martes, 13 de enero de 2026

LA CIUDAD COLONIAL DE SANTO DOMINGO



Estas navidades he tenido el privilegio de visitar la zona colonial de Santo Domingo, que el profesor Bruno Pujol me dice que se llama colonial por Colón, no por colonia. Al curioso, el lugar le golpea con sensaciones contradictorias: esa catedral gótica con tendencia renacentista te traslada en un vuelo al compostelano Hostal de los Reyes Católicos: baste decir que la preside el águila bicéfala del cesar Carlos. El Hospital, sin reserva del derecho de admisión, te hace barruntar que no todo fue tan terrible. La fortaleza, aunque no sea aquella donde se juzgó a Colón (porque tras un huracán la ciudad se mudó a la otra orilla del río Ozama), es seña de que allí imperó el Dura Lex, sed Lex. Pero si miras alrededor, te viene el bajón: la maraña de cables es tan tupida que a veces oculta las casonas que hay detrás; una nube de basuras y plásticos tapa el mar de España y, el que no tiene para una pistola, hace guardia a la puerta de su quiosco con un rifle de pesca submarina. Así es. La omnipresente policía turística blinda la zona como si fuera el Tesoro del Banco de España, nadie se preocupe, pero quisiéramos algo mejor para el dominicano. No tan complacientes como el aduanero de Puerto Rico, que se queja de que les obligaron a la fuerza a dejar de ser españoles, o el guía de Cuba, entusiasmado con convertirla en una autonomía española, nada que objetar a su orgullo nacional: si te hablan de los restos de Colón, silba, ni se te ocurra eso del ADN. Por lo demás es gente seria, trabajadora y honrada que da la impresión de que están próximos a encontrar su camino.

La casa de Colón (Diego, el heredero). Armado de su esposa, sobrina no solo del duque de Alba,
 sino del rey Fernando, estuvo a un tris de organizar una corte real. A Docampo lo echó de Cuba




 

Bajo a continuación unas líneas de mi Docampo versus Colón; en ellas veremos a aquel gallego, encomendado por el rey Fernando de traer a raya a la mafia colombina, participando en el proceso contra Colón. Parece que desde entonces, han mejorado mucho las cosas.  

 

 

 

 


EL PROCESO CONTRA COLÓN

 

Roldán y unos cuantos, como Campo, alcanzarán “asiento y concierto 14” con la mafia colombina y podrán ponerse a salvo en sus haciendas. Frente a aquellos cuya fuerza volvía indoblegables, como el conquistador de Canarias (unas facturas de estas fechas nos demuestran que se estaba surtiendo de armamento), la famiglia exhibía su rostro más amable y hechicero. El acuerdo final se firmará en 28 de septiembre de 1.499 y, naturalmente, el mendaz almirante escribirá a los Reyes que lo tenía por nulo, como obtenido por coacción.

¿Qué sucedió con los demás? ¿Los asalariados de Colón o de la corona?

El Apocalipsis 15.

“Los árboles daban frutos de carne humana” (Vidart). Se enviaba a la horca a los súbditos de aquella mafia por cualquier nimiedad, sin trámite ni juicio alguno porque las sentencias “las tenían (escritas) en la frente”. Por comprar un perro para saciar el hambre, la horca. Porque decía cosas que no había visto y porque fingió ser escribano, colgado. Por sodomético, soga al cuello. Por robar alimentos, suspendido del cuello. Por traducir una carta del francés, muerte en el tormento; eso sí, en este caso Colón hizo una demostración de imparcialidad pues la víctima, Muliart, era su propio cuñado. Por tardanza en la confesión previa a la horca, empujón y despeñamiento desde las almenas. Así narra la autora que estamos siguiendo la ejecución de Adrián de Múxica:

 

La sentencia hubo de retrasarse. El condenado, que pedía confesión, se quedó sin habla ante la llegada del sacerdote en varias ocasiones, lo que hizo que los oficiales, hartos de esperar, optaran por tirarle desde una almena de la cárcel.

