miércoles, 4 de enero de 2023

DERECHO DE ACRECER: POSIBILIDADES

Las cataratas de A Barosa, foto recurrente ¿tendrá que ver el hallarse
  a una hora en bici de Sanxenxo, atravesando la llanura del Salnés?

SUMARIO
1.-LA GUERRA DE UCRANIA
2.-DERECHO DE ACRECER: POSIBILIDADES
3.-DOCAMPO VERSUS COLÓN 


1.-LA GUERRA DE UCRANIA

La guerra ha superado hasta las heces los límites del dolor: a los drones que pulverizan barrios con el mensaje de "Feliz Año Nuevo" pintado, responden los Himars, que la propaganda quiere manejados por una especie de Papa Noel, achicharrando en una escuela a cientos de pobres reclutas rusos. Lo único ¿bueno? es que los combatientes recuerdan a los chulapos de Goya, peleando a garrotazos con las piernas enterradas hasta las rodilla: están extenuados. Rusia, su ex-glorioso ejército, sorprende: nunca hubiésemos pensado que requiriese el auxilio de la teocracia instalada en el Pérsico: el Rey está desnudo. En cuanto a Ucrania ¿habrá un plan Marshall capaz de reconstruir un país que ya recuerda una especie de Dresde extendido? ¿En los tiempos de los aranceles y el boicot? La vieja Europa, por su parte, hace honor al papel que le asigna el rubio que cabalga mostrando pectorales: una marioneta. Lo peor es que no le queda más remedio que llegar hasta el fin (cualquiera que este sea): los bálticos y los nórdicos, tuercen su mano; en particular Polonia, a quien las ramas sí le dejan ver el bosque.  Alemania lloriquea: que esto acabe, que esto acabe... como sea. En cuanto a España, tanto han crecido los Pirineos que no atisbamos nada de lo que hay al otro lado: bah, mientras de vez en cuanto nos arrojen una cesta de millones por encima de las cumbres nevadas del Aneto, nosotros tranquilos.

Pues eso, que esto acabe.




2.-DERECHO DE ACRECER: POSIBILIDADES

El funcionamiento del derecho de acrecer cuando el testador no nombra sustituto (es decir, el de unos herederos de hacerse con las porciones de otros testados conjuntamente, premuertos o renunciantes), tiene mucho que ver con el de la selección de platos en un restaurante. Si se testa “a la carta”, no existe derecho acrecer. Si el testador elige el “menú”, si hay lugar a dicho derecho.

Abramos el apetito repasando las cuatro  posibilidades más frecuentes:

1.-Designación de herederos por cuerpos de bienes separados (o sea heredero “a la carta”): No hay derecho de acrecer. Se entiende que el testador quiso dejar a cada uno algo concreto, una cosa y no otra, algo individualizado “numéricamente o por señales”. Por ejemplo: “dejo a Juan el BMW y a Manuel el piso en calle del Pez”. O “dejo a Juan 10.000 euros y a Manuel 60.000 euros”. Si Juan premuere, renuncia o es incapaz de suceder sin designación de sustituto, su parte no acrece a Manuel. Ni a la viceversa. ¿Qué pasa con ella? Si hablamos de un legado, se refunde en la masa de la herencia; si no, nos vamos a la intestada salvo previsión testamentaria.

2.-Designación por partes iguales (heredero de “menú”): Sí hay derecho de acrecer. Se sobreentiende que al testador le da lo mismo Juana que su hermana; así, si testa “instituyo herederas por partes iguales a Juana, Pepa y María”, caso de que premuera Juana sin sustituto, su parte acrece a sus hermanas

  3.-Designación por partes “muy” desiguales (heredero mixto de “menú-carta”): No hay derecho de acrecer. La jurisprudencia interpreta en tales casos que el cariño no era exactamente el mismo, y la parte del premuerto o renunciante sigue el camino previsto en el supuesto (1.-). Nos sirve como ejemplo el que resuelve la Resolución DGRN de 21/05/2014: se trata de una institución en que a uno le correspondió un 18% indiviso y a otro un 82% indiviso. Dice “cuando hay partes alícuotas fijadas numéricamente de modo desigual, estas implican una fijación numérica especial e individualizadora, y no una simple medida redundante de la concurrencia, con ocurre con las partes iguales”.

