narices, orejas, palos y
destierro. La hambruna había sido la consecuencia lógica de la recluta de un
ejército de asesinos y delincuentes sin vocación alguna por el arado o la
escudilla de lavar oro: el recurso a los indios se esfumó al empezar estos a
caer víctimas de las enfermedades contagiosas y la sobrexplotación: los que
pudieron se refugiaron en lo más profundo de sus selvas. El tormento
exasperante de la ausencia de alimentos provocará escenas en enloquecedoras en
aquella sociedad urbana enflaquecida y menguante: Inés azotada sobre un asno
por fingir una preñez que implicaba unos granos de trigo a mayores; 100 azotes
a Juan Moreno por cazar menos aves de las previstas para la mesa de Colón; el
adelantado que hace morir sobre los campos a enfermos arrancados de sus camas
del hospital. Bueno, al menos los queridos Colón no tenían ningún problema: en
la tahona se molía pan, en primer lugar para el almirante y sus hermanos; luego
para su alguacil; por último, para sus respectivas prostitutas. Es
enternecedora la anécdota de la morriña de cierto clérigo gallego, condenado a
la inanición por haber negado que estuvieran en China. Sintiendo llegada su
hora y conocedor de la excelencia de los caldos de la bodega colombina,
suplicará a los autócratas un azumbre de viño do Ribeiro como última
voluntad. No se las concederán y esta no será considerada por los testigos
(porque de testigos contra Colón vamos a hablar muy pronto), como la menor de
las crueldades. Pero no se saque la impresión de que los hombres a sueldo de
los genoveses exigían florituras; unos miseros granos de trigo, aun repasados
por los canales digestivos, estaban considerados como una delicatesen.
tuvieron que comer arañas y huevos de hormigas, gusanos y
lagartijas, salamandras, culebras y serpientes… tierra y madera… deyecciones… y
otras cosas que me niego a decir. Conservaban las espinas el pescado y los
huesos de serpiente para convertirlos en polvo y usarlos luego como alimento 16.
Y no solo eran
castigados los delitos famélicos: también será brutalmente castigada cualquier
mínima desconsideración hacia el cártel genovés. Inés de Malaver será azotada y
a Teresa de Baeza se le cortará la lengua “por decir que los Colón eran de baja
clase, que Diego había sido tejedor antes de venir a Castilla y que un moro le
había enseñado el oficio 17”. En una sociedad estamental como la
castellana, la famiglia había procurado la ocultación minuciosa de sus
orígenes vinculados al sector textil genovés, lo que, al menos en este caso,
podría arrancarnos una sonrisa triste, ya que abrirá paso siglos más tarde a
unos tales Colón gallego, Colón catalán, Colón hebreo, etc., cuya realidad está
probada con absoluta certeza.
El 23 de agosto de 1500 la mafia tenía a 16 colonos
hacinados en un pozo para irlos colgando por orden, sin atracones. Juicios, no,
no se estilaban; los procesos, cuando se trataba de alguien influyente, se
confeccionaban post-mortem; a los demás, ni eso. Decorando ambas orillas
de la desembocadura del río Ozama, el puerto de Santo Domingo, se divisaban dos
horcas con sendos cristianos “frescos de pocos días”. El suave vaivén de estos
cuerpos al vientecillo del mar que las metía en puerto, será el espectáculo que
reciba a dos carabelas de arribada: la Gorda y la Antigua. A bordo de la
primera venía Francisco de Bobadilla, comendador de Auñón en la orden de
Calatrava, el juez enviado por los Reyes Católicos para poner coto a los
desmanes colombinos. Campo será convocado urgentemente a la capital. Como
contino real su presencia se hacía indispensable para el interrogatorio a los
Colón, empezando por don Cristóbal, que ya nunca más sería virrey ni gobernador
ni nada de estas tierras, de las que será cuidadosamente alejado.