 

Aquellos que acudían a las naos surtas en el puerto para trocar algún grano de oro por tocino, pan y vino o acudían a otros recursos desesperados para evitar su muerte por inanición, podían recibir suertes variadas, según sabremos por los testimonios de la pesquisa a Colón que está a punto de producirse. Cierta docena de afortunados simplemente fueron puestos a desfilar, uncidos unos a otros por el pescuezo, los pies encadenados y precedidos del pregonero mientras eran azotados sin misericordia. Tuvieron suerte. Un Arnalte, por coger un pez de una canasta, se le tendrá en la plaza Mayor con la mano clavada a una tabla. Dentro de lo que cabe, podría considerarse una pena agradable. Martín de Lucena, ahorcado por salir a buscar pan y, de paso, echarse con una india. Luquitas y otros desafortunados serán condenados a la horca por robar unos granos de trigo, aunque el primero tendrá la inmensa fortuna de ver conmutada su pena por la de corte de narices, orejas, palos y destierro. La hambruna había sido la consecuencia lógica de la recluta de un ejército de asesinos y delincuentes sin vocación alguna por el arado o la escudilla de lavar oro: el recurso a los indios se esfumó al empezar estos a caer víctimas de las enfermedades contagiosas y la sobrexplotación: los que pudieron se refugiaron en lo más profundo de sus selvas. El tormento exasperante de la ausencia de alimentos provocará escenas en enloquecedoras en aquella sociedad urbana enflaquecida y menguante: Inés azotada sobre un asno por fingir una preñez que implicaba unos granos de trigo a mayores; 100 azotes a Juan Moreno por cazar menos aves de las previstas para la mesa de Colón; el adelantado que hace morir sobre los campos a enfermos arrancados de sus camas del hospital. Bueno, al menos los queridos Colón no tenían ningún problema: en la tahona se molía pan, en primer lugar para el almirante y sus hermanos; luego para su alguacil; por último, para sus respectivas prostitutas. Es enternecedora la anécdota de la morriña de cierto clérigo gallego, condenado a la inanición por haber negado que estuvieran en China. Sintiendo llegada su hora y conocedor de la excelencia de los caldos de la bodega colombina, suplicará a los autócratas un azumbre de viño do Ribeiro como última voluntad. No se las concederán y esta no será considerada por los testigos (porque de testigos contra Colón vamos a hablar muy pronto), como la menor de las crueldades. Pero no se saque la impresión de que los hombres a sueldo de los genoveses exigían florituras; unos miseros granos de trigo, aun repasados por los canales digestivos, estaban considerados como una delicatesen.

 

tuvieron que comer arañas y huevos de hormigas, gusanos y lagartijas, salamandras, culebras y serpientes… tierra y madera… deyecciones… y otras cosas que me niego a decir. Conservaban las espinas el pescado y los huesos de serpiente para convertirlos en polvo y usarlos luego como alimento 16.

 

 Y no solo eran castigados los delitos famélicos: también será brutalmente castigada cualquier mínima desconsideración hacia el cártel genovés. Inés de Malaver será azotada y a Teresa de Baeza se le cortará la lengua “por decir que los Colón eran de baja clase, que Diego había sido tejedor antes de venir a Castilla y que un moro le había enseñado el oficio 17”. En una sociedad estamental como la castellana, la famiglia había procurado la ocultación minuciosa de sus orígenes vinculados al sector textil genovés, lo que, al menos en este caso, podría arrancarnos una sonrisa triste, ya que abrirá paso siglos más tarde a unos tales Colón gallego, Colón catalán, Colón hebreo, etc., cuya realidad está probada con absoluta certeza.

El 23 de agosto de 1500 la mafia tenía a 16 colonos hacinados en un pozo para irlos colgando por orden, sin atracones. Juicios, no, no se estilaban; los procesos, cuando se trataba de alguien influyente, se confeccionaban post-mortem; a los demás, ni eso. Decorando ambas orillas de la desembocadura del río Ozama, el puerto de Santo Domingo, se divisaban dos horcas con sendos cristianos “frescos de pocos días”. El suave vaivén de estos cuerpos al vientecillo del mar que las metía en puerto, será el espectáculo que reciba a dos carabelas de arribada: la Gorda y la Antigua. A bordo de la primera venía Francisco de Bobadilla, comendador de Auñón en la orden de Calatrava, el juez enviado por los Reyes Católicos para poner coto a los desmanes colombinos. Campo será convocado urgentemente a la capital. Como contino real su presencia se hacía indispensable para el interrogatorio a los Colón, empezando por don Cristóbal, que ya nunca más sería virrey ni gobernador ni nada de estas tierras, de las que será cuidadosamente alejado.