4.-Designación por partes iguales por subgrupos, o sea, desiguales por cabezas (“menú de los sábados: cocido”): Sí hay derecho de acrecer. Se refiere, valga el caso, a la institución de dos hermanos, cada uno en un tercio de la herencia, y un grupo de tres sobrinos, en el tercio restante, como el que resuelve la STS de 06/11/1962. Nuestro máximo órgano jurisdiccional rechaza que en este supuesto no exista derecho de acrecer, puesto que la exclusión exige “que se adscriba a un heredero o grupo de herederos un cuerpo cierto de bienes concretos y determinados”. Entiendo que en tal caso, no es necesario el parentesco entre los miembros del subgrupo (podría componerse de un sobrino, un tío y un ahijado), pues la Sentencia nos dice que no se altera el sentido de la cláusula por la formación de un subgrupo y que, en realidad es “una orden de formar tres partes con la herencia” (o sea, igual a 2.-). El acrecimiento se produce, primero dentro del grupo; sólo después con el resto de las partes.

 

Naturalmente todo esto da mucho juego a nuestros espléndidos letrados, ya que, como se ha visto, en el fondo se trata de averiguar la voluntad del testador; es decir, el si le da lo mismo “Juana que su hermana” o no, todo lo cual podrá deducirse de otras partes del testamento o, incluso, de los tan demonizados “medios de interpretación extra-testamentarios”.   

 



 3.-DOCAMPO VERSUS COLÓN

Hasta aquí hemos ido de salvajada en salvajada hasta la masacre final. Y... de repente... un hombre tan humano que era humanista, bueno, leal, culto, valiente, fiel... ¿cómo es que se nos aparece una perla en semejante estercolero? Sigue la historia del notario Diego Méndez, alias "El Canoa".


-4-

Diego Méndez

Lo bonito entre lo feo

 

Esta viene siendo una historia de personajes bestiales, despiadados, desleales, indignos de un Dios cuyo nombre no saldrá de sus bocas. Y de golpe, la luz de un flash ilumina el fondo de la escena. De repente, aparece un actor que vuelve a reconciliarnos con el género humano. Un diamante en la cochiquera, un hombre leal, un carácter noble, un fiel amigo, un sabio, amante de la más alta cultura de su tiempo. Lástima que todas esas buenas cualidades las dedicase a un compañero indigno de las mismas, Cristóbal Colón.

Habíamos dejado a Colón, febril en su cuarto viaje, realizando una singladura fantasmagórica a lo largo de la actual Centroamérica, atado en un lecho sobre el castillo de popa mientras que va descubriendo lugares alucinantes: La India, Japón, el Quersoneso de Oro o sea el estrecho de Malaca, el Catayo (China), el pezón paradisíaco, la posada de los Reyes Magos. A la postre, la gusanera que devoraba su cabeza no menos que sus naves, no le permitió siquiera alcanzar el refugio que pretendía en La Española y debió vararlas en la jamaicana playa de Santa Gloria. Como de costumbre, alguien encabezará una rebelión, esta vez no será un Roldán, que será un Porras. La esencia, la misma, lo insoportable de su yugo arbitrario, la necesidad de comer dos veces al día, la reprimida sexualidad de los marineros que busca desfogarse con las mujeres y las hijas de los naturales. Estamos ya en 1503.

Giremos ahora el foco hacia la costa española más cercana, Azua, donde se ha instalado un encomendero de indios que se hace llamar Campo o El comendador Gallego, y a su hacienda, Compostela, debido a que esta era la región de donde procedía en Galicia 1 (nosotros mejor diríamos, de donde blasonaba). Bien cumplido el 1503 se producirá una novedad relevante, que damos en palabras de Tomás Oviedo, citado por Máximo A. Noboa:

 

“Diego Velázquez llegó a la vecindad donde radicaba (…) Gallego y allí conoció a Diego Méndez, acordando proceder a la fundación de la Villa, bautizándola simplemente con el nombre de La Natividad de Nuestra Señora de Compostela de Azua… 2”.

Años después la villa recibirá como escudo de armas “una estrella de plata en un campo azul, y en los bajo unas olas de plata y azul”: los famosos estrella y campo de O Campo Estela que rememoran, con su reflejo lúgubre y misterioso, aquel lucero que en un día ya arcano se había posado sobre la tumba Santiago Zebedeo, allá en la no menos misteriosa Galicia.

