martes, 13 de enero de 2026

LA CIUDAD COLONIAL DE SANTO DOMINGO



Estas navidades he tenido el privilegio de visitar la zona colonial de Santo Domingo, que el profesor Bruno Pujol me dice que se llama colonial por Colón, no por colonia. Al curioso, el lugar le golpea con sensaciones contradictorias: esa catedral gótica con tendencias renacentistas te traslada en un vuelo al compostelano Hostal de los Reyes Católicos: baste decir que la preside el águila bicéfala del cesar Carlos. El Hospital, sin reserva del derecho de admisión, te hace barruntar que no todo fue tan terrible. La fortaleza, aunque no sea aquella donde se juzgó a Colón (porque tras un huracán la ciudad se mudó a la otra orilla del río Ozama), es seña de que allí imperó el Dura Lex, sed Lex. Pero si miras alrededor, te viene el bajón: la maraña de cables es tan tupida que a veces oculta las casonas que hay detrás; una nube de basuras y plásticos tapa el mar de España y, el que no tiene para una pistola, hace guardia a la puerta de su quiosco con un rifle de pesca submarina. Así es. La omnipresente policía turística blinda la zona como si fuera el Tesoro del Banco de España, nadie se preocupe, pero quisiéramos algo mejor para el dominicano. No tan complacientes como el aduanero de Puerto Rico, que se queja de que les obligaron a la fuerza a dejar de ser españoles, o el guía de Cuba, entusiasmado con convertirla en una autonomía española, nada que objetar a su orgullo nacional: si te hablan de los restos de Colón, silba, ni se te ocurra eso del ADN. Por lo demás es gente seria, trabajadora y honrada que da la impresión de que están próximos a encontrar su camino.

La casa de Colón


Calle El Conde


Bajo a continuación unas líneas de mi Docampo versus Colón; en ellas veremos a aquel gallego, encomendado por el rey Fernando de traer a raya a la mafia colombina, participando en el proceso contra Colón. Parece que desde entonces, han mejorado mucho las cosas.  

 

EL PROCESO BOBADILLA CONTRA COLÓN

Roldán y unos cuantos, como Campo, alcanzarán “asiento y concierto 14” con la mafia colombina y podrán ponerse a salvo en sus haciendas. Frente a aquellos cuya fuerza volvía indoblegables, como el conquistador de Canarias (unas facturas de estas fechas nos demuestran que se estaba surtiendo de armamento), la famiglia exhibía su rostro más amable y hechicero. El acuerdo final se firmará en 28 de septiembre de 1.499 y, naturalmente, el mendaz almirante escribirá a los Reyes que lo tenía por nulo, como obtenido por coacción.

¿Qué sucedió con los demás? ¿Los asalariados de Colón o de la corona?

El Apocalipsis 15.

“Los árboles daban frutos de carne humana” (Vidart). Se enviaba a la horca a los súbditos de aquella mafia por cualquier nimiedad, sin trámite ni juicio alguno porque las sentencias “las tenían (escritas) en la frente”. Por comprar un perro para saciar el hambre, la horca. Porque decía cosas que no había visto y porque fingió ser escribano, colgado. Por sodomético, soga al cuello. Por robar alimentos, suspendido del cuello. Por traducir una carta del francés, muerte en el tormento; eso sí, en este caso Colón hizo una demostración de imparcialidad pues la víctima, Muliart, era su propio cuñado. Por tardanza en la confesión previa a la horca, empujón y despeñamiento desde las almenas. Así narra la autora que estamos siguiendo la ejecución de Adrián de Múxica:

 

La sentencia hubo de retrasarse. El condenado, que pedía confesión, se quedó sin habla ante la llegada del sacerdote en varias ocasiones, lo que hizo que los oficiales, hartos de esperar, optaran por tirarle desde una almena de la cárcel.

 

Aquellos que acudían a las naos surtas en el puerto para trocar algún grano de oro por tocino, pan y vino o acudían a otros recursos desesperados para evitar su muerte por inanición, podían recibir suertes variadas, según sabremos por los testimonios de la pesquisa a Colón que está a punto de producirse. Cierta docena de afortunados simplemente fueron puestos a desfilar, uncidos unos a otros por el pescuezo, los pies encadenados y precedidos del pregonero mientras eran azotados sin misericordia. Tuvieron suerte. Un Arnalte, por coger un pez de una canasta, se le tendrá en la plaza Mayor con la mano clavada a una tabla. Dentro de lo que cabe, podría considerarse una pena agradable. Martín de Lucena, ahorcado por salir a buscar pan y, de paso, echarse con una india. Luquitas y otros desafortunados serán condenados a la horca por robar unos granos de trigo, aunque el primero tendrá la inmensa fortuna de ver conmutada su pena por la de corte de narices, orejas, palos y destierro. La hambruna había sido la consecuencia lógica de la recluta de un ejército de asesinos y delincuentes sin vocación alguna por el arado o la escudilla de lavar oro: el recurso a los indios se esfumó al empezar estos a caer víctimas de las enfermedades contagiosas y la sobrexplotación: los que pudieron se refugiaron en lo más profundo de sus selvas. El tormento exasperante de la ausencia de alimentos provocará escenas en enloquecedoras en aquella sociedad urbana enflaquecida y menguante: Inés azotada sobre un asno por fingir una preñez que implicaba unos granos de trigo a mayores; 100 azotes a Juan Moreno por cazar menos aves de las previstas para la mesa de Colón; el adelantado que hace morir sobre los campos a enfermos arrancados de sus camas del hospital. Bueno, al menos los queridos Colón no tenían ningún problema: en la tahona se molía pan, en primer lugar para el almirante y sus hermanos; luego para su alguacil; por último, para sus respectivas prostitutas. Es enternecedora la anécdota de la morriña de cierto clérigo gallego, condenado a la inanición por haber negado que estuvieran en China. Sintiendo llegada su hora y conocedor de la excelencia de los caldos de la bodega colombina, suplicará a los autócratas un azumbre de viño do Ribeiro como última voluntad. No se las concederán y esta no será considerada por los testigos (porque de testigos contra Colón vamos a hablar muy pronto), como la menor de las crueldades. Pero no se saque la impresión de que los hombres a sueldo de los genoveses exigían florituras; unos miseros granos de trigo, aun repasados por los canales digestivos, estaban considerados como una delicatesen.

 

tuvieron que comer arañas y huevos de hormigas, gusanos y lagartijas, salamandras, culebras y serpientes… tierra y madera… deyecciones… y otras cosas que me niego a decir. Conservaban las espinas el pescado y los huesos de serpiente para convertirlos en polvo y usarlos luego como alimento 16.

 

 Y no solo eran castigados los delitos famélicos: también será brutalmente castigada cualquier mínima desconsideración hacia el cártel genovés. Inés de Malaver será azotada y a Teresa de Baeza se le cortará la lengua “por decir que los Colón eran de baja clase, que Diego había sido tejedor antes de venir a Castilla y que un moro le había enseñado el oficio 17”. En una sociedad estamental como la castellana, la famiglia había procurado la ocultación minuciosa de sus orígenes vinculados al sector textil genovés, lo que, al menos en este caso, podría arrancarnos una sonrisa triste, ya que abrirá paso siglos más tarde a unos tales Colón gallego, Colón catalán, Colón hebreo, etc., cuya realidad está probada con absoluta certeza.

El 23 de agosto de 1500 la mafia tenía a 16 colonos hacinados en un pozo para irlos colgando por orden, sin atracones. Juicios, no, no se estilaban; los procesos, cuando se trataba de alguien influyente, se confeccionaban post-mortem; a los demás, ni eso. Decorando ambas orillas de la desembocadura del río Ozama, el puerto de Santo Domingo, se divisaban dos horcas con sendos cristianos “frescos de pocos días”. El suave vaivén de estos cuerpos al vientecillo del mar que las metía en puerto, será el espectáculo que reciba a dos carabelas de arribada: la Gorda y la Antigua. A bordo de la primera venía Francisco de Bobadilla, comendador de Auñón en la orden de Calatrava, el juez enviado por los Reyes Católicos para poner coto a los desmanes colombinos. Campo será convocado urgentemente a la capital. Como contino real su presencia se hacía indispensable para el interrogatorio a los Colón, empezando por don Cristóbal, que ya nunca más sería virrey ni gobernador ni nada de estas tierras, de las que será cuidadosamente alejado.

