lunes, 4 de julio de 2016

LOS 10 PUEBLOS MÁS BONITOS DE GALICIA

LOS 10 PUEBLOS MÁS BONITOS DE GALICIA: 2) PAZOS-SHALOM DE BOBORAS


         Puede que te baste el ver unas cuantas casas de piedra para imaginarte un “Barrio judío”. El Rivadavia o el de Allariz (prov. de Ourense) serán muy recomendables. Así pues, estás allí, el guía te muestra unos edificios con tienda en la planta baja y tú vas, te aprietas las sienes, y seguro que ves a los mercaderes hebreos acariciando sus telas de raso y hasta puede que divises al cambista o al alcabalero haciendo una torre de monedas. Tal vez en ese momento te entre una sombra de duda y te digas que ese barrio es exactamente igual a la zona de copas de Sanxenxo, de Pontevedra o de A Coruña pero ¿qué más da? La fantasía es libre y un palo seco sirve para evocar las carabelas de Colón. A lo mejor participas en una “Festa da Historia” y un señor vestido de chilaba te vende un queso parmesano, no, quiero decir jerosolimitano.
   
         Pero el ciclista no tiene esa suerte de imaginación. Como Santo Tomás, necesita ver, oler y palpar. Lo que quiere decir que para evocar con arrepentimiento la “solución final” que aplicamos a nuestros vecinos, los judíos gallegos, necesita ver cosas. Cosas como la estrella de David inscrita sobre la piedra de un arco. Cosas como el sello de Salomón grabado en el dintel de la puerta de una casa. Cosas como la recóndita plaza donde asoma una casa gótica en cuya fachada aparece grabada en bajorrelieve la Menorah, el candelabro de siete brazos. Así sí que puede percibir frente a sí enfrente a aquel orgulloso médico llamado Moisés Pérez al que, cuando le ordenaron dejar su casa y recluirse en el gheto, respondió: “Ni soy ourensano ni lo quiero ser”. Desde 1386, cuando la razia del duque de Lancaster, empezó la persecución y la reclusión en Calls o barrios, iniciándose una espiral que acabaría, un siglo después con el alucinante trilema: o incineración o conversión forzosa o expulsión. En el ínterin, pequeñas falsas treguas que engendraron enclaves recónditos en los que aun era posible subsistir.

         El complejo Pazós-Shalóm es una de estas inesperadas sorpresas. El ciclista encontrará allí muchas inscripciones hebreas que proclaman sin ambages la presencia del pueblo de Israel. Pero el lugar satisfará también a otro tipo de curiosos. Que no busquen más los seguidores de Dan Brown: si lo que quieren son Prioratos de Sión, cruces invertidas o enigmas Templarios, no encontrarán pueblo más evocador. Perdéis el tiempo en esas cutres abadías francesas, creedme.


El ciclista cree haber hecho una buena elección con la ropa ligera con que desde Sanxenxo aborda carretera Pontevedra-Ourense (hasta el cartel BOBORÁS.- PAZOS.-SALÓN). Pero cuando se le congelan los dedos comprende que eso no se aplica a primera hora de la mañana. Perciben un sinfín de praderas de narcisos, jacintos y cartuchos; un paisaje que apreciaría más si las lágrimas no le dificultasen la visión. La ruta hacia Pazos es descendente, lo que incrementa la sensación gélida (si bien, en verano, permite disfrutar de unos hermosos bosques caducifolios en caída libre hacia el río Arenteiro). Ya cerca de Pazos, comprende que tiene que parar en un café para recuperar el pulso. La media docena de desayunadores reparte sus preferencias entre el licor-café y el orujo. De tapa, cigarrillo. Mientras degusta su café con leche y su magdalena (como si fuese el vaquero que pide zarzaparrilla) comprueba que un rayo de sol comienza a dorar las tres piedras de armas del pazo de los Feijóo, aquí, enfrente. Es el primero de la larga serie que conforma el pueblo de Pazos, un pueblo echo a base de idem. Ya recalentado termina el descenso y alcanza la verde parada de autobús que indica la bifurcación: a la derecha, Salón; a la izquierda Pazos.

Pazos y Salón conforman un conjunto monumental caracterizado por residencias palaciegas e inscripciones judías. Apenas los separa un kilómetro. Pero su consideración administrativa es distinta (Hombre rico, hombre pobre): Pazos es Monumento Nacional; Salón... digamos que Decremento Nacional por no aplicar otra rima en “cremento” (aplicable más bien a las autoridades). En Pazos, destaca la riqueza palaciega; en Salón, al herencia cultural judía.

Abraham y el cordero
La temperatura ha subido cuando cruza el puente de entrada a Pazos, pero el aire aun es limpio y cristalino, ideal para las fotos. Antes de pasar más adelante, será conveniente advertir del especial carácter del cicloturista que, con  frecuencia, se ceñirá a un solo objetivo y dejará cosas por ver. El placer consiste en el propio viaje que muchas veces lleva el cuádruple de tiempo que la visita. Es como la afición a la vela en el mar. Esto viene a cuento de que en Pazos el turista automovilístico no dejará de ver nada: los siete pazos, los puentes, el Pozo de los Humos (la cascada), la cárcel de los templarios… El ciclista irá a lo suyo, a lo que tiene en mente. Se siente feliz del solemne silencio, impregnado de melancolía, que reina en el pueblo y que le permitirá evocar el drama de los hebreos, cuyas inscripciones va a perseguir sin hacer mucho caso de las labras heráldicas ni de los palacios de esta Santillana del Mar gallega.