Bobadilla (tío de Beatriz, la ex señora feudal de Campo
en Gomera), era el clásico malencarado con el que no te gustaría cruzarte a
medianoche en un bosque: sus encomendados de Auñón habían intentado matarlo más
de una vez, pero el malandrín era muy resbaladizo. Hacía gala de un cierto
toque sádico. La forma en que irá desenvolviendo sus provisiones reales al día
siguiente, tras su desembarque, demostrará una refinada saña: surge el
pensamiento de que ese exceso de celo, cargando de cadenas a la famiglia
y dándoles a entender su ejecución inmediata, será lo que moverá meses después
a piedad a los reyes, concediendo un cuarto viaje a Colón. Que acabará en
naufragio del que será socorrido por… Docampo en la finca Compostela. Un mayor
comedimiento en la aplicación de la ley hubiera permitido el final definitivo
de la saga Colón y ahorrado tan triste epílogo. Colón tenía, sí, lo que tienen
que tener los genios: una idea fanática que seguirá hasta el final: “El Este
por el Oeste”. Poco más da que fuera falsa, que se comiera el océano Pacífico
(el mar del Sur de Balboa) por haber confundido la milla árabe con la romana.
Lo importante es que produjo frutos históricos. Fuera de eso era un desastre,
un absoluto incompetente al que los siglos futuros habrían adjudicado un único
papel tras su hazaña: el de conferenciante a diez mil euros la sesión, hotel
cinco estrellas aparte.
El 24, impulsadas por el viento terral, las carabelas
entran en puerto y Bobadilla desembarca. En días sucesivos, a la salida de
misa, mandará tocar el tambor, chiflará el pregonero e irá dando lectura a sus
provisiones con serena fruición. 1º día: carta de los Reyes ordenándole
investigar la rebelión de Roldán. Uf, sólo era eso, ¡che sollievo!,
dirán los del partido de Colón. El otro partido, el del Rey, se muerde las
uñas. 2º día: provisión real en la que se le otorga a Bobadilla la gobernación
de las Indias. ¡El acabose!; ¿entonces ya no gobierna la famiglia? 3º
día: Provisión real para que se le entregue las fortalezas. El derecho y la
fuerza combinados, el fuero y el huevo. Si no se las entregan por las buenas,
las tomará al salto; pero decir que la resistencia del castillo de Santo
Domingo fue simbólica, sería exagerado: la gente de Colón, que no percibía su
sueldo, considerará fuera de lugar exponer su vida gratis total. Sin contar con
que la fortaleza estaba concebida sólo para resistir a gente desnuda. Los
presos serán desengrillados y, a la postre, liberados. De la pena capital a la
absolución en un soplo. 4º día: Cédula real mandando el pago de los salarios
reales y ordenando al almirante el pago de los a su cargo: esa perspectiva del
cobró de emolumentos será la que volverá a toda la isla bobadillista e
inútil cualquier resistencia del clan genovés, sea alzándose soberano, sea
entregando la colonia al de Portugal o a cualquier otro rey de los tanteados
por Bartolomé, como el inglés o el francés. Colón tenía sus propias ideas sobre
eso de pagar sueldos, no le podías pedir que se separase de aquello que más
amaba. Tenía incluso una declaración de principios.
El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien
lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al
Paraíso.
Por fin el 15 de
septiembre tras múltiples requerimientos al clan italiano (que hasta entonces
había tentado sus fuerzas y explorado sus opciones), Colón hará su entrada en
Santo Domingo, acompañado de un séquito de veinte personas, temblando de miedo.
Como preámbulo, Bobadilla había hecho encadenar a Diego en una carabela. Diego
Colón era el hermano apocado, paralizado ante la magnitud de los
acontecimientos que se desencadenaban a su alrededor. Tomaba su fuerza de los
otros dos, Bartolomé, el militarote brutal, y Cristóbal, creativo hasta rozar
lo visionario.
El proceso a Colón se desarrollará en dos fases: la
pesquisa, con el interrogatorio a Cristóbal Colón, fase en la que intervendrá
Docampo; y la probanza, con variopintos testigos de cargo y de descargo, que ya
no será materia de un contino real (lo que no ha sido óbice para que antes nos
hayamos servido de sus testimonios en el relato de la gran hambruna). Siendo
esto una biografía del tudense, habrá que centrarse en la pesquisa y dejar con
gran dolor para otros la probanza, que no deja de ser sabrosísima para
cualquier jurista que se precie.