 

¿Qué diablos hace en Azua Diego Méndez, un tripulante del cuarto viaje de Cristóbal Colón, naufragado a muchas leguas de allí? ¿No estaba prohibido que los colombinos se acercasen siquiera a La Española? ¿Qué motivo tan poderoso podía tener Méndez para poner su cuello tan cerca de la soga? Sin contar con que Campo Gallego, que había sido pesquisidor de Colón con Bobadilla, tuvo que haber pensado: Esto es una provocación. ¿Acaso no es éste el tal Méndez, el hombre de confianza del genovés, el que todavía le adora, el que se había jugado el tipo en el viaje de ida intentando el desembarco en Santo Domingo?

 Lógicamente falta aquí un eslabón del relato: la narración de una de las más formidables hazañas de valor, heroísmo náutico y amistad; una auténtica Odisea con la ventaja de que, esta, sucedió de verdad.

 

En 1503 llega Diego Méndez a este poblado cuando buscaba ayuda de parte de Ovando para Colón, que estaba varado en Jamaica a causa de una tormenta que los había alcanzado… Gallego (Sebastián Docampo), encomendero español que había fundado la hacienda de Compostela cerca de este pueblo de Azua, le informa del paradero de Ovando 3.

 

La crónica de la hazaña de Diego Méndez alias Canoa, a bordo de un tronco horadado, la sádica actitud de Ovando ante la petición de auxilio de Colón y el equívoco papel de Campo en aquella tragicomedia serán pues, el objeto de este capítulo.

 

 El lector no va a poder evitar un suspiro de alivio al conocer, después de tanto mafioso, a la persona de Diego Méndez, un hombre muy sano y cabal, competente a más no poder, de esos que no se rinden hasta que logran su objetivo, y cuyo amor eterno por los libros le deja a uno pasmado, pues pensarías que semejante querencia estaba excluida en el mundo de los asesinos y de los ladrones.

Diego era medio portugués o portugués del todo y eso era una ventaja para entrar en el corazón del genovés, que, lo que se dice querer-querer, solo quiso a portugueses/as. De muy niño, pasó con su padre a Portugal en servicio de la casa del conde de Penamaçor. Como representante del luso, era de los que estaban en Granada cuando Colón firmó las capitulaciones, y, desde luego, presenció en Barcelona la triunfal recepción al almirante en 1493, cuando vino a dar parte del Descubrimiento de nosequé. No es normal la devoción y reverencia que profesó al genovés desde entonces; semejante deslumbramiento debió tener algún tipo de causa psicológica. Creo que debemos considerar seriamente la posibilidad de que Méndez profesara esta actitud ante el genovés por el hecho de que fuese un personaje histórico, un Mesías caído de los cielos, encargado de traer a lo mortales una buena nueva, un héroe de libro como Odiseo, Jasón o Marco Polo. Méndez pudo haber sufrido la afección quijotesca de exceso de lecturas. Él era a su vez un personaje especial. ¿A cuál otro de aquellos barbudos conquistadores pudo, si no, ocurrírsele la idea de fundar un mayorazgo como éste?:

 

en el arca grande que está en Santo Domingo quedaron dos libros: el uno, el Dante, el otro Valerio Máximo, y otros tratados que yo tengo aquí, que son el Tulio, De oficiis, y Josefo, De bello judaico, y otros dos libros que se dicen Lingua… y otro libro de la Tierra Santa y el Inquiridión, y algunos otros tratados que hallarán en mi arca. Estos libros dejo a mis hijos por mayorazgo y les mando, so pena de mi bendición, que no los den, ni truequen, ni cambien, ni presten a nadie, ni salgan de su poder, sino que lean en estos continuo porque son muy buena doctrina 4.

 

Un hombre que se preocupa de establecer un mayorazgo de libros que los primogénitos conservarán de generación en generación, en vez de sobre viñedos, olivares y tierras de pan llevar, rarito, rarito. Un tipo peculiar que hará que nos mordamos las uñas cuando imaginemos las charlas a tres que se podrían tener en Azua frente a una buena barbacoa de vaca, entre el erasmista y culto Méndez, el notario Hernán Cortés, a la fin y a la postre un universitario latinista, y nuestro Docampo, de quien lo máximo que hemos podido comprobar es que sabía leer y escribir en gallego. Al menos, cuando hablasen de batallitas, Méndez y Docampo sentirían un regustillo de superioridad; Cortés lo único que había conseguido era participar en ruines cabalgadas para escuderos, como las del Higüey.