Bobadilla (tío de Beatriz, la ex señora feudal de Campo en Gomera), era el clásico malencarado con el que no te gustaría cruzarte a medianoche en un bosque: sus encomendados de Auñón habían intentado matarlo más de una vez, pero el malandrín era muy resbaladizo. Hacía gala de un cierto toque sádico. La forma en que irá desenvolviendo sus provisiones reales al día siguiente, tras su desembarque, demostrará una refinada saña: surge el pensamiento de que ese exceso de celo, cargando de cadenas a la famiglia y dándoles a entender su ejecución inmediata, será lo que moverá meses después a piedad a los reyes, concediendo un cuarto viaje a Colón. Que acabará en naufragio del que será socorrido por… Docampo en la finca Compostela. Un mayor comedimiento en la aplicación de la ley hubiera permitido el final definitivo de la saga Colón y ahorrado tan triste epílogo. Colón tenía, sí, lo que tienen que tener los genios: una idea fanática que seguirá hasta el final: “El Este por el Oeste”. Poco más da que fuera falsa, que se comiera el océano Pacífico (el mar del Sur de Balboa) por haber confundido la milla árabe con la romana. Lo importante es que produjo frutos históricos. Fuera de eso era un desastre, un absoluto incompetente al que los siglos futuros habrían adjudicado un único papel tras su hazaña: el de conferenciante a diez mil euros la sesión, hotel cinco estrellas aparte.



El 24, impulsadas por el viento terral, las carabelas entran en puerto y Bobadilla desembarca. En días sucesivos, a la salida de misa, mandará tocar el tambor, chiflará el pregonero e irá dando lectura a sus provisiones con serena fruición. 1º día: carta de los Reyes ordenándole investigar la rebelión de Roldán. Uf, sólo era eso, ¡che sollievo!, dirán los del partido de Colón. El otro partido, el del Rey, se muerde las uñas. 2º día: provisión real en la que se le otorga a Bobadilla la gobernación de las Indias. ¡El acabose!; ¿entonces ya no gobierna la famiglia? 3º día: Provisión real para que se le entregue las fortalezas. El derecho y la fuerza combinados, el fuero y el huevo. Si no se las entregan por las buenas, las tomará al salto; pero decir que la resistencia del castillo de Santo Domingo fue simbólica, sería exagerado: la gente de Colón, que no percibía su sueldo, considerará fuera de lugar exponer su vida gratis total. Sin contar con que la fortaleza estaba concebida sólo para resistir a gente desnuda. Los presos serán desengrillados y, a la postre, liberados. De la pena capital a la absolución en un soplo. 4º día: Cédula real mandando el pago de los salarios reales y ordenando al almirante el pago de los a su cargo: esa perspectiva del cobró de emolumentos será la que volverá a toda la isla bobadillista e inútil cualquier resistencia del clan genovés, sea alzándose soberano, sea entregando la colonia al de Portugal o a cualquier otro rey de los tanteados por Bartolomé, como el inglés o el francés. Colón tenía sus propias ideas sobre eso de pagar sueldos, no le podías pedir que se separase de aquello que más amaba. Tenía incluso una declaración de principios.

 

El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso.

 

 Por fin el 15 de septiembre tras múltiples requerimientos al clan italiano (que hasta entonces había tentado sus fuerzas y explorado sus opciones), Colón hará su entrada en Santo Domingo, acompañado de un séquito de veinte personas, temblando de miedo. Como preámbulo, Bobadilla había hecho encadenar a Diego en una carabela. Diego Colón era el hermano apocado, paralizado ante la magnitud de los acontecimientos que se desencadenaban a su alrededor. Tomaba su fuerza de los otros dos, Bartolomé, el militarote brutal, y Cristóbal, creativo hasta rozar lo visionario.

 

El proceso a Colón se desarrollará en dos fases: la pesquisa, con el interrogatorio a Cristóbal Colón, fase en la que intervendrá Docampo; y la probanza, con variopintos testigos de cargo y de descargo, que ya no será materia de un contino real (lo que no ha sido óbice para que antes nos hayamos servido de sus testimonios en el relato de la gran hambruna). Siendo esto una biografía del tudense, habrá que centrarse en la pesquisa y dejar con gran dolor para otros la probanza, que no deja de ser sabrosísima para cualquier jurista que se precie.

La pesquisa se desenvolverá en tres sesiones; hay que suponer por las imágenes hogareñas que nos traslada Varela 18 que tuvo lugar en la casa-fortaleza de Santo Domingo, cabe decir el propio hogar de Colón cuyos ahorros en granos de oro serán expropiados nada más pasar la puerta Bobadilla. El primer interrogatorio versará sobre el ayuntamiento de gentes para enfrentarse al nuevo gobernador, intento cuyo perdón por parte de los Reyes puede atribuirse a su carácter disparatado, ante las enormes simpatías que despertaba el clan colombino. Como las que provocaría una plaga de chinches. Del intento de alzarse contra Bobadilla y por ende, contra la corona, la propia secuencia de acontecimientos informa muy bien del trasfondo:  Colón se mantuvo semanas a la expectativa, parlamentando con unos y con otros, nitaínos y caciques incluidos, haciendo mangas y capirotes a los requerimientos de Nájera. Tras haber chequeado su fuerza, ninguna, se presentará con cínica humildad en Santo Domingo acompañado de sus últimos veinte amigos.

 No menos patentes serán las conclusiones del segundo, los obstáculos a la cristianización de los indios que, tan cucos como los guanches, se bautizaban en masa para evitar ser vendidos. Por fortuna la sala de ceremonias de la fortaleza de Santo Domingo apenas estaba iluminada por unas saeteras en forma de llave, con lo que la sombras encubrirían la forma acelerada en que iban enrojeciendo las mejillas del pesquisidor Docampo. El tercer interrogatorio, “las cosas de la justicia” abordó los procesos instruidos a los colonos que el almirante tenía al pie de la horca, es decir, la ausencia de ellos. Vamos, los de los que estaban hospedados en el pozo. Colón responderá candorosamente respecto a los que aún no había colgado y se habían salvado por la llegada de la Gorda y la Antigua que, “no había caso contra ellos y que, si ese era su deseo (Bobadilla) podía liberarlos”. Normalmente ahorco a diario, pero también puedo pasarme algún día sin appendere nesuno. Colón ignoraba que el comendador ya los había soltado, sin esperar su autorización. ¿Qué porque los había condenado a muerte sin efectuar juicio? Bah, respondió Colón con un par, “no se habían efectuado porque eran casos de castigo”. No sabemos si Docampo u otro de los testigos pesquisidores repreguntó —la función de asistir al interrogatorio es más de notario que de testigo—; creo que no porque no hacía ninguna falta: el mesianismo de Colón lo convertía en el perfecto fiscal de sí mismo. Luego, este interrogatorio, derivó hacia los procesos de los muertos. ¡Vaya! Resulta que los había llevado él personalmente a Castilla y que sospechaba que se habían quemado. Uno se pregunta si hiperventilaría al soltar semejante especie. No se puede menos que convenir con Consuelo Varela que, claramente, ni siquiera habían tenido un juicio los ya muertos: esa entrega de expedientes habría dejado huella en los archivos. Tampoco creo que le temblara el pulso a Docampo mientras firmaba su atestiguación: en Canarias tampoco se era excesivamente garantista, aunque lo cierto es que, en casos como la degollación de Algaba, al menos se escenificó un simulacro de juicio. En Indias estas cosas se tomaban aun con más alegría.

En la segunda declaración se requirió al genovés para que entregase el oro y otras cosas pertenecientes a los reyes que aun estuvieran en su poder. Colón tenía una fibra de carácter leguleya y evasiva, que le llevaba a disculparse con los más peregrinos argumentos: cuando había rogado a los reyes que considerasen papel mojado el acuerdo con Roldán argumentó “que fue firmado a bordo de una carabela, donde no se usa el oficio de virrey”. Para este caso también reservaba una respuesta desopilante:

 

“Tenía que pagar a 330 personas y, en tanto no les hubiese abonado su salario, no estaba obligado a entregar las cuentas al tesorero 19”, maravillosa respuesta de doble filo que le permitiría ser un moroso, tanto con sus patrones los reyes, como con sus empleados, los colonos.

 

Es posible que semejante desparpajo hubiese dejado con la boca abierta a alguno de los pesquisidores:

 

Fueron testigos de ambas declaraciones Pero López Galíndez, Sebastián de Ocampo, Juan Pérez de Nájera…

Es de suponer que todos ellos serían personas de una cierta relevancia o que por razones de sus cargos habían estado presentes en los hechos que se estaban dilucidando 20.

 

Nájera había sido enviado al Bonao, donde don Cristóbal se había refugiado, para requerirle que soltara a los presos y se presentase en Santo Domingo: como se ha visto, con éxito. Sabría muy bien a que atenerse cuando Colón declarase en la pesquisa que no se le guardaba el rango de virrey (eso podría ser cierto), y además: Que él no convocó a los múltiples caciques guatiaos denominados Colón o sus derivados (Almirantico, Diego Colón, Cristóbal…) para ir contra ese don nadie de Bobadilla. Que no soliviantó a los hombres de su partido (Arana, Coronel…) para que cortasen las orejas al botarate del comendador de Auñón. Que no ocultó al fisco de los reyes un buen saco de perlas, que va, he perdido el saco. También debió ser incisivo el pesquisidor Galíndez, pues sufrirá represalias con sus encomendados a la llegada al gobierno de Diego Colón (hijo). En cuanto a Docampo, es probable que también se le encomendase alguna misión especial, aunque, de momento, no lo podemos saber. Podría haber sido el control de Bartolomé, alias el adelantado, que pululaba por la banda Sur de la isla.