La pesquisa se desenvolverá en tres sesiones; hay que
suponer por las imágenes hogareñas que nos traslada Varela 18 que tuvo lugar en la casa-fortaleza
de Santo Domingo, cabe decir el propio hogar de Colón cuyos ahorros en granos
de oro serán expropiados nada más pasar la puerta Bobadilla. El primer
interrogatorio versará sobre el ayuntamiento de gentes para enfrentarse al
nuevo gobernador, intento cuyo perdón por parte de los Reyes puede atribuirse a
su carácter disparatado, ante las enormes simpatías que despertaba el clan
colombino. Como las que provocaría una plaga de chinches. Del intento de
alzarse contra Bobadilla y por ende, contra la corona, la propia secuencia de
acontecimientos informa muy bien del trasfondo:
Colón se mantuvo semanas a la expectativa, parlamentando con unos y con
otros, nitaínos y caciques incluidos, haciendo mangas y capirotes a los
requerimientos de Nájera. Tras haber chequeado su fuerza, ninguna, se
presentará con cínica humildad en Santo Domingo acompañado de sus últimos
veinte amigos.
No menos patentes
serán las conclusiones del segundo, los obstáculos a la cristianización de los
indios que, tan cucos como los guanches, se bautizaban en masa para evitar ser
vendidos. Por fortuna la sala de ceremonias de la fortaleza de Santo Domingo
apenas estaba iluminada por unas saeteras en forma de llave, con lo que la
sombras encubrirían la forma acelerada en que iban enrojeciendo las mejillas
del pesquisidor Docampo. El tercer interrogatorio, “las cosas de la justicia”
abordó los procesos instruidos a los colonos que el almirante tenía al pie de
la horca, es decir, la ausencia de ellos. Vamos, los de los que estaban
hospedados en el pozo. Colón responderá candorosamente respecto a los que aún
no había colgado y se habían salvado por la llegada de la Gorda y la Antigua
que, “no había caso contra ellos y que, si ese era su deseo (Bobadilla) podía
liberarlos”. Normalmente ahorco a diario, pero también puedo pasarme algún día
sin appendere nesuno. Colón ignoraba que el comendador ya los había
soltado, sin esperar su autorización. ¿Qué porque los había condenado a muerte
sin efectuar juicio? Bah, respondió Colón con un par, “no se habían efectuado
porque eran casos de castigo”. No sabemos si Docampo u otro de los testigos
pesquisidores repreguntó —la función de asistir al interrogatorio es más de
notario que de testigo—; creo que no porque no hacía ninguna falta: el
mesianismo de Colón lo convertía en el perfecto fiscal de sí mismo. Luego, este
interrogatorio, derivó hacia los procesos de los muertos. ¡Vaya! Resulta que
los había llevado él personalmente a Castilla y que sospechaba que se habían
quemado. Uno se pregunta si hiperventilaría al soltar semejante especie. No se
puede menos que convenir con Consuelo Varela que, claramente, ni siquiera
habían tenido un juicio los ya muertos: esa entrega de expedientes habría
dejado huella en los archivos. Tampoco creo que le temblara el pulso a Docampo
mientras firmaba su atestiguación: en Canarias tampoco se era excesivamente
garantista, aunque lo cierto es que, en casos como la degollación de Algaba, al
menos se escenificó un simulacro de juicio. En Indias estas cosas se tomaban
aun con más alegría.
En la segunda declaración se requirió al genovés para que
entregase el oro y otras cosas pertenecientes a los reyes que aun estuvieran en
su poder. Colón tenía una fibra de carácter leguleya y evasiva, que le llevaba
a disculparse con los más peregrinos argumentos: cuando había rogado a los
reyes que considerasen papel mojado el acuerdo con Roldán argumentó “que fue
firmado a bordo de una carabela, donde no se usa el oficio de virrey”. Para
este caso también reservaba una respuesta desopilante:
“Tenía que pagar a 330 personas y, en tanto no les hubiese
abonado su salario, no estaba obligado a entregar las cuentas al tesorero 19”, maravillosa respuesta de doble filo
que le permitiría ser un moroso, tanto con sus patrones los reyes, como con sus
empleados, los colonos.
Es posible que semejante desparpajo hubiese dejado con la
boca abierta a alguno de los pesquisidores:
Fueron testigos de ambas declaraciones Pero López Galíndez, Sebastián
de Ocampo, Juan Pérez de Nájera…
Es de suponer que todos ellos serían personas de una cierta
relevancia o que por razones de sus cargos habían estado presentes en los
hechos que se estaban dilucidando 20.