Méndez se enroló en el cuarto viaje, el crepuscular de Colón, según Las Casas como, escribano. Un notario poco recomendable puesto que, aparte de en un catálogo de libros, convirtió su propio testamento en una estupenda novela de aventuras: las suyas 5. ¿Qué qué aventuras? Pues el salvamento de Colón, el típico náufrago de comic viendo pasar los meses en paños menores, bajo una palmera. Recordemos que lo habíamos dejado tirado en la playa de Santa Gloria, las dos carabelas sobre la arena, fuertemente amarradas una a la otra, conformando una especie de fortaleza; los marineros, sublevados, como de costumbre, los indios, diciendo: ¡iros de aquí antes de que os matemos! Mediados de 1503. El genovés, que se ha llevado a la aventura a su 2º hijo Hernando Colón y a su hermano Bartolomé, redacta sobre la playa una angustiada carta de petición de auxilio:

 

ni la lengua de un hombre mortal pueden expresar la angustia y aflicción de mi espíritu y cuerpo, ni la desgracia de mi hijo, hermano y amigos; porque aquí ya llevamos más de diez meses aposentados en las cubiertas de nuestros barcos, que están encallados en tierra y amarrados juntos. Aquellos de mis hombres que estaban sanos se han amotinado bajo los Porras de Sevilla; mis amigos que fueron leales están en su mayoría enfermos y muriendo. Hemos consumido las provisiones de los indios y así nos abandonan… 6

 

¡Tiene éste bemoles Colón! ¡Mira que reconocer que el que no se le amotina es porque no puede y que ha quitado la comida de la boca a los indios! Llegó a estafar a los naturales, amenazando con robarles la Luna, para lo que se valió de la predicción de un eclipse según el almanaque de Zacuto. Acojonados al ver como el cono de sombra, en efecto, iba tragándose el satélite, los naturales corrieron a llevarle las escasas provisiones que les quedaban; si hubiera estado previsto uno de Sol, les hubiera birlado incluso el oro. Para un fiscal, Colón sería un acusado de dulce.

 

Enfermos y muriendo. Se llegó a la conclusión de que había que ir en busca de socorro a La Española cruzando alta mar, a pesar de no contar con una embarcación adecuada. ¿Por qué no a bordo de un madero horadado? Los indios las llaman canoas y las fabrican quemando un tronco de árbol por dentro y excavando los tizones. Se buscaron voluntarios para la misión suicida. A partir de aquí vale la pena seguir la historia literalmente a través del testamento de Méndez, pues si bien, a lo largo de su vida, el que esto escribe ha visto de todo en materia de testamentos, amor, odio, resignación, indiferencia, venganza, jamás ha tenido la suerte de ser testigo de un Testamento de Aventuras. Conversan Colón y Diego Méndez:

 

—Diego Méndez, hijo, ninguno de cuantos aquí yo tengo siente el que gran peligro en que estamos sino yo y vos, porque somos muy poquitos y estos indios salvajes son muchos y muy mudables y antojadizos, y en la que hora que se le antojare de venir y quemarnos aquí donde estamos en estos dos navíos hechos casas pajizas, fácilmente pueden echar fuego desde tierra y abrasarnos aquí a todos: y el concierto que vos habéis hecho de traer los mantenimientos que traen, de tan buena gana mañana se les antojará otra cosa y no nos traerán nada y nosotros no somos parte para tomárselo por fuerza, si no estar a lo que ellos quisieren. Yo he pensado un remedio si a vos os parece: que en esta canoa que compraste se aventurase alguno a pasar a la Isla Española a comprar una nao en que pudiesen salir de tan gran peligro como este en que estamos. Decidme vuestro parecer.

Yo le respondí:

—Señor, el peligro en que estamos yo bien lo veo, que es muy mayor de lo que se puede pensar. El pasar de esta isla a la Isla Española en tan poca vasija como es la canoa, no solamente lo tengo por dificultoso, sino por imposible: porque haber de atravesar un golfo de cuarenta leguas de mar (unos 200 km.) y entre islas donde la mar es más impetuosa y de menos reposo, no sé quién se ose aventurar a peligro tan notorio.

Su Señoría no me replicó, persuadiéndome reciamente que yo era el que lo había de hacer, a lo cual yo respondí:

 —Señor, muchas veces he puesto mi vida en peligro de muerte por salvar la vuestra y de todos estos que aquí están y Nuestro Señor milagrosamente me ha guardado y la vida, y con todo no han faltado murmuradores que dicen que vuestra señoría me acomete a mí todas las cosas de honra, habiendo en la compañía otros que las harían tan bien como yo: y por tanto paréceme a mí que vuestra Señoría los haga llamar a todos y les proponga este negocio, para ver si entre todos ellos habrá alguno que lo quiera emprender, lo cual yo dudo; y cuando todos se echen de fuera, yo pondré mi vida a muerte por vuestro servicio, como muchas veces lo he hecho.