Bobadilla (tío de Beatriz, la ex señora feudal de Campo en Gomera), era el clásico malencarado con el que no te gustaría cruzarte a medianoche en un bosque: sus encomendados de Auñón habían intentado matarlo más de una vez, pero el malandrín era muy resbaladizo. Hacía gala de un cierto toque sádico. La forma en que irá desenvolviendo sus provisiones reales al día siguiente, tras su desembarque, demostrará una refinada saña: surge el pensamiento de que ese exceso de celo, cargando de cadenas a la famiglia y dándoles a entender su ejecución inmediata, será lo que moverá meses después a piedad a los reyes, concediendo un cuarto viaje a Colón. Que acabará en naufragio del que será socorrido por… Docampo en la finca Compostela. Un mayor comedimiento en la aplicación de la ley hubiera permitido el final definitivo de la saga Colón y ahorrado tan triste epílogo. Colón tenía, sí, lo que tienen que tener los genios: una idea fanática que seguirá hasta el final: “El Este por el Oeste”. Poco más da que fuera falsa, que se comiera el océano Pacífico (el mar del Sur de Balboa) por haber confundido la milla árabe con la romana. Lo importante es que produjo frutos históricos. Fuera de eso era un desastre, un absoluto incompetente al que los siglos futuros habrían adjudicado un único papel tras su hazaña: el de conferenciante a diez mil euros la sesión, hotel cinco estrellas aparte.



El 24, impulsadas por el viento terral, las carabelas entran en puerto y Bobadilla desembarca. En días sucesivos, a la salida de misa, mandará tocar el tambor, chiflará el pregonero e irá dando lectura a sus provisiones con serena fruición. 1º día: carta de los Reyes ordenándole investigar la rebelión de Roldán. Uf, sólo era eso, ¡che sollievo!, dirán los del partido de Colón. El otro partido, el del Rey, se muerde las uñas. 2º día: provisión real en la que se le otorga a Bobadilla la gobernación de las Indias. ¡El acabose!; ¿entonces ya no gobierna la famiglia? 3º día: Provisión real para que se le entregue las fortalezas. El derecho y la fuerza combinados, el fuero y el huevo. Si no se las entregan por las buenas, las tomará al salto; pero decir que la resistencia del castillo de Santo Domingo fue simbólica, sería exagerado: la gente de Colón, que no percibía su sueldo, considerará fuera de lugar exponer su vida gratis total. Sin contar con que la fortaleza estaba concebida sólo para resistir a gente desnuda. Los presos serán desengrillados y, a la postre, liberados. De la pena capital a la absolución en un soplo. 4º día: Cédula real mandando el pago de los salarios reales y ordenando al almirante el pago de los a su cargo: esa perspectiva del cobró de emolumentos será la que volverá a toda la isla bobadillista e inútil cualquier resistencia del clan genovés, sea alzándose soberano, sea entregando la colonia al de Portugal o a cualquier otro rey de los tanteados por Bartolomé, como el inglés o el francés. Colón tenía sus propias ideas sobre eso de pagar sueldos, no le podías pedir que se separase de aquello que más amaba. Tenía incluso una declaración de principios.

 

El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso.

 

 Por fin el 15 de septiembre tras múltiples requerimientos al clan italiano (que hasta entonces había tentado sus fuerzas y explorado sus opciones), Colón hará su entrada en Santo Domingo, acompañado de un séquito de veinte personas, temblando de miedo. Como preámbulo, Bobadilla había hecho encadenar a Diego en una carabela. Diego Colón era el hermano apocado, paralizado ante la magnitud de los acontecimientos que se desencadenaban a su alrededor. Tomaba su fuerza de los otros dos, Bartolomé, el militarote brutal, y Cristóbal, creativo hasta rozar lo visionario.

 

El proceso a Colón se desarrollará en dos fases: la pesquisa, con el interrogatorio a Cristóbal Colón, fase en la que intervendrá Docampo; y la probanza, con variopintos testigos de cargo y de descargo, que ya no será materia de un contino real (lo que no ha sido óbice para que antes nos hayamos servido de sus testimonios en el relato de la gran hambruna). Siendo esto una biografía del tudense, habrá que centrarse en la pesquisa y dejar con gran dolor para otros la probanza, que no deja de ser sabrosísima para cualquier jurista que se precie.