El ciclista termina de penetrar en el pueblo y llega a una calle que hace “T” con la ruta de entrada, llamada La Calle. El sol naciente tiñe de naranja las ancestrales piedras de los edificios mientras decide ¿a la izquierda? ¿A la derecha? Entonces oye un miau por la izquierda y se va para allí. Antiguas mansiones de sillares de granito, pero por este lado no se pueden considerar palacios. Balcones de hierro, escaleras de patín. El suelo de piedra ha sido restaurado, pero no montes la bici o te perderás muchas cosas. Dos gatazos dorados toman los primeros rayos sobre las vigas de una casa que ya ha perdido su tejado, como muchas. Clavan sus ojos verdes en el ciclista que fotografía desde abajo esta visión celestial. Reanuda su camino algo somnoliento el también cuando de pronto una voz de las alturas le grita:
─¡Eh! ¡Ahí hay algo que ver!
Mira al cielo y dos matronas, cada una en su ventana de un primer piso, le señalan con el dedo una plazoleta lateral que se había dejado atrás. ¿Cuál de las dos?
─Ah, gracias.
Sin dejar de mirar un cártel de bronce que pone “O Cárcere” saca la máquina de fotos y comprueba que hay una ventana con rejas. ¿Una cárcel? Bueno, digamos que sí. En ese momento la voz de antes, que ahora se hace maternal, vuelve a resonar en las alturas:
─La piedra, neno (niño), la piedra.
Al mirar hacia la amplia losa que hace de dintel a la cárcel ve la cruz de la orden de Malta con sus cuatro “uves”, una en cada brazo. El ciclista ve también dos círculos o esferas que se pone a estudiar -con ayuda del Internet de su maravilloso móvil-. ¿Serán las dos esferas alquímicas de “la forma en potencia” y “la materia en potencia”. Bah,  demasiado profundo para alguien que ha desayunado sólo una magdalena.

De momento, desanduvo el tramo que había hecho de la “T” y empezó con el otro. La cosa se puso interesante enseguida porque a poco de empezar se topa con el arco o portada de un palacio en  cuya piedra superior reconoce con toda claridad la estrella de David, el exágono que simboliza a Israel, circunscrito en un círculo. En el visor de su máquina de retratar ver otros dos símbolos que le dejan pensativo. Uno de ellos parece una columna, otro una “Y”  cuyo brazo izquierdo presenta una sub-rama. Cuando ya se dispone a seguir viaje un nuevo símbolo le salta a la vista. En la piedra inferior derecha del arco está representado un hombre boca abajo. Se fija mejor y ve sobre la figura la cruz, una cruz invertida. ¿Signo demoníaco? ¿Alusión a los sacrificios rituales que se imputaban a los judíos? Al ciclista le vienen a la memoria las prédicas de Semana Santa en los albores del s XV: era costumbre acusar a los judíos de azotar la cruz el día del Viernes Santo.







Mas adelante está la iglesia con dos portadas, una románica y otra muy extraña ¿manuelina?, coronada por dos lunas en creciente. Dentro parece que hay una virgen de la leche, (una mamisi a la egipcia), pero el cicilista no puede verla porque está cerrada. ¡Malditos turistas! Más adelante aparecen varios pazos; el primero es el de la Encomienda al lado de la iglesia que albergó al verdadero patronato de Sión y aun tiene labrados sus símbolos. Chitsss... mejor que no se entere Dan Brown... Luego pazos y pazos y torres y murallas y almenas, grandes chimeneas heráldicas, escudos de toda laya, y casas porticadas y extraños relieves como el de Abraham sacrificando al cordero. Escudos con eses, con bordes enrollados como pergaminos pétreos, barrados... Puertas artesonadas que empiezan a pudrirse, esto no será eterno, creo que pronto lo barrerá la poderosa naturaleza verde de Galicia. A la salida del pueblo un porche-jeep intenta entrar por una calle que no da el ancho, estampando al ciclista contra la pared, como una mosca. La piedra hace retroceder al maligno, que no la carne y la sangre ciclista. El vehículo da marcha atrás unos metros y hace bajar su ventanilla para interpelar a un paisano que el ciclista reconoce como de los simpatizantes del licor-café:
─¿Y usted sabe dónde está el Pozo de los Humos?
─Sí hombre, tiene que bajar al puente y luego subir un kilómetro por la ribera. Pero el coche le va a quedar más delgado.
─Bah, menudo imbécil el que me habló de este pueblo.
Y se marcha. El puente, sólo para valientes, tiene grabado el santo sepulcro: el ciclista lo escribe por si le lee un amante de las cascadas.


Él no es. Desanda la ruta hasta el apeadero verde y toma el ramal de Salón, el pueblo judío “desprotegido” por las autoridades.

El pentaclo

Ventaba gótica
¿Que dice ahí?
¡Más segura sin ventanas!
La menorá


Salón o Shalom es un  auténtico festival de pentaclos o sea la pentagonal estrella de Salomón y menorás, el candelabro de 7 brazos. Te aconsejo pases un buen rato buscándolas en los dinteles de las casas: así, te darán las dos y… ¡a papar! ¡A papar!

La Aldea Rural, en Pazos es un conjunto pacego admirablemente restaurado por una pareja, gallego él, checa ella. Dan las mejores carnes a la brasa de todo Ourense pero ¡cuidado! ¡De vuelta a Sanxenxo hay que escalar el Alto da Crus! Va, también tienen camas y al día siguiente, con la fresca, ¡seguro que llegas!

1 comentario:

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