Luego, al día siguiente, su señoría los hizo juntar a todos delante de sí y les propuso el negocio de la manera que a mí, y oído, todos enmudecieron… Entonces y me levanté y dije:

—Señor, una vida tengo no más, yo la quiero aventurar por servicio de vuestra Señoría y por el bien de todos los que aquí están, porque tengo esperanza en Dios nuestro Señor, que vista la intención con que yo lo hago, me librará como otras muchas veces lo ha hecho.

Oída por el Almirante mi determinación levantóse y abrazóme y besóme en el carrillo, diciendo:

—Bien sabía yo que no había aquí ninguno que osase tomar esta empresa sino vos: esperanza tengo en Dios nuestro Señor saldréis de ella con victoria como de las demás que habéis emprendido 7.

 

Méndez dice que al día siguiente,

 

yo puse una canoa a monte y le eché una quilla postiza y le di su brea y sebo; y en la popa y en la proa clavéle algunas tablas para defensa de la mar que no se me entrase como hiciera siendo rasa; y púsele un mástil y su vela y metí los mantenimientos que pude para mí y para un cristiano y para seis indios, que éramos ocho personas y no cabíamos en la canoa…

 

La primera intentona resultará fallida ya que al llegar al extremo de la isla fue asaltado por indios. Los eclipses dan para lo que dan. Escapó por los pelos. La siguiente intentona en fuerza será con dos canoas, diez hombres en cada una; la segunda al mando del italiano Fiesco. Aprovechando una calma, se harán a la mar: “Habiendo metido cada indio en sus canoas su calabaza de agua y algunas especies que usan, y el cazabi, y entrando en ellas los cristianos con sus rodelas y bastimentos 8”. El problema será con los españoles; los indios “aunque se le aneguen las canoas, las vuelven a enderezar nadando y se meten en ellas 9”. La fortuna les proveyó de buen tiempo “animando a los indios a bogar, con aquellas palas que usan en lugar de remos; y siendo el calor más intenso, para refrigerarse se arrojaban al mar para nadar un poco y luego volvían frescos al remo 10”. Pierden de vista tierra, navegan toda la noche sin parar “tomando ellos mismos (los cristianos) alguna vez los remos 11”, no viendo más que agua y cielo. “Por esto y por el mal gobierno de los indios que con el gran calor del día y de la noche pasada se bebieron toda el agua sin mirar adelante… cuanto más se levantaba el sol el segundo día, tanto más crecía el calor y la sed… por el cuidado y vigilancia de los capitanes (habían reservado) dos barriles de agua… y con esto socorrieron con algunas golillas a los indios 12”.

Empezaron a perder el ánimo; las corrientes entre Jamaica y La Española son contrarias por lo que el camino parece más dilatado, puesto que se padece más. Llegada la tarde, echaron al mar un indio muerto de sed. Al salir la luna aquella noche, Diego Méndez reparó en que una isleta se recortaba sobre el círculo de luz plateada, a modo de eclipse extraño: la isla Navaza permitirá a los indios llenar sus calabazas con el agua de la lluvia allí apozada y cuyo mal estado provocará nuevas muertes. Al día siguiente, bogaron derechos al cabo San Miguel extremo occidental de La Española, donde serán socorridos por gentes de tierra. Aún quedarán 130 leguas de cabotaje a Santo Domingo, a lo largo de la costa sur de la isla.

 

navegué cinco días y cuatro noches que jamás perdí el remo de la mano gobernando la canoa, y los compañeros remando 13.