La pesquisa se desenvolverá en tres sesiones; hay que suponer por las imágenes hogareñas que nos traslada Varela 18 que tuvo lugar en la casa-fortaleza de Santo Domingo, cabe decir el propio hogar de Colón cuyos ahorros en granos de oro serán expropiados nada más pasar la puerta Bobadilla. El primer interrogatorio versará sobre el ayuntamiento de gentes para enfrentarse al nuevo gobernador, intento cuyo perdón por parte de los Reyes puede atribuirse a su carácter disparatado, ante las enormes simpatías que despertaba el clan colombino. Como las que provocaría una plaga de chinches. Del intento de alzarse contra Bobadilla y por ende, contra la corona, la propia secuencia de acontecimientos informa muy bien del trasfondo:  Colón se mantuvo semanas a la expectativa, parlamentando con unos y con otros, nitaínos y caciques incluidos, haciendo mangas y capirotes a los requerimientos de Nájera. Tras haber chequeado su fuerza, ninguna, se presentará con cínica humildad en Santo Domingo acompañado de sus últimos veinte amigos.

 No menos patentes serán las conclusiones del segundo, los obstáculos a la cristianización de los indios que, tan cucos como los guanches, se bautizaban en masa para evitar ser vendidos. Por fortuna la sala de ceremonias de la fortaleza de Santo Domingo apenas estaba iluminada por unas saeteras en forma de llave, con lo que la sombras encubrirían la forma acelerada en que iban enrojeciendo las mejillas del pesquisidor Docampo. El tercer interrogatorio, “las cosas de la justicia” abordó los procesos instruidos a los colonos que el almirante tenía al pie de la horca, es decir, la ausencia de ellos. Vamos, los de los que estaban hospedados en el pozo. Colón responderá candorosamente respecto a los que aún no había colgado y se habían salvado por la llegada de la Gorda y la Antigua que, “no había caso contra ellos y que, si ese era su deseo (Bobadilla) podía liberarlos”. Normalmente ahorco a diario, pero también puedo pasarme algún día sin appendere nesuno. Colón ignoraba que el comendador ya los había soltado, sin esperar su autorización. ¿Qué porque los había condenado a muerte sin efectuar juicio? Bah, respondió Colón con un par, “no se habían efectuado porque eran casos de castigo”. No sabemos si Docampo u otro de los testigos pesquisidores repreguntó —la función de asistir al interrogatorio es más de notario que de testigo—; creo que no porque no hacía ninguna falta: el mesianismo de Colón lo convertía en el perfecto fiscal de sí mismo. Luego, este interrogatorio, derivó hacia los procesos de los muertos. ¡Vaya! Resulta que los había llevado él personalmente a Castilla y que sospechaba que se habían quemado. Uno se pregunta si hiperventilaría al soltar semejante especie. No se puede menos que convenir con Consuelo Varela que, claramente, ni siquiera habían tenido un juicio los ya muertos: esa entrega de expedientes habría dejado huella en los archivos. Tampoco creo que le temblara el pulso a Docampo mientras firmaba su atestiguación: en Canarias tampoco se era excesivamente garantista, aunque lo cierto es que, en casos como la degollación de Algaba, al menos se escenificó un simulacro de juicio. En Indias estas cosas se tomaban aun con más alegría.

En la segunda declaración se requirió al genovés para que entregase el oro y otras cosas pertenecientes a los reyes que aun estuvieran en su poder. Colón tenía una fibra de carácter leguleya y evasiva, que le llevaba a disculparse con los más peregrinos argumentos: cuando había rogado a los reyes que considerasen papel mojado el acuerdo con Roldán argumentó “que fue firmado a bordo de una carabela, donde no se usa el oficio de virrey”. Para este caso también reservaba una respuesta desopilante:

 

“Tenía que pagar a 330 personas y, en tanto no les hubiese abonado su salario, no estaba obligado a entregar las cuentas al tesorero 19”, maravillosa respuesta de doble filo que le permitiría ser un moroso, tanto con sus patrones los reyes, como con sus empleados, los colonos.

 

Es posible que semejante desparpajo hubiese dejado con la boca abierta a alguno de los pesquisidores:

 

Fueron testigos de ambas declaraciones Pero López Galíndez, Sebastián de Ocampo, Juan Pérez de Nájera…

Es de suponer que todos ellos serían personas de una cierta relevancia o que por razones de sus cargos habían estado presentes en los hechos que se estaban dilucidando 20.