Nájera había sido enviado al Bonao, donde don Cristóbal
se había refugiado, para requerirle que soltara a los presos y se presentase en
Santo Domingo: como se ha visto, con éxito. Sabría muy bien a que atenerse
cuando Colón declarase en la pesquisa que no se le guardaba el rango de virrey
(eso podría ser cierto), y además: Que él no convocó a los múltiples caciques
guatiaos denominados Colón o sus derivados (Almirantico, Diego Colón,
Cristóbal…) para ir contra ese don nadie de Bobadilla. Que no soliviantó a los
hombres de su partido (Arana, Coronel…) para que cortasen las orejas al
botarate del comendador de Auñón. Que no ocultó al fisco de los reyes un buen
saco de perlas, que va, he perdido el saco. También debió ser incisivo el
pesquisidor Galíndez, pues sufrirá represalias con sus encomendados a la
llegada al gobierno de Diego Colón (hijo). En cuanto a Docampo, es probable que
también se le encomendase alguna misión especial, aunque, de momento, no lo
podemos saber. Podría haber sido el control de Bartolomé, alias el adelantado,
que pululaba por la banda Sur de la isla.
La tercera deposición se tuvo el 26 y ya solo fue para
jurar sus declaraciones. Acto seguido Bobadilla ordenará conducir a las naves a
los dos hermanos, Bartolomé y Cristóbal, y se dará el placer sublime de
organizar un simulacro de ejecución. Sin decir porqué o a donde, se los entregó
a Vallejo, el capitán de la Gorda. La costumbre era que cuando los reos
colombinos salían escoltados por los alguaciles, camino de las horcas del
puerto, la de babor y la de estribor, el destino fatal estaba asegurado. Colón no
pudo menos que interpretarlo así. Petrificado, como el que ha tocado un
escorpión. Podemos imaginarlo con un hilo de voz, entrecortada, ahogada, el
rostro lívido, preguntando al capitán:
—Vallejo ¿¡dónde me lleváis?
—Señor, al navío de vuestra señoría, a se embarcar.
—Vallejo ¿es verdad?
—Por vida de vuestra señoría que es verdad, que se va embarcar 21.
Ya a bordo de la Gorda los Colón aun tendrían la
pesadumbre de escuchar los cuernos que fueron a tocar al puerto sus pasadas
víctimas: casi toda la población, envalentonada, ahora que habían pasado el
Gran Miedo y el Gran Hambre. Lo demás es historia novelada; si se pasó toda la
travesía encadenado, como Colón afirma, o solo lo afirma, es cuestión que tiene
nimia importancia. Nada tenía el genovés en contra de la humildad: cuando
Vallejo lo desembarque en Sevilla conseguirá a buen precio un raído hábito franciscano
para adornarse de esa guisa en la entrevista que le esperaba con los Reyes.
Lo cierto es que
las manos colombinas fueron apartadas para siempre de la colonia de Indias; y
si los reyes, por una especie de prurito de conciencia, le permitieron navegar
una última vez (cuarto viaje), la verdad es que no le hicieron ningún regalo.
La hacienda Compostela recibirá la noticia del naufragio y los pormenores del
parsimonioso salvamento, batirán cotas de saña que hubieran dejado tibio de
envidia el propio Bobadilla. A los náufragos, tirados en una playa de Jamaica,
se les exhibirá una presunta nave salvavidas e, ipso facto, se retirará de allí
en un juego de prestidigitación, sin salvarles. Quien siembra vientos…
Existe una visión alternativa del Juicio de Bobadilla,
para nuestros intentos más fresca, pues parece mejor enfocada desde la visión
de Sebastián Docampo. Para empezar, nuestro personaje suscribe el instrumento
con el nombre de su gusto, Docampo, no con ese estomagante De Ocampo que
le asignan los notarios castellanos. No quiero decir que la obra que arriba se
ha mal copiado (de Consuelo Varela e Isabel Aguirre), no sea insuperable en
términos generales: según narra Varela encontró la fuente a través de una
pesquisa casi policíaca en el Archivo de Simancas, en el llamado Legajo 13
“Incorporado Juros” y procede nada menos que del Consejo Real.
Probablemente se trate de un traslado posterior a la muerte (1504) de Isabel
“que santa gloria aya”.
Pero la fuente a la que ahora nos cambiamos, Carta de
sus Altezas para Bobadilla con las respuestas del Almirante, dentro de la
obra de cierta duquesa de Alba decimonónica Autógrafos de Cristóbal Colón y
papeles de América 22, presenta la inestimable ventaja (que
Varela reconoce), de trasladarnos las intervenciones de Bobadilla en directo
(el documento simanquino apenas nos trasladan las observaciones del notario).