La tercera deposición se tuvo el 26 y ya solo fue para jurar sus declaraciones. Acto seguido Bobadilla ordenará conducir a las naves a los dos hermanos, Bartolomé y Cristóbal, y se dará el placer sublime de organizar un simulacro de ejecución. Sin decir porqué o a donde, se los entregó a Vallejo, el capitán de la Gorda. La costumbre era que cuando los reos colombinos salían escoltados por los alguaciles, camino de las horcas del puerto, la de babor y la de estribor, el destino fatal estaba asegurado. Colón no pudo menos que interpretarlo así. Petrificado, como el que ha tocado un escorpión. Podemos imaginarlo con un hilo de voz, entrecortada, ahogada, el rostro lívido, preguntando al capitán:

 

—Vallejo ¿¡dónde me lleváis?

—Señor, al navío de vuestra señoría, a se embarcar.

—Vallejo ¿es verdad?

—Por vida de vuestra señoría que es verdad, que se va embarcar 21.

 

Ya a bordo de la Gorda los Colón aun tendrían la pesadumbre de escuchar los cuernos que fueron a tocar al puerto sus pasadas víctimas: casi toda la población, envalentonada, ahora que habían pasado el Gran Miedo y el Gran Hambre. Lo demás es historia novelada; si se pasó toda la travesía encadenado, como Colón afirma, o solo lo afirma, es cuestión que tiene nimia importancia. Nada tenía el genovés en contra de la humildad: cuando Vallejo lo desembarque en Sevilla conseguirá a buen precio un raído hábito franciscano para adornarse de esa guisa en la entrevista que le esperaba con los Reyes.

 Lo cierto es que las manos colombinas fueron apartadas para siempre de la colonia de Indias; y si los reyes, por una especie de prurito de conciencia, le permitieron navegar una última vez (cuarto viaje), la verdad es que no le hicieron ningún regalo. La hacienda Compostela recibirá la noticia del naufragio y los pormenores del parsimonioso salvamento, batirán cotas de saña que hubieran dejado tibio de envidia el propio Bobadilla. A los náufragos, tirados en una playa de Jamaica, se les exhibirá una presunta nave salvavidas e, ipso facto, se retirará de allí en un juego de prestidigitación, sin salvarles. Quien siembra vientos…

 

Existe una visión alternativa del Juicio de Bobadilla, para nuestros intentos más fresca, pues parece mejor enfocada desde la visión de Sebastián Docampo. Para empezar, nuestro personaje suscribe el instrumento con el nombre de su gusto, Docampo, no con ese estomagante De Ocampo que le asignan los notarios castellanos. No quiero decir que la obra que arriba se ha mal copiado (de Consuelo Varela e Isabel Aguirre), no sea insuperable en términos generales: según narra Varela encontró la fuente a través de una pesquisa casi policíaca en el Archivo de Simancas, en el llamado Legajo 13 “Incorporado Juros” y procede nada menos que del Consejo Real. Probablemente se trate de un traslado posterior a la muerte (1504) de Isabel “que santa gloria aya”.

Pero la fuente a la que ahora nos cambiamos, Carta de sus Altezas para Bobadilla con las respuestas del Almirante, dentro de la obra de cierta duquesa de Alba decimonónica Autógrafos de Cristóbal Colón y papeles de América 22, presenta la inestimable ventaja (que Varela reconoce), de trasladarnos las intervenciones de Bobadilla en directo (el documento simanquino apenas nos trasladan las observaciones del notario). Nos pone ante los ojos un proceso vivo, con réplicas y contra réplicas, en las que tal vez tuvieron un papel los testigos pesquisidores. Desde luego Colón era una perita en dulce para cualquier fiscal o acusador mínimamente experimentado: se contradijo, se auto acusó y cayó con todo el equipo.

En las primeras hojas del documento se contiene la carta en la que los reyes ordenan a Bobadilla que extirpe el dorado metal al señor Delorosehacetesoro para pagar, tanto a sus asalariados, como a los de la corona, a cual más famélico:

 

Os mandamos que averigüéis la gente que ha estado a nuestro sueldo y así averiguado la paguéis, con la gente que ahora lleváis, con lo que se ha cogido para nos en dichas islas, y cojáis y cobréis de aquí en adelante; y lo que hallarais que es a pagar a cargo del dicho Almirante, las pague el de forma que esa gente cobre lo que le fuere debido y no tenga razón de quejarse, para lo cual, si necesario es os damos poder cumplido por esta nuestra cédula 23.

 

Cara a cara, fase to face con el señor Cristóbal Colón, Docampo y los demás le comunicaron estas cosas. Sería de ver el semblante del almirante, habitualmente lívido, aunque un observador atento tuvo que apreciar cierto tic habitual en él, cuando se enteró del permiso real a Bobadilla para apropiarse del oro que tenía almacenado.

 

En 15 del mes de septiembre de 1500 años se notificó esta cédula de sus Altezas, originalmente en faz y presencia del señor Almirante. Testigos, Pero López Galíndez e Francisco Velázquez e Sebastián Docampo e Juan Pérez de Najar e otros muchos 24.

 

El 15 de septiembre Colón estaba recién llegado a Santo Domingo, después de mil peripecias en la selva. Sin tiempo siquiera a refrescarse, se le empieza el proceso. La sangre se le agolparía en los oídos: estaba a punto de caer de su columna de mármol a la cárcel y, casi seguro, de subir al patíbulo estilo Balboa. Tal vez por eso, Colón en su respuesta cometió un error de pipiolo, joder, reconoció los hechos. Me hace eso a mí un defendido y lo estrangulo. Perdón.

 

El señor Almirante respondió que el tiene cartas de sus Altezas en contrario de esta; por ende, que pide por merced al señor comendador y requiere la guarda de dichas cartas que tiene de sus Altezas, y que a la paga, esto que es cosa de cuenta, que está presto a estar a ella y darla. Testigos, Pero López Galíndez e Francisco Velázquez e Sebastián Docampo e Juan Pérez de Najar e otros muchos 25.

 

Si le llamas comendador a Bobadilla (en vez de gobernador), es que no reconoces el nombramiento realizado nada menos que por sus altezas. Te has rebelado, tú lo has dicho. Para colmo se había negado a obedecer las cédulas de los Reyes Católicos. ¿Para qué hacía falta más? Pero Bobadilla tenía unas mandíbulas muy frías.

 

El señor gobernador dijo que esta carta le dieron sus Altezas, y que vista otra en contrario, que se cumplirá lo que sus Altezas mandaren y que en Castilla tienen sus Altezas contadores ante quien está asentado todo y lo determinarán si se debe de guardar y lo uno y lo otro, pero que en tanto el hará lo que sus Altezas le tienen mandado. Testigos, Pero López Galíndez e Francisco Velázquez e Sebastián Docampo e Juan Pérez de Najar, etc. 26

 

Sin alterarse mucho, el comendador de Auñón le requirió para que entregase el oro y las otras cosas de los reyes que tenía en su poder. Luego, lo engrilló y lo puso en manos del capitán Vallejo, dejándole en la duda existencial de si el viaje programado tenía por destino el Hades o España. Ya más relajado, Bobadilla iniciará la segunda parte del proceso, dejando en manos de notarios y escribanos la deposición de testigos por materias: sección de ahorcamientos, tormentos, azotes, amputaciones, maltratos, etc. A decir de Colón Bobadilla eligió para la probanza a los testigos que quiso, y esto también puede que fuera cierto. Si lo que narraron hubiese sido la estricta realidad, no se entiende como no lo ejecutaron allí mismo. Aunque a esta prolongación de la vida sin duda contribuyó la prohibición de los reyes para que, jamás de los jamases, volviese a pisar la isla Española.

 


martes, 7 de octubre de 2025

DESPEDIDA DE UN NOTARIO

 

Testamento de Isabel de Castilla: ¡Menudo churro! Sin embargo, gusta que se proclame "Reina de
Galiza" (en plan Castelao), o que se preocupe de las disputas entre los corregidores y el feudal Señorío de Santiago.