 

Ahora es cuando Campo hará su entrada en escena y tal vez su papel no haya sido especialmente glorioso. Habría que preguntarle muchas cosas a éste gallego del partido del Rey. Dentro de unos años, seis para ser exactos, comprobará su error. Había pensado que el partido de los Colón estaba acabado, y verá que no era verdad o no del todo. Sigue Méndez:

 

Y tomé seis indios de allí, dejando los que llevaba, y comencé a navegar por la costa de la Isla Española, que hay desde allí hasta la ciudad de Santo Domingo 130 leguas que yo había de andar porque estaba allí el Gobernador, que era el Comendador de Lares; y habiendo andado por la costa de la isla 80 leguas, no sin grandes peligros y trabajos porque la isla no estaba conquistada ni allanada, llegué a la provincia de Azoa (Azua) que es 24 leguas antes de Santo Domingo, y allí supe del Comendador Gallego como el Gobernador era partido a la provincia de Xuragoa (Xaragua)  a allanarla, la cual estaba 50 leguas de allí. Y esto sabido, dejé mi canoa en tierra y tomé el camino por tierra de Xuragoa, donde hallé al Gobernador, el cual me detuvo allí siete meses hasta que hizo quemar y ahorcar 84 caciques, señores de vasallos, y con ellos a Nacaona (Anacaona), la mayor Señora de la isla a quien todos ellos obedecían y servían 14.

 

Ergo, Campo Gallego no participó directamente en la masacre de Xaragua. Había optado por la colaboración desde la retaguardia. Y al comendador de Lares, Ovando, no le parecerá mal la cosa y hará algo por él: seis años después le encomendará la misión de desmentir la fantasía colombina (Cuba es China), asentando en ella a los cristianos previo bojeo de todo su perímetro. Queda por ver si Campo colaboró, por activa o por pasiva, en el espantoso rasgo de sadismo que el de Lares tendrá a continuación hacia Colón. Es mas que probable que sí, dado que uno de los negocios de Sebastián consistía precisamente en la organización de expediciones de rescate, como la que armará para Balboa. El propio don Cristóbal se maliciaba que su carta podría no ser bien recibida en La Española, dado el maravilloso recuerdo que su gobernación había dejado; por eso, se cura en salud y recuerda finamente que él, no es que haya regalado a la monarquía unas islitas de mierda, sino un conglomerado infinito formado por América y Asia juntas.

 

Si Dios es tan misericordioso conmigo como para llevar a Méndez a España, no dudo que el hará comprender a S.A. y a mi gran Señora, que esto será sólo Castilla y León sino un descubrimiento de un mundo de súbditos, tierras y riquezas mayor que la fantasía de un hombre hubiese podido concebir o desear su avaricia 15.

 

Puede que Colón se hubiese hecho merecedor de lo esto o de lo otro, pero el rasgo de sadismo que vamos a ver en el comendador de Lares es de los que espeluznan. Los hechos, serán los siguientes:

Ovando se tomará el rescate de Colón con una parsimonia digna del santo Job; se impone la sospecha de que, informado del estado febril del almirante, se ha propuesto dejar a la naturaleza la tarea que quizá los reyes le han encargado: deshacerse discretamente de la mafia genovesa por vía del R.I.P. Durante siete u ocho meses Ovando no moverá un dedo, a ver si así se le quita a los Colón el vicio de acercarse a La Española. El almirante no se llama a engaño, barrunta que estamos aquí ante otra ofensa como el simulacro de ejecución de Bobadilla con la que directamente la compara:

 

¿por qué no me mató Bobadilla cuando nos robó a mí y a mis hermanos el oro que habíamos adquirido a un alto precio y nos mandó a España en cadenas, sin audiencia, juicio, crimen o sombra de él 16?

 

 Día tras día el almirante irá perdiendo su ímpetu y su espíritu combativo; incluso sus visiones sólo tendrán que ver con la comida. Se convertirá en sombra de si mismo. Al cabo de ese plazo, el de Lares enviará a echar un vistazo a Jamaica al capitán Diego de Escobar: no había ningún peligro de que simpatizase con el náufrago aquel antiguo ex-roldanista. Es fácil imaginar las albricias de los náufragos al divisar en el horizonte las velas de la nave salvadora; es difícil representarse su caída a los infiernos, cuando el capitán Escobar les comunica que el solo está de excursión por la zona, disfrutando del paisaje, y que no está autorizado a subir a nadie a bordo. Lasciate ogni spranza. Como gran gesto de generosidad les dejará un barril de vino y medio tocino de puerco salado, depurando la mofa sangrienta hasta las alturas del arte. Luego, el barco salvavidas, en un gesto de prestidigitación, desaparece. Visto, no-visto. Colón siente en las carnes el escarnio; requiere al mismísimo Cielo le dé venganza cumplida:

 

Ella (la reina) si vive, meditará que la crueldad e ingratitud irritarán al Cielo y las riquezas que he descubierto incitarán a toda la humanidad a la venganza y rapiña, de modo que puede que la nación sufra en el futuro por lo que las personas envidiosas, maliciosas e (in)gratas hacen ahora 17.