 

Nájera había sido enviado al Bonao, donde don Cristóbal se había refugiado, para requerirle que soltara a los presos y se presentase en Santo Domingo: como se ha visto, con éxito. Sabría muy bien a que atenerse cuando Colón declarase en la pesquisa que no se le guardaba el rango de virrey (eso podría ser cierto), y además: Que él no convocó a los múltiples caciques guatiaos denominados Colón o sus derivados (Almirantico, Diego Colón, Cristóbal…) para ir contra ese don nadie de Bobadilla. Que no soliviantó a los hombres de su partido (Arana, Coronel…) para que cortasen las orejas al botarate del comendador de Auñón. Que no ocultó al fisco de los reyes un buen saco de perlas, que va, he perdido el saco. También debió ser incisivo el pesquisidor Galíndez, pues sufrirá represalias con sus encomendados a la llegada al gobierno de Diego Colón (hijo). En cuanto a Docampo, es probable que también se le encomendase alguna misión especial, aunque, de momento, no lo podemos saber. Podría haber sido el control de Bartolomé, alias el adelantado, que pululaba por la banda Sur de la isla.

La tercera deposición se tuvo el 26 y ya solo fue para jurar sus declaraciones. Acto seguido Bobadilla ordenará conducir a las naves a los dos hermanos, Bartolomé y Cristóbal, y se dará el placer sublime de organizar un simulacro de ejecución. Sin decir porqué o a donde, se los entregó a Vallejo, el capitán de la Gorda. La costumbre era que cuando los reos colombinos salían escoltados por los alguaciles, camino de las horcas del puerto, la de babor y la de estribor, el destino fatal estaba asegurado. Colón no pudo menos que interpretarlo así. Petrificado, como el que ha tocado un escorpión. Podemos imaginarlo con un hilo de voz, entrecortada, ahogada, el rostro lívido, preguntando al capitán:

 

—Vallejo ¿¡dónde me lleváis?

—Señor, al navío de vuestra señoría, a se embarcar.

—Vallejo ¿es verdad?

—Por vida de vuestra señoría que es verdad, que se va embarcar 21.

 

Ya a bordo de la Gorda los Colón aun tendrían la pesadumbre de escuchar los cuernos que fueron a tocar al puerto sus pasadas víctimas: casi toda la población, envalentonada, ahora que habían pasado el Gran Miedo y el Gran Hambre. Lo demás es historia novelada; si se pasó toda la travesía encadenado, como Colón afirma, o solo lo afirma, es cuestión que tiene nimia importancia. Nada tenía el genovés en contra de la humildad: cuando Vallejo lo desembarque en Sevilla conseguirá a buen precio un raído hábito franciscano para adornarse de esa guisa en la entrevista que le esperaba con los Reyes.

 Lo cierto es que las manos colombinas fueron apartadas para siempre de la colonia de Indias; y si los reyes, por una especie de prurito de conciencia, le permitieron navegar una última vez (cuarto viaje), la verdad es que no le hicieron ningún regalo. La hacienda Compostela recibirá la noticia del naufragio y los pormenores del parsimonioso salvamento, batirán cotas de saña que hubieran dejado tibio de envidia el propio Bobadilla. A los náufragos, tirados en una playa de Jamaica, se les exhibirá una presunta nave salvavidas e, ipso facto, se retirará de allí en un juego de prestidigitación, sin salvarles. Quien siembra vientos…

 

Existe una visión alternativa del Juicio de Bobadilla, para nuestros intentos más fresca, pues parece mejor enfocada desde la visión de Sebastián Docampo. Para empezar, nuestro personaje suscribe el instrumento con el nombre de su gusto, Docampo, no con ese estomagante De Ocampo que le asignan los notarios castellanos. No quiero decir que la obra que arriba se ha mal copiado (de Consuelo Varela e Isabel Aguirre), no sea insuperable en términos generales: según narra Varela encontró la fuente a través de una pesquisa casi policíaca en el Archivo de Simancas, en el llamado Legajo 13 “Incorporado Juros” y procede nada menos que del Consejo Real. Probablemente se trate de un traslado posterior a la muerte (1504) de Isabel “que santa gloria aya”.