 SUMARIO

1) DESPEDIDA DE UN NOTARIO

2) CAPÍTULO 12 DE THE SWIMMING MUMMY


1) DESPEDIDA DE UN NOTARIO

El antepasado un lunes un grupo de buenos amigos han agasajado en La Mundiña al notario Enrique Rajoy con su última comida, no, miento, con la última buena (a base de marisco, sanmartiño y esas cosas). Queriendo corresponder a todo el colectivo por su estupendo compañerismo que no ha dejado de sentir en todo momento, les dedica estas líneas:


NOTARIOS, POETAS, Y NOTARIOS-POETAS

 

¿Estáis de acuerdo con la frase de Flaubert? “Todo notario lleva dentro de sí los escombros de un poeta”. Su modelo es León Dupuis, el amante de Madame Bovary. Clerc de Notaire (oficial aspirante), protagoniza la escena de la consumación del amor en carroza, la cual deducimos de la mano colgante de Emma. Tras su grimoso suicidio, el novelista confirma lo pobre hombre que era su marido, Charles Bovary: “Oh, qué pena, a Emma le hubiera encantado saber que llegó a notario”.

Pasemos un listado de notarios poéticos y notarios prosaicos.

Las habéis pasado canutas con la oposición, no así Gaspar de Gricio, el notario de Isabel la Católica, que fue enchufado por su hermana, la secretaria Real Beatriz Galindo, La Latina. Le correspondió la autorización del testamento de la Reina y fue horrible: 19 folios al pie de las sábanas entre cirios y fisgoneo de dignatarios. Docenas de interlineados, sobre raspados, tachados, etc. Ved la cara que tiene en el cuadro de Rosales del Prado. Menos mal que fue del tipo Cerrado y de inmediato de envolvió con cuerdas y sellos.

Un famoso notario, Michelangelo Buonarroti, lo tuvo más difícil. El precio que pagó por acceder al notariado fue el haber pintado el Juicio Final en la Capilla Sixtina. Le llevó cinco años en que le pasó de todo: ceguera, caídas de andamio, etc. El papa, Paulo III, le pagó mil ducados, pero como no tenía suelto, le concedió el peaje del transbordador sobre el río Po en Piacenza. Lo malo es que era compartido con el hijo del papa, Pierlugi Farnesio, un tipo que violó al obispo de Fano en la propia catedral. Buonarroti estaba aterrorizado.  El Papa accedió a cambiarle el peaje por la notaría de Rímini, algo que le encantó. El arte para él no valía demasiado “mejor sería dedicarse a hacer cerillas”; en cambio conservamos algunas minutas notariales de más de mil. Ya desde su primera notaria, en Florencia, tuvo muy claro que una sola escritura equivalía a una Sixtina. Y no cuesta tanto esfuerzo; bueno, algunas sí, ahora que lo pienso.

Le toca a la notaria Da Vinci. La de ser Piero, el padre de Leonardo, fue de las más acreditadas de Florencia. Su signo notarial es tenido por el más complicado de la Historia: tres anillos con diamante, entrelazados con hojas de roble. Leonardo, aunque ilegítimo, fue criado en la casa e incitado en vano a estudiar leyes.  Pero aprovechó el signo de su padre, no solo en las cenefas de roble que decoran el palacio Sforza, Milán, sino también en su cuadro La Belle Ferroniere (la bella Ferreira). Tres vueltas lleva al cuello, y un diamante en la frente. Fue amante de Francisco I de Francia, pero la fama se la debe a su marido. Como no llevaba bien los cuernos, se contagió a propósito de la sífilis, que, tras pasar por el conducto reglamentario, amargó los últimos años del monarca.

Volvamos a los españoles, Gaspar de Peñalosa fue un notario algo bruto. En su Segundo Viaje, Cristóbal Colón le requirió Acta de Notoriedad para acreditar que Cuba era Japón y que por allá andaba China. O eso o no le renovaban el crédito. Los testigos juraron bajo advertencia de que, al que se desdijera, se le cortaría la lengua y, si fuese plebeyo, de propina 100 latigazos. La única víctima fue un cura gallego al que nada más que se le condenó a muerte. Se consideró una gran crueldad que se le negasen sus ultimas voluntades: una taza de Ribeiro había pedido el pobre.

Siguiendo en lo colonial, Hernán Cortés obtuvo la notaria de Azua, pero como sólo tenía cuarenta potenciales clientes (los encomenderos españoles, los otros vivían en el neolítico y no hacían ni un poder para pleitos), se pasaba el día pescando doradas. Matará el aburrimiento lanzándose a la conquista de México. Moraleja a veces, las notarias de entrada son para volverse loco.

Y, de postre, tres pseudo notarios modernos. El presidente Azaña había sido letrado de la Dirección de los Registros y el Notariado y participó en cuatro tribunales de oposiciones a notarías. “¡Que horrendo espectáculo -escribe-, no saben expresar ni sus cortas nociones, amanerados, vomitan esa bazofia de apuntes sin darse bien cuenta de lo que dicen”. Vale, pero ¿y  esos políticos que sumieron su País en un mar de odio y cementerios bajo la luna? Notario y presidente, Arias Navarro fue el del lacrimoso “Franco ha muerto”, inconsciente quizá de que el muerto hubiera sido él, si no lo apartan. Conozco otro presidente que pudo ser notario, pero se pasó al enemigo en cuando descubrió eso de las Oposiciones entre notarios. “Si se entera mi padre, no me deja en paz”, afirmó con aplomo.

En fin, aunque sean escombros, conservad si podéis al menos los de Poeta.


2) THE SWIMMING MUMMY (CAPÍTULO 12)


12.-BOULOGNE, RUE DE LA BALANCE

 

Días después Kabis estaba desayunando en Chez Gargantua, un delicatesen asomado al campo de Marte donde se toma chocolate con empanadillas de manzana. El agente, que llegó con retraso, observó como ya habían servido, dos mesas más adelante, sendas tazas a Petit y a Brugsch (ya era oficial su nombramiento como subdirector del Service). El nuevo subdirector era un tipo nervudo, de gran mostacho, que contrastaba con la energética fragilidad, algo flácida, de Petit. Kabis tuvo que golpearse la frente para desalojar un pensamiento asaz estúpido: ¡le estaban empezando a parecer que Petit tenía algo especial y no sabría decir qué! “Vaya forma de empezar el día. A ti lo que te vuelve loco son ciertos brazos regordetes y el embriagador perfume de un sobaco ¡Perdón Zarifa, perdón, perdón!” Es esta calima de agosto. Por suerte se aproxima el día en que nos volveremos a Egipto. Ya va siendo hora. Después de todo, ha resultado agotador”.

—¡Garçon, un chocolat!

Tan pronto hubo hecho la comanda Kabis inició el gesto de levantarse para avisar de su presencia a sus compañeros. Es lo mínimo ¿no? De hecho, ya había apoyado las manos en los brazos del sillón, cuando, algo que escuchó, lo dejó petrificado. Le pareció que Brugsch y Petit criticaban al SASA. Oído lo cual, Kabis abandonó su educado propósito de dar a conocer su presencia. Giró con el culo su sillón de mimbre y se colocó de refilón, medio-tapándose la cara con las ramas de un ficus. Luego, extrajo su libreta Heracles y se dispuso a escribir todo lo que escuchase. En estos casos (cuando se ataca al kedive u otras oficinas egipcias), sí es de recibo el estiramiento de orejas…

—... el SASA opera al revés que cualquier servicio secreto del mundo —estaba explicando Petit mientras cogía con vehemencia la manga de Brugsch—: Me explicaré: imagínese que usted es un licenciado en criminología por la Sorbona, un detective que ha desvelado varios casos de fama mundial, que domina varios idiomas...

Brusgsh, algo despistado del curso de la conversación, replicó:

—Ah, es como el problema de los antípodas de Nueva Zelanda, que andan de cabeza, ¿algo así?

—Bah, en serio —reconvino Petit a Brugsch—; lo que le quiero explicar son las causas del nombramiento del capitán Kabis para el affaire Marie Latour. El verdadero motivo por el que se seleccionó a semejante torpe es que el kedive no quiere que la verdad resplandezca. Se finge que se investiga ¡faltaría más!, pero se tiene la firme esperanza de que todos los esfuerzos, desgraciadamente, resultarán inútiles. Caso contrario el residente británico montaría en cólera y, al día siguiente, los cairotas nos desayunaríamos con los Royal Marines llamando a la puerta de Babilonia. Tenga en cuenta que la muerta es nieta o algo así de un miembro de la cámara de los Lores. Pero si el encargado de la pesquisa es Kabis, puede estar seguro de que el culpable resultará ser Moisés, o Ramsés, o las ranas, o la plaga de las langostas…, ji, ji, ji… A François Latour, para lavar su imagen de cara a la galería, el kedive le ha concedido: a) el grado de gran oficial de la orden de Médjidiéh; b) el título de Bajá y c) ¡pásmese!: una mansión de lujo en Boulogne-sur-Mer.

 

Kabis anota en su cuaderno Heracles: “1) Soy idiota. 2) En Boulogne está la clave. 3) Ir allí”.