Nos pone ante los ojos un proceso vivo, con réplicas y contra réplicas, en las
que tal vez tuvieron un papel los testigos pesquisidores. Desde luego Colón era
una perita en dulce para cualquier fiscal o acusador mínimamente experimentado:
se contradijo, se auto acusó y cayó con todo el equipo.
En las primeras hojas del documento se contiene la carta
en la que los reyes ordenan a Bobadilla que extirpe el dorado metal al señor
Delorosehacetesoro para pagar, tanto a sus asalariados, como a los de la
corona, a cual más famélico:
Os mandamos que averigüéis la gente que ha estado a nuestro
sueldo y así averiguado la paguéis, con la gente que ahora lleváis, con lo que
se ha cogido para nos en dichas islas, y cojáis y cobréis de aquí en adelante;
y lo que hallarais que es a pagar a cargo del dicho Almirante, las pague el de
forma que esa gente cobre lo que le fuere debido y no tenga razón de quejarse,
para lo cual, si necesario es os damos poder cumplido por esta nuestra cédula 23.
Cara a cara, fase to face con el señor Cristóbal Colón,
Docampo y los demás le comunicaron estas cosas. Sería de ver el semblante del
almirante, habitualmente lívido, aunque un observador atento tuvo que apreciar
cierto tic habitual en él, cuando se enteró del permiso real a Bobadilla para
apropiarse del oro que tenía almacenado.
En 15 del mes de septiembre de 1500 años se notificó esta cédula
de sus Altezas, originalmente en faz y presencia del señor Almirante. Testigos,
Pero López Galíndez e Francisco Velázquez e Sebastián Docampo e Juan
Pérez de Najar e otros muchos 24.
El 15 de septiembre Colón estaba recién llegado a Santo
Domingo, después de mil peripecias en la selva. Sin tiempo siquiera a
refrescarse, se le empieza el proceso. La sangre se le agolparía en los oídos:
estaba a punto de caer de su columna de mármol a la cárcel y, casi seguro, de
subir al patíbulo estilo Balboa. Tal vez por eso, Colón en su respuesta cometió
un error de pipiolo, joder, reconoció los hechos. Me hace eso a mí un defendido
y lo estrangulo. Perdón.
El señor Almirante respondió que el tiene cartas de sus Altezas
en contrario de esta; por ende, que pide por merced al señor comendador y
requiere la guarda de dichas cartas que tiene de sus Altezas, y que a la paga,
esto que es cosa de cuenta, que está presto a estar a ella y darla. Testigos,
Pero López Galíndez e Francisco Velázquez e Sebastián Docampo e Juan
Pérez de Najar e otros muchos 25.
Si le llamas comendador a Bobadilla (en vez de
gobernador), es que no reconoces el nombramiento realizado nada menos que por
sus altezas. Te has rebelado, tú lo has dicho. Para colmo se había negado a
obedecer las cédulas de los Reyes Católicos. ¿Para qué hacía falta más? Pero
Bobadilla tenía unas mandíbulas muy frías.
El señor gobernador dijo que esta carta le dieron sus Altezas, y
que vista otra en contrario, que se cumplirá lo que sus Altezas mandaren y que
en Castilla tienen sus Altezas contadores ante quien está asentado todo y lo
determinarán si se debe de guardar y lo uno y lo otro, pero que en tanto el
hará lo que sus Altezas le tienen mandado. Testigos, Pero López Galíndez e
Francisco Velázquez e Sebastián Docampo e Juan Pérez de Najar, etc. 26
Sin alterarse mucho, el comendador de Auñón le requirió
para que entregase el oro y las otras cosas de los reyes que tenía en su poder.
Luego, lo engrilló y lo puso en manos del capitán Vallejo, dejándole en la duda
existencial de si el viaje programado tenía por destino el Hades o España. Ya
más relajado, Bobadilla iniciará la segunda parte del proceso, dejando en manos
de notarios y escribanos la deposición de testigos por materias: sección de
ahorcamientos, tormentos, azotes, amputaciones, maltratos, etc. A decir de
Colón Bobadilla eligió para la probanza a los testigos que quiso, y esto
también puede que fuera cierto. Si lo que narraron hubiese sido la estricta
realidad, no se entiende como no lo ejecutaron allí mismo. Aunque a esta
prolongación de la vida sin duda contribuyó la prohibición de los reyes para
que, jamás de los jamases, volviese a pisar la isla Española.