Pero la fuente a la que ahora nos cambiamos, Carta de sus Altezas para Bobadilla con las respuestas del Almirante, dentro de la obra de cierta duquesa de Alba decimonónica Autógrafos de Cristóbal Colón y papeles de América 22, presenta la inestimable ventaja (que Varela reconoce), de trasladarnos las intervenciones de Bobadilla en directo (el documento simanquino apenas nos trasladan las observaciones del notario). Nos pone ante los ojos un proceso vivo, con réplicas y contra réplicas, en las que tal vez tuvieron un papel los testigos pesquisidores. Desde luego Colón era una perita en dulce para cualquier fiscal o acusador mínimamente experimentado: se contradijo, se auto acusó y cayó con todo el equipo.

En las primeras hojas del documento se contiene la carta en la que los reyes ordenan a Bobadilla que extirpe el dorado metal al señor Delorosehacetesoro para pagar, tanto a sus asalariados, como a los de la corona, a cual más famélico:

 

Os mandamos que averigüéis la gente que ha estado a nuestro sueldo y así averiguado la paguéis, con la gente que ahora lleváis, con lo que se ha cogido para nos en dichas islas, y cojáis y cobréis de aquí en adelante; y lo que hallarais que es a pagar a cargo del dicho Almirante, las pague el de forma que esa gente cobre lo que le fuere debido y no tenga razón de quejarse, para lo cual, si necesario es os damos poder cumplido por esta nuestra cédula 23.

 

Cara a cara, fase to face con el señor Cristóbal Colón, Docampo y los demás le comunicaron estas cosas. Sería de ver el semblante del almirante, habitualmente lívido, aunque un observador atento tuvo que apreciar cierto tic habitual en él, cuando se enteró del permiso real a Bobadilla para apropiarse del oro que tenía almacenado.

 

En 15 del mes de septiembre de 1500 años se notificó esta cédula de sus Altezas, originalmente en faz y presencia del señor Almirante. Testigos, Pero López Galíndez e Francisco Velázquez e Sebastián Docampo e Juan Pérez de Najar e otros muchos 24.

 

El 15 de septiembre Colón estaba recién llegado a Santo Domingo, después de mil peripecias en la selva. Sin tiempo siquiera a refrescarse, se le empieza el proceso. La sangre se le agolparía en los oídos: estaba a punto de caer de su columna de mármol a la cárcel y, casi seguro, de subir al patíbulo estilo Balboa. Tal vez por eso, Colón en su respuesta cometió un error de pipiolo, joder, reconoció los hechos. Me hace eso a mí un defendido y lo estrangulo. Perdón.

 

El señor Almirante respondió que el tiene cartas de sus Altezas en contrario de esta; por ende, que pide por merced al señor comendador y requiere la guarda de dichas cartas que tiene de sus Altezas, y que a la paga, esto que es cosa de cuenta, que está presto a estar a ella y darla. Testigos, Pero López Galíndez e Francisco Velázquez e Sebastián Docampo e Juan Pérez de Najar e otros muchos 25.

 

Si le llamas comendador a Bobadilla (en vez de gobernador), es que no reconoces el nombramiento realizado nada menos que por sus altezas. Te has rebelado, tú lo has dicho. Para colmo se había negado a obedecer las cédulas de los Reyes Católicos. ¿Para qué hacía falta más? Pero Bobadilla tenía unas mandíbulas muy frías.

 

El señor gobernador dijo que esta carta le dieron sus Altezas, y que vista otra en contrario, que se cumplirá lo que sus Altezas mandaren y que en Castilla tienen sus Altezas contadores ante quien está asentado todo y lo determinarán si se debe de guardar y lo uno y lo otro, pero que en tanto el hará lo que sus Altezas le tienen mandado. Testigos, Pero López Galíndez e Francisco Velázquez e Sebastián Docampo e Juan Pérez de Najar, etc. 26

 

Sin alterarse mucho, el comendador de Auñón le requirió para que entregase el oro y las otras cosas de los reyes que tenía en su poder. Luego, lo engrilló y lo puso en manos del capitán Vallejo, dejándole en la duda existencial de si el viaje programado tenía por destino el Hades o España. Ya más relajado, Bobadilla iniciará la segunda parte del proceso, dejando en manos de notarios y escribanos la deposición de testigos por materias: sección de ahorcamientos, tormentos, azotes, amputaciones, maltratos, etc. A decir de Colón Bobadilla eligió para la probanza a los testigos que quiso, y esto también puede que fuera cierto. Si lo que narraron hubiese sido la estricta realidad, no se entiende como no lo ejecutaron allí mismo. Aunque a esta prolongación de la vida sin duda contribuyó la prohibición de los reyes para que, jamás de los jamases, volviese a pisar la isla Española.