—En todo caso, supongo que el feminicidio ha puesto un poco más de plomo en sus alas. Porque esta vez sí, ¿verdad? Esta vez el cese es seguro

—La cesación de la vida, bien sûr —aclaró Petit—. Entre usted y yo, según el doctor que le trata, le queda un mes. Isis a quien vendrán muy bien las mercedes kedivales, heredará la casa de Boulogne. Se habla de que piensa dotarla; los favores de nuestro buen Ismail son inagotables. Como le dije antes, solo así se explica que envíen al inútil de Kabis a investigar el asesinato de su mujer y al asesino le pongan casa y servicio. Ese poli acabará la investigación con las manos tan vacías como la empezó y en cuanto a lo de encontrar la pirámide secreta… Bueno, bueno, bueno, el cabezón es capaz de encontrarla en un iglú del Polo Norte. Ji, ji, ji.

“El que reirá al final seré yo -no replicó Kabis-. Veremos si encuentro las pruebas. Paciencia. Urgente: viaje a Boulogne -escribió tan fuerte que rasgó el papel cuadriculado-. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? En Egipto se registraron minuciosamente todos los sitios latourianos sin encontrar ni rastro de sus secretos. Ahora resulta que el verdadero escondite está aquí, en la dulce Francia”.

 

—Lo que me reconcome —dijo el boche estirándose las guías del bigote— es que al otro, al siniestro, lo ha nombrado también algo, Visir o Effendi o algo así. A pesar del escándalo ¡y que no paró de correr hasta que llegó a Méjico!

—Gipini había ido a Egipto a invitarlo a visitar la Expo en misión personal del presidente de la República —aclaró Petit—. El Kedive ha conseguido en París un buen crédito de la Banca Rotchild que le permitirá sobrevivir un par de años más a la bancarrota. Está agradecido y ¿a quién se lo agradece? A ese estirado.

—¿Dónde está ahora? —preguntó el alemán con la boca llena, mientras una nevada de migas de empanadilla regaba el cogote de Kabis (que sentía la creciente sensación de que había sido detectado).

—Estaba furioso —respondió Petit—. Marie le había engañado. Le pidió, a cambio del secreto de la pirámide, un vestido impresionante, dos pasajes en el Mongolia y 15.000 francos en billetes pequeños. Pues bien, una vez que tuvo el precio en su poder, Marie se negó a abonar su parte: el ostraka. Le estafó, así de sencillo. Como a un marsellés. Con decir que tuve que adelantarle 1000 francos esa misma noche. Estaría furioso, le entrarían ganas de matarla. Lo peor, el escándalo podría arruinar su carrera. Si quedas como un tonto, no entras en la elite. Coincidió que su mecenas, López, le había ofrecido una nueva misión en Méjico. Cierto, implicaba que se perdería la Expo y, más doloroso aún, que tendría que aplazar sus aspiraciones al Instituto, pero ya sabe cómo es este Gastón-Camille-Charles, la capacidad que tiene de entusiasmarse: “Asunto de extraordinaria importancia: Adán y Eva criollos, jeroglíficos aztecas, pirámides de Tenochtitlan, dinero a espuertas” —Petit, que imitaba a la perfección el acento acariciante de Gipini, se encontró a si mismo sumamente gracioso—: Ji, ji, ji.

—¿No creerá usted que tuvo algo que ver en la cosa, herr assistent?

—¿Gipini? ¡Bah!, circula el rumor de que el culpable fue François (en algún despacho están las pruebas, pero dejémoslo en eso, en un rumor) —Petit no se responsabilizó de esta opinión, algo significativo—. Latour quería evitar que la pendona le pusiera en evidencia en la Expo. Cuando Gipini la proveyó de medios, firmó su sentencia de muerte si es que me entiende lo que quiero decir. La moza no queda libre de culpa: tenía sus cosas: ¿Cómo tuvo la osadía de pretender la sustracción a Egipto de su máximo logro en el campo de la Alta Costura? Otros más imaginativos inciden en la sugestión que sobre una mente enferma haya podido ejercer la sugestión del canibalismo mágico. Quizás llegó a creer que absorbiendo partes del cuerpo de su esposa putativa asimilaría su prodigiosa facilidad para los idiomas. Tenga en cuenta, amigo Brusgsch, que poco después de los hechos, Latour ya traducía de corrido el Himno Caníbal, algo tras lo que llevaba décadas. Sugestión y solo sugestión. ¡Olvídese de Gipini! Para conseguir la dirección del Service des Antiquités le basta con esperar a que la diabetes haga su trabajo, semanas a lo sumo. Esto es la obra de un loco y Gipini no está loco. Tan sólo, que se cree Dios; pero si seguimos ese argumento, Dios está loco. Ji, ji, ji…

 

Mark Kabis aprovechó este relajo en la atención que siempre producen las risas para escabullirse sin ser detectado. También él estaba furioso. ¿Con que Ismet Pachá le había nombrado para este caso porque es idiota? ¡Ahora veréis! ¿Qué nunca va a encontrar la pirámide secreta ni al asesino de Marie Latour? ¡Ah, no! ¿Con qué eso es lo que se dice? ¡Esas tenemos! Ahora van a ver. Se lanzó hacia el pabellón egipcio; el viejo verdugo estaría en la trastienda. Lo iba a interrogar sin la menor compasión por más que acabase de recibir el título turco de Pachá (¡Pachá! ¡Un boloñés con turbante! ¡El acabose!). Podía querer decir algo… o nada. Ayer, ni durante el discurso del kedive, ni durante la fiesta árabe que le siguió –danza del vientre, culos en agitación, pedos, dátiles, eructos-, percibió que Latour tuviese inmunidad alguna. Por el contrario, Ali Pachá, que era del séquito, le susurró que el residente británico, lord Duftering, se opone a que un hecho tan monstruoso quede impune. Parece ser que el common law excepciona la Ley de Dios, que permite matar a la adultera, si esta es británica.

 

Kabis entró sin permiso en el almacén del pabellón, donde el sospechoso solía pasarse las horas muertas. Ya dentro, advirtió que el doctor Roca estaba pasando consulta, inclinado sobre el lecho portátil del enfermo. Tamborileaba con dos dedos el pecho del doliente. El lugar, atestado de antigüedades sometidas a una segunda decadencia, recordaba la bodega de un barco donde cada metro de espacio es precioso. Los Latour tenían habitaciones a la francesa en el primer piso con chinero, almohadas cilíndricas y todo eso, pero una oscura reminiscencia de su misión vital le llevaba a no despegarse jamás de sus antigüedades. El poli levantó una ceja en plan interrogativo y esperó la docta respuesta.

—Le concedo diez minutos o no respondo de su estado.

—Cinco llegarán, monsieur.

Kabis atacó de frente. El asunto lo iba a resolver o sí o sí.

—El personal de la Rest House atestigua que le ha visto comer un corazón y un hígado cocinados a la egipcia. De eso hará unos cinco años. Y no, no eran de mono.

—Es probable que se tratase de despojos milenarios destinados al molino de Akmin. ¡La plaga del azúcar! En fin, quien sabe, quien puede saberlo —arrastraba la voz, más gutural que nunca.

—Luego fue el turno de Marie...

—-Eso es absurdo, apareció amarrada al barco del pobre Von Below.

—No estoy hablando de ese (que ya está en su elemento), sino de usted, monsieur le Pachá —Vea que no temo su nuevo título—. Es usted quien se entrega a ritos satánicos. Acaba de confesarlo indirectamente.

—Abandone ese tono, gendarme.

El policía tuvo una repentina inspiración. Recordó que, hará unos meses, un turista de Oxford le había preguntado “¿Dónde puedo presenciar un buen empalamiento?” Para él, eso, en Egipto, era una típica práctica proctológica. Según esa mentalidad forastera ¿qué importancia podría tener un pequeño asesinato… en Egipto?

—Es usted Pachá de Egipto y ya nada le afecta —Con ello Kabis venía a reconocer que, a orillas del Nilo, el título equivalía al de reina de Inglaterra—. Pero ¿acaso no debe la verdad a su nueva patria?

—Está agitando al enfermo —dijo Roca—. Vea ese rostro.

El rostro del Mamur no tenía nada… nuevo.

—¿Qué basura le ha puesto? —pregunto Kabis al percatarse de que Roca, con sorprendente rapidez, acababa de inyectar algo en la vena de Latour.

—Un relajante muscular para que se duerma. Alcanfort. Vea, la etiqueta...

El doctor acompañó estas últimas palabras de un furioso parpadeo. Luego, pareció que contaba, entre labios, dos o tres segundos. De pronto, se llevó las manos a las sienes y empezó a dar unos saltitos muy simpáticos.

—¡Oh Dios mío, Dios mío, Dios mío...! ¿Qué he hecho?

—Eso mismo me pregunto yo ¿qué ha hecho? —preguntó Kabis.