 

También tendrá cabida en la carta de aquel que se decía el Cristo Ferens (portador de Cristo), un momento perdónalosporquenosabenloquehacen.

 

Porque yo hubiese querido que el recuerdo de un hecho tan injusto y trágico muriese conmigo y que por la gloria del nombre español, fuese eternamente olvidado (affaire Bobadilla)… ¡Qué una nueva infamia no recaiga sobre el nombre de Castilla, ni que las generaciones venideras sepan que hubo desgraciados tan viles que pensaron recomendarse a don Fernando destruyendo al infortunado y miserable Cristóbal Colón 18.

 

 Los cabellos, aun algo coloreados, se volverán blancos; los ya encanecidos caerán a tierra para siempre. Por entonces, Colón empezará con cierta parsimonia, el largo proceso de su muerte. Tuvo que darse cuenta de que le tenían atrapado. Al fin.

 

Hasta marzo de 1504 esperó Ovando a autorizar el rescate. Y cuando lo hizo tuvo otro gesto verdaderamente impropio. A Las Casas le espanta solo pensarlo. A finales de marzo envió a Jamaica un carabelón al mando de Diego de Escobar, un roldanista de antaño, es decir enemigo de los Colón. Llegó, visito al Almirante, le hizo saber que las canoas de Méndez y Fiesco habían llegado felizmente a La Española, le comunicó los saludos del gobernador diciendo que cuando tuviesen un navío lo enviaría para rescatarlos y que, mientras tanto, para hacer más llevadera la espera les dejaba un barril de vino y medio puerco salado. A continuación, subió al carabelón y se marchó 19.

 

Viene aquí otra estupenda aventura dentro de la aventura, pero esta gustará más a las ratas de biblioteca porque es bibliográfica. Pues, ¡nada!, que el encargado de la librería de viejo Catedral de Tarragona, se agarró un buen berrinche al comprobar que la carpeta con folios viejos que había comprado a un mallorquín estaba dedicada a un personaje completamente pasado de moda, en vez de a El Capitán Trueno o El Jabato como es debido. En 1985 ¿a quién le podía interesar Colón? Ofreció aquella cosa por ahí, la ofreció a la Universidad y nada. Por último, la ofreció al Estado. Lo normal es que lo hubiesen tirado a la caldera de la calefacción, con lo bien que tira el papel viejo, pero ¿a quién se lo dieron a leer sino al matrimonio de Juan Gil y Consuelo Varela que pasaba por ahí y son de los mejor que tenemos para estas lides? Eran auténticas, era auténticas cartas de Colón, incluso estaba la Carta del Naufrago en Jamaica llamada la lettera raríssima. El Estado Español por alguna suerte de equivocación procedió bien y compro el lote en 1987. Colón escribe a la corte a través del cartero Méndez, aprecia la burla, se queja, suplica, llora, se deprime ante la posibilidad de que su papel histórico quede desfigurado por la más monumental y cruel tomadura de pelo que recuerdan los siglos.

 

el gobernador de Santo Domingo, Obando, ha enviado, más bien para saber si estoy muerto que para socorrernos o sacarme vivo de aquí, porque el barco no entregó una carta, ni habló, ni quiso recibir ninguna de nosotros, así que concluyo que los oficiales de S.A. se proponen que terminen aquí mi viaje y mi vida 20.

 

Vista fina tenía Colon cuando insinuaba, o quizás algo más, que el rey Fernando estaba tras tan entusiasta colaboración de sus continos al buen morir del Almirante.

Méndez: Dios, que buen vasallo si tuviese buen señor. Diego Méndez, el prototipo de la amistad ciceroniana, no cejará en sus esfuerzos de salvar a su ídolo, sublevando a los frailes de la colonia que acabaron por inclinar el taimado carácter de Ovando. La reina era muy sensible a estas homilías, a diferencia del maquiavélico don Fernando. En verdad os digo, mi señor y esposo el rey de Aragón, que este italiano ha captado más almas para el Cielo que el mismísimo san Isidoro. ¡Sea!, si aún estaba vivo, que volviese a España. A descansar en paz. Estaba y respiraba adecuadamente; al almirante aun le quedará un par de años hasta el definitivo infarto de 1506. Tenía el cuerpo y el alma muy gastados; de hecho, para trasladarse de Sevilla a Valladolid a seguir sus pleitos, se le ofrecieron las andas del cadáver del cardenal de Sevilla. Los esfuerzos de Ovando, seguro, añadieron alguna paletada de tierra que otra a su tumba.