—¡Que equivocación más tonta! —el doctor observaba el frasco horrorizado. Lo curioso era que lo miraba por el lado que no tenía etiqueta.

—Hable, hombre, venga, diga algo.

—¡Deme un maldito segundo, Kabis! —dijo Roca—. ¡Se lo diré así que me reponga! ¿No entiende que tengo que asimilar lo que acabo de hacer?

—En este tiempo que ha perdido ya podía habérmelo dicho dos veces

—¡No quiero volver a precipitarme!

—La verdad es que se lo toma con bastante calma, doctor.

—La etiqueta —Giró el frasco con dos dedos al darse cuenta de su error—. Es de la farmacia de Luxor. Una vez el farmacéutico me confesó que las etiquetas habían caído a causa del calor y cuando las volvió a pegar no estaba muy seguro de que frasco contenía que remedio. Ese color... Me temo que he puesto al paciente una dilución de mirra en alcohol. ¡Dios! ¡Es lo que se daba a los condenados a muerte para que no sufrieran! ¡A los moribundos! ¡A Cristo en la Cruz! ¡La droga de la verdad! Me temo que éste va a empezar a largar. Huela, huela, vea que no le miento —Se lo puso en la nariz.

—¡MIRRA! ¡La droga de la verdad! ¡Que desgraciada fortuna!

—Kabis, apiádese de este moribundo. Cuarenta kilos pesará... un hombre de dos metros. No es él, no es él. ¡Piedad, piedad!

—¿Hay peligro de que le dé un soponcio?

—Entendámonos, médicamente no existe ninguna contraindicación para el más riguroso de los interrogatorios. Pero no espere de mí que le anime. No es ético, ¡podría perjudicarse con sus declaraciones! —El doctor expresó su compasión con sospechosa voluptuosidad. A Kabis se le vino a la cabeza la malévola idea de que, el galeno, era pariente de Gipini, cuyo regreso para poner orden era un deseo general. Con el docto profesor a la cabeza del Service, la egiptología adquiriría características de Epopeya. El Mamur, a la guillotina.

 

La droga se reveló de efecto fulminante. A los pocos segundos Latour empezó a revolverse en la cama, dando muestras de viva agitación. A Kabis los dedos se le hacían huéspedes, no sabía ni por donde empezar.

—¿Para qué escondió hace unos meses el cuchillo de obsidiana? ¿Cómo se usa?

—Su filo supera el mejor de nuestros bisturís. Una sajadura oportuna en al bajo vientre y ¡zas!, el hígado cae como la ostra que se extrae de su valva. En los flancos ¡zas, zas! y el riñón…

Kabis se llevó la mano a la boca, consternado.

—¿A qué sabe la carne humana?

—Se trata de algo bastante insípido. Requiere cierto grado de faisandage, 7 u 8 días máximo de putrefacción. ¡Lástima que, al perder su frescura, desaparezca un resabio a nougat sumamente interesante!

—¡Cerdo!

—¡Usted! (…) Perdone, agente, no sé qué me pasa. A gorrino no, más en la línea de la ternera italiana o… ¡Búfala!, eso mismo.

—¿Contorni?

—Cococuqué? Ah, ya, el maldito italiano. Las cucurbitáceas como la calabaza espesan la textura. Y algo intenso como el ajo, sin excesos, va bien, pero que muy bien. Ya le he dicho que es algo sosilla…

—Y dígame. ¿Están más ricos los egipcios o los franceses?

—Los egipcios van fatal para la dentadura —jadeó Latour—. El pan que toman tiene arena y eso pasa a la carne. Es por los molinos de noria: la piedra molar es roca arenisca. ¡Puag, quien se los coma, acabará escupiendo los dientes! ¡Jamás coma egipcio, créame! Tampoco le aconsejo que pruebe marsellés: destilan aceite rancio. Eso no quiere decir que el meridional no sea comestible ¿eh? Mire, si quiere darse un capricho cárguese a un alemán. La carne de Teutón no engorda tanto como vulgarmente se cree. Con la ventaja añadida para los franceses de que es un alemán menos. De todas formas, sin despreciar la gastronomía, el motivo fundamental por el que un hombre educado se comería a uno de sus semejantes, es por la magia. Espero que haya leído mi Himno Caníbal, que lo haya entendido. En ese sentido nada más rico que un member de la Royal Geographical Society. ¡Bocaaato di cardinale!

Aquella declaración sonó tan razonable que a Kabis le recorrió un estremecimiento hasta la rabadilla.

—¿De verdad que no le gustan los egipcios? ¿Y las britano-etíopes?

—Qué horror, se alimentan de higo chumbo. Jamás. Si le va la carne jugosa, el rosbif de los humanos es el inglés.

—¿Ha comido muchos? —quiso saber Kabis.

—¡Oh!, sólo con dulzura…

—¡Al coronel Amstrong! —dijo el policía en un impulso.

—Aún tengo el sabor aquí —se señaló la punta de la lengua—. Ese dulzor acidulado del negro animal, ñam, ñam… Si no sintiese amenazada mi tranquilidad, se lo confesaría sin problemas, detective. Naturalmente no estoy reconociendo el haberlo hecho, soy un francés civilizado, no un cavernícola. Dicho esto, pongo freno a mi chorro verbal, tenga en cuenta que me siento algo atolondrado y que, de mis palabras, podría usted concluir que he dicho lo que no quiero decir.

La respiración de Latour empezó a hacer pitos.

—Estamos fatigando al paciente —previno el doctor—. Desgraciadamente, usted tendrá que proseguir o sí o sí con su cruel labor policial. ¿Qué tal si le inyectamos algo fosforescente, a ver qué pasa?

No.

—Quién estaba más rico, ¿el coronel o su hija?

Los pitos subieron de volumen. Aquello era el expreso de Ostende.

—Le he dicho mil veces que yo no maté a Marie. La amaba ¡me oye! Todas las mañanas le ponía un nardo fresco en un tubo de ensayo. Piense, Kabis, piense, utilice su inmenso volumen capital. ¿Por qué razón confesaría que el padre se metamorfoseó en azúcar y, al mismo tiempo, me negaría a reconocer que la hija hizo rápida transición al estado de momia? Lea mis labios: no-maté-a-Marie.

—Escuche señor Latour —dijo lentamente Kabis—. La humanidad va a pensar que Gipini tradujo el Himno Caníbal para usted. ¿Cómo explicar si no que llevase años trabajando en ello sin resultados, y que, tan pronto llega el profesor, la cosa se convierta en un juego de niños? Descanse su conciencia, confiese, ¿fue así?

—No sea insolente, gendarme —Latour temblaba de pura cólera—. A mí no me llama usted analfabeto. ¡Yo he mamado la egiptología antes que ese buñuelo hinchado de viento del que usted habla supiese siquiera lo que es una pirámide!

—No soy yo el que le presiona y lo sabe. Es su propia intuición. Usted mismo se da cuenta que los historiadores relacionarán la traducción del Himno Caníbal con la llegada de Gipini. Quedará usted como un mindundi. ¡Atrévase a dar otra versión! ¡Qué más da, ahora, ya!

Sus lentes globosas negras apuntaban a un lado y a otro, como una especie de faro del fin del Mundo. Un lobo atrapado en la empalizada. No le importaría la cárcel, no el deshonor. Pero el Juicio de la posteridad, sí.

—Me comí a la etíope —dijo— para absorber su Don de Lenguas. ¿Era eso lo que quería oír, verdad? Que no salga de aquí: de la quinta catarata para abajo, todos caníbales. Somalíes, Etíopes, Masáis, Cafres, Olimacs... Tutti quanti. Pero si no la hubiera sorprendido en el barco alemán, rumbo a Alejandría, donde había tomado un pasaje para Francia, le juro que no hubiera pasado nada. Mi intención, lo juro, era tener una conversación civilizada para ponerla frente a lo absurdo de su actitud. Se puede decir que no la toqué. Fue ella la que precipitó los hechos: tuvimos un intercambio de pareceres especialmente intenso. ¿Cayó al agua? Encuentro injusto que venga a formularme esa cuestión a estas alturas. He perdido piernas, he perdido sueño, he perdido apetito, he perdido memoria, he perdido pie en este pantano de inmundicia. Podría incluso admitir que hubo bofetadas, un par, quizás cuatro; nada que no ocurra en todos los matrimonios. ¿Está seguro de que Marie aterrizó en el agua después de recibir un par de guantazos? ¿No querrá decir un buen rato más tarde? Afirmo que mi desembarco fue bastante airado y sin mirar atrás, como la huida Lot sin volverse hacia la viciosa Sodoma. ¿Estaba ya en ese momento Marie bebiéndose toda el agua del Nilo? Ni aunque quisiera, se lo podría confirmar: de día, mis ojos amaurósicos solo ven sombras; de noche, ni eso. No descarto esa posibilidad, siempre que estemos hablando de un pediluvio muy silencioso. ¿Empujada por mí, por su propio pie, desequilibrada por la ola de un barco? Cuando un anciano entra en esta fase, es inútil formularle cuestiones complejas. Yo no lo sé, ustedes no lo saben, nadie lo sabrá jamás.

 En fin, supongo que lo que en el fondo quieren ustedes de mí, monsieurs Roca, Kabis, es que les diga como la vacié, como me la comí, como momifiqué las sobras. Lo que fuera que ocurriese, no ocurrió con mi conocimiento. Supongo que me desmayé o que perdí la razón o que sufrí alucinaciones. ¿Es posible que tras tantos años haya interiorizado el Libro de los Muertos? ¿Que lleve a cabo de manera automática las manipulaciones prescritas para los cuerpos exangües? No sería del todo imposible si estuviésemos hablando un viejo cuya mente fuera un foco inconsciente de alucinaciones y pesadillas. Lo que pasa es que cuando me pellizcan, me duele. Cuando me pinchan, sangro. ¿Quiere ahora que le cuente como se maneja el cuchillo de obsidiana? Una fantasía del estilo de “se me apareció Anubis, el dios de cabeza de perro, y él condujo mi mano”. ¿De verdad quiere que le cuente algo así? A lo mejor ahora soy yo el que tiene el Don de Lenguas y me convierto en el Espíritu Santo en forma de paloma y defeco una lengua de fuego encima de los Apóstoles. Su nombre cristiano es Marcos, ¿no es así, polizonte? Espero causarle con mi llamita serias quemaduras en ese cabezorro, a ver si se lo arreglo. ¿De verdad piensa que me tomé de aperitivo al coronel y de postre a la hija? ¿Eso cree? Me habían informado de que era completamente idiota, pero es difícil hacerse una idea de hasta qué punto… Cof, cof, cof...

—¡A la de tres lo deja en paz, Kabis! —dijo Roca—. ¡A la de una! ¡Dos! ¡Tres menos cuarto! ¡A la de tres menos diez! ¡A la de…! —dijo Roca que hacía como que miraba el cronómetro, pero sin extraerlo del todo del chaleco.

—Sólo una pregunta. La pirámide de marras ¿es la de Unás? ¿A que se debe que nadie fuera capaz de dar con la entrada?

—Por supuesto que es la de Unás. ¿Acaso hay otra por allí? —se refería a las cercanías de la Rest House—. Nadie ha sido ni será capaz de dar con la entrada porque esa mole es maciza: pura piedra. Y al mismo tiempo es cierto que contiene los textos caníbales... cof, cof, cof...

El policía se masajeó la frente, intentando resolver aquel acertijo. Pero, aunque a si mismo no se tenía por tan torpe como afirmaba el vulgo, no acertó con la solución.

—Adiós, Kabis —dijo el doctor—. Como ve el hombre está completamente loco. Nada de lo que ha apuntado en su cuaderno puede alegarse ante un tribunal egipcio.

—No. Sí. Es probable. Bueno, adiós.

—¡Los dos! ¡Fuera de aquí los dos! —tronó el permanente moribundo.

 

Antes de retirarse a su alojamiento, el Hotel de los Grandes Hombres, Kabis echó un vistazo a la correspondencia. Había un cable sellado SASA: era de Makrizi “... ayer por la tarde compareció un estibador. STOP. Hasta ahora no se había presentado porque temía los bastonazos. STOP. Pero como los ingleses han visitado un par de veces el barrio portuario, ha optado por acogerse a nuestra civilizada protección: Britania prefiere el gato de nueve colas. STOP. La sucesión de los hechos, según él, es la siguiente: se escucha un alarido desgarrado, sin pausas, a cosa de las tres de la noche (por supuesto el testigo dice: a la hora en que pasa el barco tal o el barco cual). STOP. Luego, en una secuencia que se inicia sobre las cinco (paso del vapor-correo), y concluye al amanecer (1º llamada a la Oración) se producen diversos acontecimientos que el testigo es incapaz de sincronizar, pero de los que hemos podido restablecer el orden. STOP. 1) Salpicaduras ¿caída?; 2) un hombre (¡No!, dijo “una persona”. ¡Podría ser mujer!), provisto de un largo bichero “pesca” un bulto en el agua; 3) transcurre un lapso de tiempo indeterminado pero sustancial; 4) las gaviotas picotean en superficie tripas y esas cosas; 5) alguien -el mismo de antes u otro/a- amarra un cable al fardo; 6) lo arroja al agua. STOP. ¿Quizás la perra cristiana se suicidó y después alguien profanó el cadáver? El problema es que el testigo se contradice: afirma haber escuchado “alaridos”, en paralelo al primer chapuzón (el de las 3), pero, respecto del segundo, se empeña en hablar de aullidos y ladridos, asegurando haber escuchado unos y otros. STOP. No haga mucho caso; le rompimos los pies a bastonazos y no volverá a andar. STOP. ¿Habló él o el miedo? Me pregunto si algún día sabremos la verdad. STOP. Makrizi. SASA”.

 

El Expreso de Boulogne tarda unas dos horas en el recorrido. Kabis hizo el viaje asomado a la ventana de guillotina para combatir el calor de finales de agosto. Estaba harto de esos bocazas que repiten como loros: “¡Bah!, ustedes los egipcios están acostumbrados a la canícula”; de buena gana los dejaría una noche a bajo cero en el desierto, bajo la luna de enero. Una carbonilla que le entró por un ojo le tuvo ocupado la mayor parte del trayecto. Sólo a partir del momento en que el revisor recorrió los vagones gritando “Boulogne, media hora, Boulogne, media hora” se entregó a una seria reflexión sobre el motivo de su viaje. Que por otra parte estaba muy claro: agotaría las posibilidades y luego cerraría el caso. Dicho de otro modo, había que dejar establecido sin ningún género de duda que la obsesión psicopática de Latour por asimilar el Don de Lenguas de su sabia cónyuge, había sido el móvil del crimen. Rebuscaría en los viejos papeles de Latour que un becario estaba clasificando en su casa natal, rue de la Balance, Boulogne-sur-Mer. “Será el último eslabón de una investigación bien hecha”, se mentía, a pesar de que, en su memoria, algún dato difuso pugnaba por decirle...

—Aquí hay algo que no encaja.

Para luego contestarse de corrido:

—La clave tiene que estar en el barco alemán. Habiendo un germano en la pomada, carece de sentirlo descartarlo como culpable. Siempre son ellos.

 

Rue de la Balance, 13. Era un portal muy usado, pero no antiguo, con un llamador de bronce en forma de pata de gallo. Al apoyarse en él, la puerta cedió. Había dos habitaciones polvorientas y ni rastro del estudiante. Entró en la que parecía el despacho: había una mesa forrada de papel de periódico, un sofá tapizado en simil-seda rosácea, y un penetrante olor a sudor rancio. De la rue de la Balance llegaba una luz lechosa tamizada por las cortinas. Un par de veces grito ¡quien está ahí! pero le respondió el silencio. Sin embargo, se sentía observado y las tripas le dijeron que había sido mala idea el no haber puesto unas líneas avisando su llegada. De improviso se descorrió una cortina y apareció un moreno con un ushabti de piedra en la mano. Sintió un fogonazo en la frente. Luego se hizo el silencio.

Cuando recuperó la consciencia la cabeza le dolía, como si llevara encima media docena de bleus. Tenía sangre en los ojos y las manos atadas a la espalda. Tanteó: estaba atado a la argolla de las caballerías. “Vaya, estoy en una antigua cuadra. ¿Quién es ese?”

Kabis escuchaba sus propios jadeos. Mientras, los recuerdos acudieron a su mente. “O sea que éste es el famoso estudiante de Latour. Concuerda. Al Mamur le gusta coleccionar razas egipcias: nubios (los morenos de Egipto), griegos, beduinos, británicas, absinios... ¿Por qué me habrá golpeado? ¿Me matará? (...) No, no creo. Lo hubiera hecho ya”.

—Ahora tengo que matarte —dijo el estudiante—. Los jueces franceses no castigan bastante el robo de secretos arqueológicos.

¿Robar yo? ¿Lo qué? ¿Acaso se esconde aquí el Secreto de la Pirámide? Y por qué piensa que yo... No tiene ni idea de quien soy. ¿O sí?

—Soy el mejor amigo egipcio de Latour —mintió Kabis—. El Mamur quedó en París con un ataque diabético, pero me ha encomendado que venga aquí a visitar su casa. Mi nombre es Hamzaöui ¿podrías desatarme la mano para estrechártela?

El nubio no reaccionó. Miraba alternativamente al cráneo de Kabis y al ushabti que enarbolaba.

—Hamzaöui —repitió Kabis. Esbozó su mejor sonrisa y aún machacó—: Mi nombre es Kabis Hamzaöui. ¿Cómo te llamas tú?