 

Plugo a Dios que vinieran tres naves de las cuales yo (Méndez) compré la una y la cargué de vituallas, de pan y vino y carne y puercos y carneros y frutas, y la envié a donde estaba el Almirante para en que viniesen él y toda la gente, como vinieron a Santo Domingo y de allí a Castilla. Y yo me vine delante en las otras dos naos a hacerle relación al Rey y la Reina, de todo lo sucedido en aquel viaje 21.

 

El salvamente definitivo llegó a mediados de junio de 1504, en un navío fletado por Diego Méndez y pilotado por Diego Salcedo, criado del Almirante 22.

 

En este punto, se produce una más que probable nueva intervención del contino Campo Gallego, ya que los recién rescatados harán escala en… Azua. Es inverosímil que no hubiesen entrado en contacto con el principal encomendero en la zona. Dada la constante actividad del tudense como armador, hay que presumir que se trataría de negociar el flete para dirigirse a España. Existía una relación de negocios arraigada desde los tiempos de Gomera.

 

No sabemos bien el motivo, lo cierto es que esta expedición (Méndez/Colón) recaló en la Beata, que es una isla frente al puerto de Azua, donde Colón permaneció dos semanas, seguramente negociando la compra de navíos y el trato que esperaba recibir de las autoridades 23.

 

Méndez, el Canoa, tendrá una larga vida, pero jamás olvidará el orgullo de su hazaña y los nobles motivos que la inspiraron; ni siquiera en su testamento:

 

Mando que mis albaceas compren una piedra grande, la mejor que hallaren, y se ponga sobre mi sepultura y se ponga alrededor de ella estas letras: “Aquí yace el honrado caballero Diego Méndez que sirvió mucho a la corona real de España en el descubrimiento y conquista de las Indias con el almirante D. Cristóbal Colón, de gloriosa memoria, que las descubrió, y después por sí, con naos suyas a su costa, falleció, etc. Pido de limosna un Paternoster y una Avemaría… en medio de la dicha piedra se haga una canoa, que es un madero cavado en que los indios navegan, porque en otra tal navegó 300 leguas (sobre 1500 km.), y encima pongan unas letras que digan: CANOA 24.

 

Definitivamente, un hombre genial: un testamento de aventuras, un mayorazgo de libros y una tumba-canoa. ¿Se puede pedir más?

 

Si Diego Méndez volviera,

yo sería su escudero;

qué buen caballero era

 

 

 

 

 

 

1 Henry MELO. Azua de Compostela. Origen y Fundación. Editorial Búho. Santo Domingo, julio 2016 (Kindle). Nota: el autor habla de Pedro Gallego. Descartado que se trate de ese Pedro Gallego, “el Mariscal”, me he tomado la libertad de suprimir el nombre de pila.

2 Ibidem. Reitero la nota autorial del 1.

3 Ibidem.

4 Julio CAILLET-BOIS. Un olvidado erasmista de América: Diego Méndez de Segura. Sedici. Unlp.edu.ar. Web, 2020.

5 Diego MÉNDEZ. Testamento. En Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles por don Martín Fernández de Navarrete. Tomo I. Madrid, en la Imprenta Nacional, 1853.

6 Cristóbal COLÓN. Carta desde Jamaica (Lettera rarísima). Archivo de Indias, 1988.

7 Hernando COLÓN. Historia del almirante don Cristóbal Colón. Madrid, imprenta Tomás Minuesa, 1892 (Kindle).

8 Ibidem.

9 Ibidem.

10 Ibidem.

11 Ibidem.

12 Ibidem.

13 MÉNDEZ, ibidem.

14 Ibidem.

15 Cristóbal COLÓN, ibidem.

16 Ibidem.

17 Ibidem.

18 Ibidem.

19 Luis ARRANZ MÁRQUEZ. Cristóbal Colón. Misterio y grandeza. Marcial Pons Historia. Madrid, 2006 (Kindle).

20 Consuelo VARELA. Lettera rarísima (En estudios 1938-2008, Archivo general de la Nación, República Dominicana). Santo Domingo, 2010.

21 MÉNDEZ, ibidem.

22 ARRANZ MÁRQUEZ, ibidem.

23 Jesús VARELA MARCOS. La reina Isabel y el cuarto viaje de Colón. Universidad de Valladolid.

24 MÉNDEZ, ibidem.

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