—Poilay —dijo clavando en Kabis unos ojos inquisitivos. Asió con fuerza el ushabti de negra obsidiana, echó atrás el brazo que lo empuñaba y… el miembro tembló, indeterminado sobre qué partido tomar:

—Nunca he tenido que matar a una persona, ¡merde! ¡Se va a poner perdida la maldita tapicería de Latour! ¡Dios! ¡Los sesos, los pringosos sesos!

“Tengo que conseguir que se calme. Está tan asustado como yo”.

—¿Desde cuando estás en Francia?

—Un año... y no creas que no me doy cuenta de que quieres distraerme.

—No, supongo que no me lo creo. Mátame si quieres, no lo puedo evitar. Yo sólo soy un pobre ayudante del Mamur que no entiende más que de excavaciones. Cometes un error, no soy quien dices.

—¿Me das tu palabra —dijo el estudiante— de que no me morderás la nariz si te registro?

—Haz lo que quieras, pero mi nombre es Hamzaöui. Te lo repito: Kabis Hamzaöui. Soy una persona de paz.

Poilay registró la americana de mezclilla de Kabis. Luego se fue hasta la mesa y puso allí los dos papeles que sacó de la billetera.

—Un billete París-Boulogne-sur-Mer... sí, es cierto, vienes de París. Este otro... mmm... “Nº 2352.-CARTA PERPETUA.-Esta carta da derecho a entrar en la plaza del Campo de Marte así como en cualquier lugar de la Exposición Universal de 1878 y al campo de experiencias de la isla de Biliancourt como personal adscrito al pabellón egipcio. Válida para todas las puertas. Firmado: El Jefe de Delegación: F.A. Latour. Titular: Kabis”.

—¡¡¡Te lo dije!!! ¡Kabis Hamzaoui! —gritó Kabis—. Venga desátame rápido y no le diré nada al jefe.

—¡Dios mío, perdona el mal rato que te he dado! ¡Desde ahora soy tu hermano! ¡Abrázame, hermanito!

—Preferiría utilizar los brazos para hacerlo.

El joven resolvió el asunto con un abridor de cartas afilado como una navaja española. Luego exclamó entre sollozos:

—¡Por fin! Llevo siglos esperándote, Hamzaöui. Toma: la Confesión Póstuma de Latour para el Notario Tom Weber de París. Cerrada y lacrada. Así es como la quiere: ni se te ocurra abrirla. Se la muestras a él para que la apruebe y luego la llevas al notario Weber en Place Vêndome.

La primera intención de Kabis fue arrojar el sobre lacrado a la papelera, tan pronto se hubiera deshecho del loco. Pero al ver la forma en que Poilay alzaba los hombros con orgullo, simplemente se paso la mano por el pelo con aire interrogativo. Si Latour hubiera querido hacer una confesión ¿porque no la había escrito personalmente y la había llevado él -o su hija-, personalmente, al notario? ¿Eh? ¿Eh?

Kabis captó una mirada de refilón del moreno, una leve inclinación de cabeza. ¡Aquel robusto guardián espiaba sus pensamientos!

—Parbleu, no sé como explicarlo. A ti te parece fácil escribir a mano, pero la del Mamur tiembla todo el rato. Ilegible. Ha creído conveniente que yo pasase a máquina el manuscrito escrito con su peculiar caligrafía que sólo yo soy capaz de entender. Es lo que tiene haberse quemado los ojos con docenas de millares de sus folios…

—Me gustaría saber qué clase de máquina de escitura es esa.

—La bola de escribir de Halling, 1º premio en la Expo de París. Se lee como letra de imprenta. Cien francos que cuesta el aparatito, pero para él amo es importante la posteridad.

 

En el tren de vuelta, Kabis buscó un departamento solitario. Encontró uno en el que había una mujer que tenía los labios pintados y un vestido rojo vivo: le enseñó su placa y le dijo que pertenecía a la Policía de Costumbres. Ella recordó en el acto que se había olvidado un pañuelo en Shanghái. Kabis se sumergió en la lectura del documento.

 

Memoria testamentaria. Para ser anexada al testamento de François-Auguste-Latour.

Yo, F. A. Latour, ordeno al notario Thomas Weber que esta Confesión Póstuma, no sea abierta y dada al público hasta transcurridos doscientos años de mi muerte. Sigue la firma: F. A. Latour.

 

Al llegar a este punto a Kabis le acometió el tic de la pierna derecha. Estaba nervioso. ¿Tenía derecho a hacer lo que iba a hacer? ¿A violar las instrucciones de un moribundo, nom d´un chien? Sí, sin duda ¿acaso debería permitir que más personas fuesen cocinadas con ajo, cebolla y calabaza? A un policía de raza no le importa lo que un pretendido erudito piense que puede o no decirse de sí. Siempre que actúe como un sabueso, al que solo le interesen las pruebas y los testimonios, nada le afectan a él ese cúmulo de miserias que constituyen el zumo de la psiquis humana. A un policía sólo debe preocuparle el dejar resuelto o no un caso; si mirando hacia atrás observa un reguero de cadáveres debe considerarlo paisaje más que otra cosa. Cascó los lacres sirviéndose de la ventana de guillotina y se puso a leer tan tranquilamente:

 

YO POILAY DIGO que los escuetos hechos son los siguientes:

En Asuán fui contratado por el Mamur que me dijo que no tenía ningún estudiante de mi raza en su colección. Tras años de estudiar el idioma jeroglífico en los mejores tratados —de la Lettre à M. Dacier (Champollon) a Mariette, Maspero, Flinders Petrie, etc. — me puse con los cuadernos pictográficos en que mi jefe había documentado sus hallazgos. Y no entendí un solo fonema. Como no me tengo por lerdo, frecuenté a hurtadillas la Escuela Alemana. Al cabo de un año más, traducía cualquier jeroglífico de corrido. Enterado de ello el Mamur me envió a Francia con el encargo de que corrigiera el resto de sus trabajos.

Boulogne-sur-mer. Armado con semejante bagaje documental, pronto caí en la cuenta del misterio. ¿Por qué el Mamur no era capaz de traducir los idiomas dinásticos (jeroglífico, hierático, demótico) a pesar de haberlos estudiado como ninguno? Cuando tuve a la vista todos sus papeles de juventud, la verdad cayó madura ante mis ojos.

Los hechos parecen de ópera bufa por más ciertos que sean. En 1842 falleció Nestor L´Hôte, un lejano primo de Latour y su padre, Paulino Latour fue el encargado de clasificar sus papeles. Nestor había sido el dibujante de la expedición francesa de Champollion y Rosellini al valle del Nilo. Este fue el origen de la vocación egiptológica de Latour. En ese momento asumió la tarea de entender los antiguos jeroglíficos. Para ello tuvo que valerse del único libro que había en Boulogne: La Descriptión de L´Egipte, publicada por la expedición de Napoleón, se convirtió en su libro de cabecera. Lo que pasa es que ese libro era anterior al desciframiento de los jeroglíficos y los dibujantes habían introducido SIGNOS DE FANTASIA. Al mismo tiempo el sarcófago que monopolizaba su atención en el museo de Boulogne había pertenecido a Vivant-Denon, miembro de dicha expedición, quien restauró algunas ausencias con JEROGLIFICOS IMAGINARIOS, absolutamente incomprensibles, ya que el tampoco conocía el arcano lenguaje. Latour que no sabía aquello se aplicó con todas sus fuerzas a estudiar unos JEROGLIFICOS APÓCRIFOS. Ya fue cosa de su cabezonería el haberse pasado la vida intentando aplicar sus falsos conocimientos a la realidad, la cual se negó a dejarse adaptar. Una vez detectado el problema me fue fácil redactar un diccionario doble Latouriano-Jeroglífico-Latouriano que envié a finales de marzo a Egipto. Tan pronto lo tuvo en su poder el Mamur tradujo el Himno Caníbal en menos de una semana. Firma: Poilay.

 

YO F. A. LATOUR DIGO que el objeto de este codicilo testamentario es el lavar mi memoria del pretendido asesinato de mi compañera Marie Latour. Yo no la maté materialmente, fue la Ley, la ley de la gravedad. El móvil que se me ha achacado -tragar su Don de Lenguas- es absurdo ya que, según se deduce del testimonio de Poilay, yo ya estaba en disposición de traducir textos egipcios. Si no rebatí la acusación en su momento fue por la vergüenza que me daba reconocer que me habñia quemado las pestañas estudiando Jeroglíficos de Fantasía. Un erudito prefiere ser sospechoso de asesino que de mal egiptólogo. Doscientos años después levanto el velo guiado por mi deseo, como historiador, de que la verdad permanezca.

Sella, signa, firma y rubrica: F. A. Latour.

 

Excelente. Hasta ahora, no había averiguado nada que valiese la pena. “Bueno, nada de nada, nada, entendámonos”.